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Armas

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 13 de febrero de 2010, 13:03 h (CET)
A veces, más allá de rendir vasallaje al señor que nos domina, se pregunta uno para qué se tiene un Ejército convencional, si su utilidad es ninguna. Carecemos de enemigos que pudieran ser combatidos con un ejército convencional como el nuestro, y, de tener que enfrentar a una potencia mayor, ya hemos comprobado, tanto históricamente como en las guerras más modernas, que se le hace más daño y se le desgasta más al adversario dejándole entrar e impidiéndole que salga. Es con esta técnica con la que los íberos desgastaron durante siglos al poderoso ejército romano, y es con esta misma técnica con la que ha sido derrotado una vez y otra el potentísimo Imperio.

El Imperio lo sabe, y, para combatir a los que se le resisten, comenzaron a desarrollar hace años armas que pertenecen por ahora al mundo de la ciencia-ficción –porque no son de dominio público- tales como el HAARP, del cual se dice tanto que será el arma estrella para derrocar próximamente al régimen iraní como que la usaron para producir el terremoto de Haití y apropiarse de un Estado a la retaguardia de Cuba y a la vanguardia de Venezuela.

Unas ideas desquiciadas éstas, al menos en apariencia, pero que en vista de cómo se desarrollan los negocios globales actuales, tal vez no conviniera desterrarla del todo sin hacer mayores averiguaciones. Ahí está la ya confirmada manipulación de tema de la Gripe-A, y las fortunas que ha producido en propios y extraños del negocio, o esa crisis que ha hecho más ricos a los muy ricos y miserablemente pobres a todos los demás, empleados o no. Y lo curioso del caso, es que ese arma nueva, el HAARP, además de achacarles el ascenso de 21º C que por un cortísimo intervalo de tiempo -horas- hubo en Ceuta hace unos años, la responsabilizan de inviernos o veranos atípicos, tifones y sequías, además de la práctica totalidad de los más recientes temblores, terremotos y tsunamis, todos ellos producidos a la exacta sospechosa profundidad de diez kilómetros.

Pero esta arma, con toda su terrible leyenda, no es sino una más de las muchas que nuestros amigos imperiales desarrollan en la clandestinidad de sus recintos secretos. Las han construido capaces de volver locos a los habitantes de una región, de modificar el clima, de producir vertiginosos ascensos de líbido, de desatar ataques de ira en poblaciones enteras y todo ello sin contar con las bombas genéticas o raciales, las químicas, las neurológicas, las del pánico, las infrasónicas –capaces de detener el funcionamiento de un órgano, e incluso de emitir la nota marrón, ya se imaginarán respecto de qué- u otras muchas que todavía pertenecen al orden del rumor o la conspiranoia. Armas, en fin, que convierten a los ejércitos convencionales en inútiles, no tenemos más que ver lo que se les pueden resistir los poderosos ejércitos convencionales adversarios, como el sadamita.

La guerra del futuro, si la hay, no tiene nada que ver con las guerras del pasado. Si tuviéramos que confrontarnos con un enemigo, nuestros tanques, aviones o baterías de cohetes, no tendrían absolutamente nada que hacer, a no ser que le declaremos la guerra a Madagascar. Es un gasto absurdo e incoherente, y, o se reforma la estrategia de la Defensa, o se puede prescindir definitivamente de este obsoleto tipo de Ejército. Más oportunidades tendría un Viriato en una nueva guerra contemporánea que la División Acorazada Brunete y toda su potencia de fuego, a no ser, como digo, que nos enfrentemos a una potencia menor y sin aliados conocidos.

A ras del suelo, el hombre de la calle se mueve con certezas anacrónicas. Si no hay ruinas producidas por bombardeos, sin duda hay paz, se piensa; pero la guerra entre las potencias dominantes se celebra cada día, y los campos de batalla se ubican tanto en los virtuales órdenes informáticos como en los encorbatados salones de la especulación en las bolsas, sin olvidarse por ello de las cuchilladas que unos líderes a otros se propinan en las diferentes cumbres, mientras se sonríen con impecables dentaduras profidén.

A ras del suelo, en lo ordinario, el hombre de la calle piensa que dos y dos suman cuatro, pero ignoran que en la realidad de la alta política esos dos sumandos pueden procurar cualquier resultado, según qué refuerzos se utilicen para sostener la verticalidad de cada patito. Una guerra produce muertes y daños económicos, y muertes y daños económicos sobran por doquier, especialmente ahora que tenemos el planeta orbitado por todo tipo de armas climáticas y de espionaje, capaces tanto de procurarnos una nevada en lo más tórrido el estío como de saber de qué hablamos con quién o qué cantidad de dinero llevamos en el bolsillo.

Decía recientemente don José Blanco que su partido estaba siendo objeto de una conspiración, y lo dijo para maquillar el desastre en que estaba sumiendo al país su desalentada gestión. Lo que ignoraba don José, es cuán cerca estuvo de meter los dedos en la llaga.

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