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Muros que separan
Octavi Pereña
Últimamente se ha conmemorado el derribo del muro de Berlín que formaba parte del tristemente famoso Telón de Acero que dividía Alemania en dos. La demolición no ha servido para equiparar a los ciudadanos de la Alemania reunificada. Los que antes eran alemanes orientales no viven en las mismas condiciones que los que eran occidentales. Vitorear la destrucción del muro alemán no ha servido para que se derriben otras murallas que separan: El paralelo 38 que impide que las familias separadas por el muro invisible puedan verse; el que se construye entre Estados Unidos y Méjico; el que separa palestinos y israelitas y otros. Se da el caso que se derriba uno para que se levanten otros.
¿Se puede acabar con la maldición que no deja que la gente y los pueblos puedan vivir en paz? El problema de las separaciones se inicia en el individuo y como si fuesen los círculos concéntricos que se forman al lanzar una piedra en aguas tranquilas que se van ensanchando hasta alcanzar a la orilla opuesta, de manera parecida se van levantando muros invisibles o no que separan. Si se desea encontrar solución permanente al problema separatista que se inicia en el individuo y que se extiende a la familia, a los vecinos, a las naciones, es preciso encontrar la causa que lo origina.
El inicio de las separaciones que ocasionan tantos daños en las esferas privada y pública se encuentra en el hecho de que el hombre está enemistado con Dios. Esta animosidad se originó en el Edén cuando Adán transgredió la prohibición que el Creador le había dado de comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. La consecuencia de la desobediencia será la muerte, le dijo Dios. Si comes se levantará un muro infranqueable entre tú y yo que tendrá consecuencias que no te puedes imaginar. Adán no hizo caso y comió. Acto seguido se le abrieron los ojos y se dio cuenta que estaba desnudo. Se avergonzó de verse en esta deplorable condición. No se le acudió otra cosa que coserse unos delantales con hojas de higuera. El invento no funcionó. Sí que sirvió para taparse las vergüenzas, pero no la turbación que le producía su alma corrompida por el pecado. Si no hubiese sido que Dios tomó la iniciativa, hoy seguiríamos enemistados con Él.
Dios practica lo que dice en Proverbios: “Si el que te aborrece tiene hambre, dale de comer pan, y si tiene sed, dale de beber agua” (25:21). Sin provocarlo, el hombre se enemista con Dios. Éste se le acerca para ofrecerle el agua viva que saciará totalmente la sed que se ha despertado en su alma. Mata unos animales y con sus pieles le tapa la desnudez integral de Adán. Estos sacrificios miran hacia el Gólgota en donde Cristo con un solo sacrificio le devuelve al hombre la paz con Dios, es decir, le da la vida eterna. El pecado que es el muro que separa al hombre de Dios ha sido destruido y la paz con Dios se restablece de una manera permanente.
La persona que por la fe en Cristo hace las paces con Dios se convierte en alguien que es un auténtico pacificador, actitud que se realiza de dos maneras: en lo que depende de él derriba muros que le separan de otras personas: padres, hermanos, cónyuge, amigos, compañeros de trabajo……y, presentándolos a Cristo para que ellos a su vez se conviertan en auténticos pacificadores. De esta manera los círculos concéntricos del amor se extienden hasta el extremo de la Tierra derribando muros de separación.
Si por la fe en Cristo Dios derriba el muro de la enemistad básica, esta muralla no se vuelve a levantar. La paz con Dios es perenne y sus efectos perduran más allá de la muerte porque sus obras perduran y su recuerdo sigue siendo un bálsamo que cura enemistades.
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