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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Mi país

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 16 de febrero de 2010, 09:33 h (CET)
Recientemente ha sido condenado, por primera vez en la historia de nuestra joven democracia, un hombre por Traición. El condenado parece ser que trabajó para los Servicios de Inteligencia y que vendió por unos euros a los rusos algunos secretos patrios. Puede ser que el condenado sea culpable de Traición, pero sobre todo es culpable de no creer en su propio país, cosa que, lamentablemente, va sucediendo más cada día y no sólo a quienes han trabajado o trabajan para los Servicios de Inteligencia de éste, mi país.

Por lo pronto, los nacionalistas creen poco en éste, su país, España, y todo hace pensar que creen más en ése, su país, sus naciones regionales; también parece que cada día creen menos en éste, su país, los mismos ciudadanos, a tenor de lo que piensan de sus autoridades, llegando a veces a pensar que sus dirigentes prefieren beneficiar al Emperador o a otras potencias que los intereses de éste, su país; y les sucede también a toda una legión de corruptos con cargos importantes, quienes prefieren beneficiarse a sí mismos que hacerlo con éste, su país, e incluyo en buena medida en esto a los mismísimos partidos políticos nacionales. Sería casi imposible para mí comprender la situación que vivimos desde cualquier otro ángulo.

Condenar a alguien por Traición a un país, implica tácitamente que el país en cuestión existe y que es independiente, y mucho habría que heñir sobre eso. ¿Somos un país?..., ¿somos independientes?..., ¿de qué independemos?...

Soy un poco zote para comprender a trangullones, y preciso de la razón para poder procesar cualquier información que me llega. Éste, mi país –ya lo he dicho muchas veces- no se parece a mi país. En éste, mi país de ahora, me es más fácil mudarme a Buenos Aires o Ciudad de México que a Barcelona, Bilbao, Mallorca, Asturias o La Coruña, por ejemplo, e incluso cuando escucho un programa andaluz no sé de qué me están hablando en éste, mi país: “Ezú, zaca er zaco al zol que ze zeque. ¿Qué zaco zaco? El de la zal, ¿qué zaco va a zer?...” Podría vivir y trabajar en muchos países del mundo, pero no puedo hacerlo en cualquier parte de éste, mi país.

No; mi país no se parece a mi país. En lo que en lo personal respeta, tengo la impresión de que algunos de mis gobernantes no gobiernan para mí, ni siquiera para mi país, sino para algunos intereses espurios, digamos. Por ejemplo, en éste, mi país, con la Ley Boyer me desposeyeron de mi vivienda y a mi familia y a mí nos dejaron en la calle, simplemente con un escrito notarial que justificaba una demora en un pago, privándonos así de la dignidad y el patrimonio que habíamos acumulado en toda una vida de trabajo; en éste, mi país, con las torcidas leyes actuales, cualquier administración local, regional o nacional puede meter la mano en mi cuenta y llevarse lo que le dé la gana, impidiendo así que pueda atender mis compromisos de pago o hacer el puchero que sostiene nuestra verticalidad; en éste, mi país, puedo ser condenado sin pruebas, sino que basta con que le caiga mal a la juez, o que la juez sea afín a quien demanda –aun en falso o torcidamente- y sentencie contra mí por indicios; en éste, mi país, debo consentir que sea legal lo que es contrario a mi conciencia; en éste mi país, aunque mis haberes sean mínimos, pago la misma multa por una falta de tráfico que un rico riquísimo (si es que la paga), si bien para éste esa cantidad de multa es una propina y para mí es la vida; en éste mi país, aunque no tenga empleo, debo ser paciente y comprensivo con los vendidos sindicatos que se sientan a engordar en las mesas patronales, o con las autoridades que nos dicen que todo está de perlas; en éste, mi país, debo admitir que nuestros jóvenes vayan a morir a lejanos países donde no se nos ha perdido nada y a crear muerte y confusión en poblaciones que considero inocentes; en éste, mi país, debo admitir que la corrupción esté generalizada y que, para dar una imagen combativa de las autoridades, haya una cuota de condenados nimios o menores –dudo que siempre culpables- para justificar lo injustificable; en éste, mi país, debo aceptar que nos alineen con lo peor, y que lo mejor sea ninguneado, desestimado y arrinconado; en éste, mi país, me discriminan impune y legalmente por haber nacido hombre; en éste, mi país, tengo que asumir que el Estado mangonee en cómo educo a mis hijos; en éste, mi país, tengo que asumir que no pudo fumar, aunque el aire sea irrespirable por los gases de la industria o la polución de las multinacionales; en éste, mi país, debo consentir que se sacrifique nuestro tejido industrial en beneficio de los intereses de otros; en éste, mi país, estoy forzado a aceptar que lo torcido está derecho y lo derecho debe ser torcido, así en lo moral como en lo cultural; y en éste, mi país, debo admitir que pueda llegar a Presidente o Ministro un hombre o mujer sin formación, por más que incluso para barrer las calles sea preciso poco menos que ser ingeniero aeronáutico. Éste, mi país, es mi país, pero no comprendo a mi país.

A ese hombre que mencionaba al principio le han condenado por Traición, y es posible que cada día haya que condenar a más gentes por Traición porque cada día menos gente cree en éste, su país. Es más, dudo que haya mucha gente que sepa qué es su país o cómo es éste, su país. Los partidos políticos se muerden con voracidad para defender sus intereses particulares, cada quien en éste, mi país, va a lo suyo, y la población estamos perpetuamente en manos de quienes pueden legislar lo que sea, como sea, cuando sea y contra (o a favor) quien sea, pudiéndonos privar de lo que es nuestro, encarcelarnos sin motivos justificados y ninguneándonos simplemente porque nuestro modo de pensar o nuestra objetividad incomoda a quien sea. Es difícil vivir en éste, mi país, y mucho más difícil cada día creer en éste, mi país. A decir verdad, no sé cuál es éste, mi país.

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