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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El fundamentalismo de las protestas fiscales

E. J. Dionne
E. J. Dionne
miércoles, 17 de febrero de 2010, 09:44 h (CET)
WASHINGTON - ¿Qué es exactamente el movimiento de protesta fiscal y por qué ha cobrado fuerza?

La ferocidad de su oposición al Presidente Obama resulta desconcertante a los progresistas. La mayor parte de la izquierda simplemente no ve al actual inquilino de la Casa Blanca especialmente izquierdista, y mucho menos "socialista".

Obama, después de todo, es el hombre que rescató a los bancos y a los mercados de capitales. Ahora los banqueros tienen el riñón mejor cubierto, y la mayoría de ellos siguen siendo ricos.

Sus propuestas sanitarias apuntaron muy lejos del sistema de fondo único al que tantos izquierdistas aspiran desde hace tanto tiempo, y su plan es el tipo de cosas que ofrecían los Republicanos moderados cuando eran una fuerza importante. Obama no dedicó absolutamente ningún esfuerzo político a respaldar la idea de los progresistas, un seguro público que habría servido de punta de lanza de un sistema de fondo común.

El Presidente también es decididamente moderado en cuestiones de presupuesto. Su plan de estímulo fue, por encima de todo, demasiado pequeño. Y Obama apoyó la creación de una comisión bipartidista para alcanzar un acuerdo en torno a la reducción del déficit, una idea que se originó entre Demócratas de centro y Republicanos moderados conservadores - y a la que se opone la mayoría de la izquierda.

¿Por qué este líder de centro ha despertado tanta contra-organización, y propuesto tantos tragos difíciles?

La teoría más popular entre la izquierda dice que la raza de Obama constituye gran parte de la respuesta, y que estamos viendo una reacción entre los blancos contra la coalición política multirracial y multicultural que ha reunido. La frase "destruyendo nuestro país" es una muleta frecuente entre sus enemigos, lo cual plantea la cuestión de qué quieren decir con la palabra "nuestro".

Durante la Convención Tea Party celebrada la semana pasada, el ex Representante Tom Tancredo, conocido por sus ataques a la inmigración ilegal, proporcionó a los partidarios de la explicación racial toda la munición que necesitaban.

En un discurso sorprendentemente ofensivo, vitoreado por la multitud de detractores de la política fiscal, Tancredo afirmó que "personas incapaces de deletrear la palabra 'voto' o de pronunciarla en inglés pusieron en la Casa Blanca a un ideólogo socialista comprometido con la causa. Su nombre es Barack Hussein Obama".

Aún peor, si eso es posible, es que Tancredo se remontara al Sur de Jim Crow que negaba el voto a los afroamericanos basándose en "exámenes de alfabetización" que obligaban a los aspirantes negros a votar a responder exámenes que habrían convalidado un doctorado en ciencias políticas.

La razón de que hayamos elegido a "Barack Hussein Obama", según Tancredo, es "sobre todo que creo que no hacemos una prueba de cultura general antes de que la gente vote".

¿Dónde está el partido de Abraham Lincoln? Los líderes del Partido Republicano se han mantenido sorprendentemente callados, pero Meghan McCain, la hija de John McCain, dio honorablemente la cara para condenar a Tancredo. En "The View" en la cadena ABC, dijo que el llamamiento a los exámenes de cultura general equivalía a "racismo innato".

Así que, sí, parte de este movimiento parece estar motivado por un nuevo nacionalismo, y por el racismo. Pero sería un error considerar la hostilidad a Obama sólo en términos raciales.

Algo más está sucediendo en el movimiento de protesta fiscal, y tiene su origen en nuestra historia. El anti-estatismo, una acusada desconfianza hacia el poder de Washington, se remonta directamente a los anti-federalistas contrarios a la propia Constitución porque creían que otorga demasiadas competencias al gobierno central. En cualquier momento, alrededor del 20 ó 25 por ciento de los estadounidenses denuncian cualquier cosa que hace Washington como amenaza a "nuestras libertades tradicionales".

Este recelo hacia el gobierno no es susceptible de tener "base" - no porque sea irracional, sino porque la base no viene al caso. Para los anti-estatistas, oponerse al poder del gobierno es una cuestión de principios.

Si los que piensan de esta manera son preguntados si la crisis económica habría sido preferible a aprobar el estímulo y el rescate a los bancos, el anti-estatista suele decir "sí", aunque también puede cuestionar la premisa de la pregunta.

La expresión más pura de esta disposición ha salido del Representante Ron Paul, Republicano libertario de Texas. En 2008, Paul criticó enérgicamente el rescate bancario propuesto por el Presidente Bush por "apuntalar un sistema fallido para que la agonía dure más". Sin un plan de rescate, reconoció Paul, "Sería un mal año. Pero, de esta manera, va a ser una década mala".

Entender el fundamentalismo anti-gobierno por principio que anima este movimiento explica el motivo de que sus partidarios vean al conservador George W. Bush como un fraude total y al prudentemente izquierdista Obama como un socialista. Por ahora, sus temores a Obama son suficiente para atraer a los detractores de la política fiscal al Partido Republicano. A largo plazo, el estamento Republicano está destinado a defraudar.

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