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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Convivir

María Romo de Oca
Redacción
jueves, 18 de febrero de 2010, 09:36 h (CET)
Va de buenas maneras. La primera vez que puse el pie en Inglaterra, concretamente en Londres, tuve la desgracia de pisarle el pie a una señora. Cuando me apresuré a excusarme por el tremendo pisotón me respondió: “no, perdóneme usted a mí por haber puesto mi pie debajo del suyo”.

Saqué dos conclusiones evidentes: la cortesía de los ingleses tenía justa fama; cuando se deambula libremente, se producen choques.

Esto me dio la clave para entender eso de las “buenas maneras” que a veces suena a antigualla.

En realidad, porque somos libres, necesitamos un código de circulación para no chocar unos con otros, para no herirnos en el ejercicio de nuestras libertades. Los accidentes de circulación se dan también por los pasillos de nuestra casa. Suavizar la convivencia que tantas preocupaciones hacen, a veces, hosca o crispada, nunca viene mal.

En nuestro tiempo, más autentico que otros, las fórmulas sin contenido van desapareciendo. Las relaciones humanas tienen un aspecto mucho más sencillo pero lo cortés no quita lo valiente. Eso que muchos llaman naturalidad se convierte en ocasiones en verdadera grosería.

He visto a chicas tratar a su padre con un aire de perdonavidas que sublevaba.

He visto niños de diez años que, al pedirle su madre, que les trajera un libro, le han dicho, ¿no puedes buscarlo tú?

He visto a un dinámico caballero encender el cigarrillo de respetables damas olvidando el de su mujer. Y a una señora pesadísima interrumpir cuatro veces, sin la menor consideración, la lectura de su marido.

A un señor dejar a su mujer, con los ojos en blanco oyendo la novena sinfonía, para hacer “zapping”, sin previo aviso, en busca de un programa deportivo.

Y a una mujer hablando como una cotorra sin dejar meter baza al resto de la familia.

Y a un marido que al llegar a casa saludaba poéticamente a su mujercita: ¿Está el arroz a punto, Concha?

Y a una señora que debía poner su vaso ante las narices de su esposo para indicarle que ella también quería beber.

Y a uno de esos señores que trabajan tanto, repantingado en el sillón más confortable mientras ella ocupaba una modesta silla.

He visto, naturalmente, muchas cosas más pero, como no me divierte hacer de diablo cojuelo, me he batido en retirada.

Justo cuando una anciana venerable se sentaba a mi lado en una sala de espera para susurrarme maliciosamente: «No, esos no son marido y mujer; observe con qué delicadeza se tratan».

Antes, a la hora de los primeros novietes, las madres solían advertir que lo peor en un matrimonio no era la diferencia de edad, ni la de clase, sino la diferencia de educación. En realidad la mala educación se da hoy en todas las clases sociales. Puede esconderse en cualquier rostro inofensivo pero con la terrible capacidad de hacernos un día la vida imposible.

Yo tengo mucho respeto a la intimidad. Y mucho miedo. Vivirla con elegancia no resulta fácil pero, si se descuida, hay cosas importantes que se vienen abajo. Es tremendo acostumbrarse a todo. El amor humano, como el divino, debe alimentarse de obras, de pequeños y bonitos detalles.

Me lo contó una amiga. Trabajaba en casa y tenía el ordenador en el vestíbulo, justo frente a la puerta de entrada. Con las prisas, ni caso a la llave del marido, en la cerradura, cuando volvía a diario para comer. Un buen día decidió: “Al oír la llave me vuelvo y lo recibo con una sonrisa”.

Sonó la llave en la cerradura. Pero la sonrisa del marido, se adelantó. “¿Qué milagro me libra hoy de ver la espalda, de mi mujer?”.

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