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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · Kathleen Parker
Caballeros, átense a las palas


Kathleen Parker


Kathleen Parker Kathleen Parker
jueves, 11 de febrero de 2010, 08:08
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WASHINGTON - Mucho tiempo y muchos volúmenes se han dedicado a la famosa pregunta de Freud - ¿qué quieren las mujeres? - con escasa atención comparable a la homóloga masculina.

¿Qué quieren los hombres?

La respuesta simple es bien conocida, pero la respuesta más matizada se ha presentado los últimos días durante el "Nevadogedón".

Palas. Los hombres quieren palas, cuanto más grandes mejor.

Apenas habían comenzado a caer los primeros copos de este riguroso invierno que la tranquilidad imperante era alterada por el roce del metal contra el ladrillo.

Era Craig, desafiante con la proverbial chaqueta de franela, luchando contra la nieve con su Gran Pala Quitanieves. Apenas había empezado a cuajar el equivalente al glaseado de un donut, pero nunca es pronto para luchar contra las montañas que se avecinan.

Para que no se me acuse de usar estereotipos sexistas, déjeme matizar diciendo que muchas mujeres limpiaban las aceras y desenterraban los coches que ya no eran identificables como tales. Pero la mayoría de las mujeres hacen estas cosas porque deben hacerlo, mientras que los hombres, aparentemente, están impacientes por hacerlo.

Tal vez no tanto como hace unos días. Mientras escribo esto, nos estamos preparando para tener 50 centímetros de nieve sobre los 60 caídos en la mayor parte del área de Washington. La novedad se está enfriando. Pero hay una razón para que "la mejor pala quitanieves del planeta". se llame simplemente: "Manplow". Creo que con seguridad se puede afirmar que ninguna mujer ha sufrido nunca envidia de pala.

Desde que comenzó la tormenta, la pala se ha convertido no sólo en una herramienta de primera necesidad, sino en el símbolo del propósito y la importancia sobre cuya ausencia el lamento existencial habitual es más agudo en una ciudad que tanta importancia da al cerebro.

Esto es el eje del conocimiento, después de todo, donde hombres (y mujeres) pasan la mayor parte de sus horas de vigilia sentados, mirando un monitor o hablando por teléfono. Las interrupciones de estos rigores mentales en su mayoría implican otros esfuerzos sentados, como el desayuno y el almuerzo a toda prisa o el siempre popular dueto de cena rápida y algo de beber. Cualquiera que sean los derroteros que se sigan en el ínterin, no son fáciles de cumplir con los recuerdos musculares de nuestro atrofiado ADN.

Oh, "improvisamos algo". Los carnés de gimnasio son tan frecuentes como los bonos del metro, y casi hay más entrenadores personales que taxistas. Washington tiene un número desproporcionado de triatletas, lo que es testimonio tanto del deporte nacional de los washingtonianos - el estrés - como de las millas de carriles bici y pistas atléticas de la ciudad.

Pero el ejercicio motivado por las apariencias es totalmente diferente al de quitar la nieve. Uno es una tarea pendiente del calendario de los obsesivo-compulsivos; la otra es una burla de la naturaleza, un llamamiento a la supervivencia a despertar a todos los cerebros de lagartija en reposo. El hombre nunca es más feliz que cuando tiene que hacer algo con las manos, en otras palabras. Es decir, cuando se le necesita.

Gran parte de la angustia cultural de hoy en día se puede remontar a la simple observación. Hemos llegado a extremos insospechados para demostrar lo innecesarios que son los hombres. Maureen Dowd llegó a escribir un libro en la materia, "¿Son necesarios los hombres?" a lo que, por cierto, respondí con otro libro, "Salvemos al hombre".

No se puede culpar a las mujeres de querer ser independientes y autosuficientes, pero las inteligentes lo han hecho sin menoscabo a los varones cuyos hombros pueden preferirse los días imperfectos. Añádase a los cambios culturales nuestros problemas económicos recientes, que han dejado a más hombres que mujeres sin empleo, y los hombres están aún más fascinados por la oportunidad de ser útiles.

Craig, aunque columnista remunerado de USA Today, hizo de voluntario para sacudir la nieve de los árboles del jardín inclinados por el peso aplastante de la nieve. Mi hijo, para no ser menos, agarró una paleta pequeña de jardín y quitó el hielo del acceso letalmente empinado a la casa. Tampoco es que el hombre busque ganarse el favor de las féminas, como no hace falta decir en el caso de mi vástago. En cuanto a Craig, lleva los últimos 25 años viviendo con Jack que, aunque declara un mal pinche, cocina un stroganoff sabroso que he aprovechado en dos ocasiones desde que empezó a caer la nieve.

Sin duda, este tipo de manifestaciones de hombría - que en mi opinión incluye alimentar a los hambrientos - son, como el clima, divertimentos. Y estos apuntes no son sino una contribución modesta a los anales del estudio del sexo. Pero si alguna vez se dejan de lado los inconvenientes de la mujer moderna para pensar lo que quieren los hombres, la respuesta es obvia para cualquiera menos, quizá, el Congreso.

Dale a un hombre un trabajo y despejará el camino a tu puerta.

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