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El retorno de la muerte

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 18 de febrero de 2010, 09:06 h (CET)
Si algo tiene el gran capital de encomiable es que no se rinde. Porfía, insiste, manipula, compra voluntades, tergiversa, miente y hace lo que sea, por impúdico o genocida que sea, para salirse con su encanto, creando escenarios artificiales en los que fuerza a los actores a asumir roles muy concretos que les conviene. De nada ha servido la experiencia de Three Milles Island, ni la de Chernóbil, ni ninguna otra de los miles de daños públicos u ocultados -ahora mismo hay cuatro centrales nucleares españolas paradas por diversas averías- que se han producido desde que a los soberbios dueños de las multinacionales de la energía se empeñaron en jugar a los dioses para hacerse más infamemente ricos a costa de la misma existencia del Hombre sobre el planeta.

La energía nuclear, desde que aquellos locos trasnochados dirigidos por Oppenheimer jugaron con nuestro porvenir como especie, sólo y únicamente nos ha traídos desgracias, tribulaciones y catástrofes: ha arrasado ciudades atiborradas de civiles inocentes en Hiroshima y Nagasaki (dos tipos de bombas diferentes para probar su eficacia), se ha convertido en la ideal herramienta del pánico de los poderosos, la cual nos ha mantenido desde entonces en la ribera del holocausto colectivo, y actualmente es una espada de Damocles que pende siniestramente sobre todas y cada una de nuestras cabezas de forma permanente, aunque no hagamos otra cosa que pulsar el interruptor de la luz y vivamos a decenas de kilómetros de la central nuclear más próxima.

Dicen los hombres a sueldo de las multinacionales de la energía y de la fabricación de los generadores atómicos (en todo iguales o peores que las temibles armamentísticas), que energía nuclear es sinónimo de tecnología avanzada y seguridad. Siendo así, no veo qué problema hay porque la desarrolle Irán, Corea del Norte o quien sea que quiera hacerlo; pero es que esto no es sino una terrible mentira: no sólo es extremadamente peligrosa, sino extraordinariamente permanente en sus efectos escatológicos, produciendo contaminación y daños por milenios y más milenios, cuando los remedios para paliarlos no se pueden considerar ni siquiera en años o como mucho en décadas.

De lo que de verdad es sinónimo la energía nuclear es de muerte cierta y segura. A las multinacionales y a los gobiernos o partidos que éstas han comprado para seducirnos, esto no les importa o les importa muy poco. Ellos quieren poder, quieren sacar partido económico de la misma muerte, primando más las cuentas de resultados de hoy que las consecuencias de ayer, hoy o mañana. Un futuro que es pretérito e incluso presente, no hay más que ver los océanos (especialmente el Cantábrico) cómo son un desastre ecológico que sólo puede multiplicarse, habiendo extinguido a la mayor parte de las especies marinas y produciendo niveles de radiación que hacen peligroso navegar incluso sobre la superficie; habiendo convertido a África, cuna de la mayor parte de los cementerios nucleares, en poco menos que en un continente peligroso para la salud con sólo aproximarse a él; y timando con unos eurillos y el regalo de electricidad gratis a miríadas de pueblos de ignorantes que pretenden ubicar otros cementerios nucleares en sus pedanías, maldiciendo para siempre jamás la tierra que dicen amar.

Chernóbil era la central más avanzada del mundo, la más segura y en la que juraban los poderosos sobre sagrado que era imposible una catástrofe. Lo mismito que con el Titánic. Cuando los hombres escupen al Cielo, el Cielo suele castigarles a los hombres con aquel castigo al que desafían; y el hombre de hoy, ni tecnológica ni moralmente está cualificado para manipular fuentes de tal poder. Demasiada responsabilidad para una manada de locos e insensatos temerarios , soberbios y corruptos, no hay más que hojear someramente las páginas de la Historia.

Puede que sobre el papel todo esto de la energía nuclear sea viable, que ya lo dudo; pero es que la realidad no se dibuja sobre un papel. Incluso puede ser que técnicamente tengamos capacidad de muchas cosas, que ya lo cuestiono también; pero es forzoso contar con la codicia inherente a la condición de los muy ricos, los repartos de dividendos para los accionistas y la corrupción que nos domina, todo ello garantizando que se enmascararán problemas, que se destacarán fortalezas o virtudes para ocultar torcidamente debilidades o aberraciones, y que se jugará con toda seguridad con las costosas medidas de contingencia que pudieran paliar los efectos adversos, simplemente porque nuestra moral, por más que nuestra tecnología esté era cósmica, anda aún por el Mesozoico.

Pero es que, además de todo, el tema de la energía nuclear no está resuelto, ni mucho menos. No sabemos qué hacer ni con su funcionamiento –ni siquiera técnicamente lo comprendemos del todo, no hay más que ver qué costosos esfuerzos hacen la Física por comprender el átomo ése del que obtienen las multinacionales tantos beneficios a tan bajo costo-, ni sabemos qué hacer con los residuos que producen las multinacionales, salvo engañar a unos cuantos pueblerinos para que, con el caramelo de darles unos cuantos puestos de trabajo hoy, consientan en instalar la muerte viva y perpetua en sus ámbitos. Unos ámbitos en los que contarán durante unos decenios con una instalación que envenenará sus vidas para siempre. Y siempre, es mucho tiempo. Por lo menos, unos veinticinco mil años.

La muerte, en fin, regresa envuelta en un manto de aparente mansedumbre y bonanza; pero su guadaña está lista para segar muchas, muchas vidas. Incluso las que aún no han sido alumbradas. Eso, exactamente, es la energía nuclear: muerte.

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