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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Llamando al Dr. Clinton

E. J. Dionne
E. J. Dionne
martes, 16 de febrero de 2010, 09:27 h (CET)
WASHINGTON - Cuando corrió la noticia de que Bill Clinton había sido trasladado al hospital, la posibilidad de que su vida corriera peligro me hizo desear que el Presidente Obama hubiera dedicado más tiempo a aprender lecciones que sólo Clinton puede impartir.

Sí, Clinton se jugó su presidencia por una aventura, y sus lapsos exasperantes durante todo el periodo de primarias de Carolina del Sur en 2008 desalentaron incluso a sus seguidores más incondicionales.

Pero Clinton sigue siendo uno de los políticos más dotados de nuestra historia, y no es simplemente porque se ponga en el sitio de la gente o hable tan bien que te haga parar el coche en la cuneta a escuchar su discurso en la radio del coche.

Por encima de todo, entiende lo difícil que es ser un político progresista en este punto de la historia. Aprecia lo difícil que es construir una mayoría Demócrata duradera. Y sabe cómo se centran los Republícanos en recuperar el poder cuando se encuentran en la oposición.

Y por eso antes de que se supiera la feliz noticia de que Clinton se recuperaba, me di cuenta de la gran pérdida que sería si Obama y él se vieran privados de la oportunidad de pasar tiempo juntos comparando crisis y problemas. Cuando se examinan los problemas políticos de Obama después de un año en el cargo, es sorprendente lo mucho que tienen en común con aquellos a los que Clinton se enfrentaba en el mismo punto de su presidencia.

Consideremos, en primer lugar, que Clinton, al igual que Obama, comenzó como un unificador que desdeñaba las disputas ideológicas y se veía como el solventador de problemas. No hay ninguna diferencia significativa entre la guerra de Clinton al "enfrentamiento político por sistema que mantienen ambos partidos" y la insistencia de Obama en que "no hay una América de izquierdas y una América conservadora, hay unos Estados Unidos de América".

Ambos trataron de ocupar el centro de la política norteamericana. Ambos creyeron que podían ganar a los Republicanos. Ambos estaban seguros de poder gobernar de manera diferente.

Durante una entrevista con Obama en el otoño de 2007, me llamó la atención lo mucho que sonaba a Clinton cuando habló de la importancia de extirpar "los excesos de los años 60" del Partido Demócrata. Luego, espontáneamente, Obama agregó que "Bill Clinton merece algún mérito por romper con algunos de los dogmas del Partido Demócrata". Recuerde, Obama estaba compitiendo contra Hillary Clinton en ese momento.

Pero los Republicanos (y en retrospectiva se puede decir que ha sido una política sagaz) entendieron en 1994, igual que entienden en 2010, que permiten que estos destructores de iconos con talento gobiernen de forma diferente y que atraigan a los miembros de su propio partido sería fatal para el regreso del Partido Republicano.

Así, en el caso de Clinton, los Republicanos votaron a favor de una persona en detrimento de su plan de recuperación económica que - junto a las medidas de reducción del déficit del primer Presidente Bush - pusieron a la nación rumbo al superávit presupuestario. ¿Lo recuerda? Y después tumbaron el plan Clinton de reforma sanitaria.

Bajo Obama, los Republicanos han utilizado exactamente las mismas tácticas sin hacer frente a ninguna crítica por su falta de originalidad. El proyecto de ley de estímulo de Obama obtuvo tres votos Republicanos en el Senado, ninguno en la Cámara, y los legisladores del Partido Republicano cerraron filas en contra a la vez que se llevaban el mérito de los proyectos financiados por un proyecto de ley al que se oponían. Y los Republicanos están haciendo todo lo posible para asegurarse de que la versión 2.0 de la sanidad es arruinada por los mismos virus que contagiaron a la versión 1.0 de Clinton.

Frente a los muy disciplinados Republicanos, tanto Obama como Clinton tuvieron que confiar en un Partido Demócrata cuyas filas, especialmente en el Senado, incluyen a un montón de gente dispuesta a abandonar el campo de batalla a la primera señal de las encuestas.

Y comparten una importante debilidad: ambos creen con tanta devoción en su capacidad de convertir a los adversarios y hacer que leones y corderos convivan juntos que dedican más energías a convencer a los enemigos que a movilizar a los aliados. Esto les deja indefensos cuando los leones siguen devorando a los corderos.

Me complace que, tras la noticia siniestra, el estado de Bill Clinton mejore. Y puede ser providencial que irrumpa en la actualidad justo en este punto. Es difícil escapar a la sensación de que un presidente Demócrata joven y prometedor está siguiendo los pasos demasiado cerca de otro presidente Demócrata joven y prometedor - y que los Republicanos sólo necesitan recitar el mismo guión que pronunciaron hace 16 años.

Obama tiene que volver a escribir el libreto. Y como editor de diálogos, Bill Clinton no tiene igual.

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