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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · Robert J. Samuelson
Los peligros de la prosperidad: La historia detrás de la crisis económica


Robert J. Samuelson


Robert J. Samuelson Robert J. Samuelson
miércoles, 10 de febrero de 2010, 08:24
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WASHINGTON - Tenemos que aclarar lo sucedido. Ya, se ha creado un consenso con alfileres en torno a la crisis financiera. Fuimos víctimas de agentes hipotecarios deshonestos, codiciosos banqueros y reguladores ineptos. El crédito fácil de la Reserva Federal probablemente agravó las cosas. Es cierto, el debate en torno a los flecos prosigue. El gobernador de la Reserva Ben Bernanke pronunció recientemente un discurso negando haber relajado demasiado el crédito, aunque admitió relajar la regulación bancaria. Una comisión constituida por el Congreso inició la vista sobre las causas de la crisis. Sin embargo, el consenso básico parece asentado y muy tranquilizador. Sugiere que si endurecemos la regulación, reprimimos la avaricia escandalosa y mejoramos las políticas de la Reserva, podemos evitar que algo así ocurra de nuevo.

Sólo hay un problema: el consenso está equivocado - o al menos demasiado simplificado.

Históricamente, lo que vivimos fue un ciclo económico de crecimiento y contracción. La prosperidad prolongada anuló el sentido de prudencia de la gente. En perspectiva, sabemos que inversores, corredores hipotecarios y banqueros participaron de un comportamiento imprudente que dio lugar al caos económico. Sabemos que los reguladores hicieron la vista gorda con prácticas que, en perspectiva, fueron ruinosas, antiéticas y en ocasiones delictivas. Sabemos que la Reserva mantuvo bajos los tipos de interés durante un largo período (el tipo de los préstamos de la Reserva a corto plazo descendió al 1 por ciento en junio de 2003). Pero la pregunta crucial es: ¿Por qué? La codicia y la miopía no se inventaron de golpe hace siete u ocho años; son facetas de la naturaleza humana.

Una respuesta es la siguiente: la especulación y la complacencia proliferaron por doquier, ya que la opinión generalizada decía que la economía y el sistema financiero se habían vuelto más sólidos. Durante un cuarto de siglo, de 1983 a 2007, Estados Unidos disfrutó de lo que fue posiblemente el periodo de mayor prosperidad de su historia. El crecimiento fue provocado por la conquista de la inflación elevada, que había desestabilizado la economía desde finales de 1960. De 1970 a 1984 la inflación descendió acusadamente de rozar el 13 por ciento hasta el 4 por ciento. En 2001, fue del 1,6 por ciento. A medida que la inflación descendía, los tipos de interés seguían la tendencia - aunque la relación es difusa - y a medida que los tipos bajaban, la Bolsa y los precios de la vivienda se disparaban. De 1980 a 2000, el valor de los títulos y las carteras de inversión de los hogares se elevó desde alrededor de 1 billón de dólares hasta casi 11 billones de dólares. El precio medio de la vivienda construida se elevó de los 62.200 dólares de 1980 a los 143.600 dólares de 2000; en 2006 fue de 221.900 dólares.

Al sentirse más ricos a causa del precio de la vivienda y las carteras de inversión, muchos estadounidenses dejaron de ahorrar o se endeudaron más. La tasa de ahorro personal se redujo del 10 por ciento de la renta tras retenciones de 1980 hasta cerca del 2 por ciento 20 años después. El incremento paralelo en el consumo, la construcción y la recalificación impulsó la economía y creó empleo, 36 millones de puestos de trabajo de 1983 a 2001. Sólo hubo dos recesiones en estos años, ambas leves históricamente: la de 1990-91 y la de 2001. El dato mensual del paro alcanzó su apogeo en el 7,8 por ciento a mediados de 1992.

El triunfo duramente ganado sobre la inflación de dos dígitos de los primeros años 80, diseñado por el entonces gobernador de la Reserva Paul Volcker y respaldado por el recién elegido Presidente Ronald Reagan, se considera uno de los grandes logros de la política económica desde la Segunda Guerra Mundial. La tentación reside en retratarlo como un agradable cuento con moraleja. Las teorías económicas que condujeron a una inflación más elevada fueron malas; las teorías que moderaron la inflación elevada fueron buenas. Las ideas superiores desplazaron a las inferiores, y la recompensa fue el aumento de la prosperidad y la estabilidad económica de la década de los 80 y las posteriores. Pero eso, lamentablemente, es sólo la mitad de la historia.

El éxito también sembró las semillas del desastre mediante la creación de expectativas y comportamientos autodestructivos. Los importantes beneficios ingresados durante estas décadas tanto por inversores profesionales como aficionados indujeron a muchos a creer en la bondad inherente de los mercados financieros. A pesar de que periódicamente pueden incurrir en el exceso, finalmente se corrigen por sí solos sin grandes daños colaterales. La mayor estabilidad de la economía real - en contraste, se habían producido cuatro recesiones de gravedad creciente desde finales de la década de los 60 hasta principios de la década de los 80 - hizo de cebo. La Reserva hizo de burladero: bajo Alan Greenspan, fue agasajada por evitar recesiones acusadas tras la crisis bursátil de 1987 y el estallido de la "burbuja tecnológica" en el 2000. Gestores de fondos, reguladores, economistas y opinión pública en general, todos sucumbieron a estas creencias seductoras.

La locura del mercado hipotecario de riesgo al principio del nuevo siglo puede parecer una locura ahora, pero tuvo su lógica. El precio de la vivienda iba a seguir subiendo, porque llevaba dos décadas subiendo de forma constante. Los consumidores podían endeudarse y gastar más porque su riqueza estaba en constante crecimiento y no estaba tan amenazada por la recesión. Eso es lo que justificó la relajación de los requisitos de préstamo. Del mismo modo, los bancos de inversión podían asumir una mayor capacidad especulativa con más endeudamiento. Los propietarios de viviendas con pobres antecedentes de crédito podían refinanciar préstamos en condiciones más favorables a dos o tres años porque el valor de sus casas se había incrementado. Si los prestatarios estaban en situación de mora, los acreedores podían recuperar su dinero porque las casas que respaldaban la deuda valían más.

La paradoja es que, pensando que el mundo era menos peligroso, la gente tomó medidas que lo hicieron más peligroso. Los placeres de la prosperidad resultaron ser contraproducentes. Alimentaron el descuido y la complacencia. Si la regulación era laxa, el principal motivo fue que los reguladores - como los agentes de crédito, los inversores y los prestatarios a los que regulaban - compartían la opinión generalizada. Los mercados parecían estar funcionando. ¿Por qué intervenir? Esa fue la lección de la experiencia, no una devoción abstracta a la teoría de los "mercados eficientes", como se discute ahora cada vez más. La euforia, o algo cercano a ella, se consideró realismo.

A menos que aclaremos la historia de la crisis, puede que nos decepcione la secuela. La explicación del crecimiento-contracción no absuelve la avaricia, la falta de visión o las políticas gubernamentales equivocadas. Pero sí ayuda a explicarlas. No significa que no podamos - o que no debamos - adoptar medidas para frenar la adopción de riesgos peligrosos. Algunas de las propuestas de "reforma financiera" de la administración Obama tienen sentido. Elevar el importe del aval protege a los bancos de las pérdidas; la capacidad de controlar el cierre de grandes instituciones financieras puede evitar el caos del derrumbe de Lehman Brothers; desplazar el intercambio de muchos "derivados" (como la deuda canjeable) a mercados supervisados por el gobierno crearía una mayor transparencia en los mercados financieros. Dado que en última instancia es el gobierno lo que responde por los mercados financieros, la regulación se justifica como límite al gasto de los contribuyentes y prevención de la inestabilidad económica catastrófica.

Pero no es ni posible - ni deseable - regular todo el riesgo al milímetro. Cada "burbuja" no es una depresión potencial. Las burbujas estallan y las pérdidas deben producirse para disuadir de la especulación y obligar a los inversores y los prestatarios a valorar el riesgo. La sobre regulación del sector financiero puede desalentar la innovación útil y obstruir los canales de capital de los que depende una economía en expansión. Por último, el énfasis obsesivo en los errores de Wall Street también puede distraernos de otras posibles fuentes de crisis en el futuro, incluida la deuda y el endeudamiento público excesivo.

La lección más importante de la crisis reciente es aleccionadora. Las democracias modernas y avanzadas se esfuerzan por ofrecer tanta prosperidad como sea posible a tantas personas como sea posible el mayor tiempo posible. Pertenecen al oficio de crear ciclos de crecimiento perpetuos. La contradicción cruel es que esta promesa en sí puede convertirse en una fuente de inestabilidad, porque cuanto más se alcanza, más personas empiezan a actuar de formas que en última instancia, invitan a su destrucción. Los ciclos de crecimiento revisten a menudo efectos secundarios no deseados y desagradables. Hasta los efectos secundarios anticipados que terminan siendo inevitables - "burbujas" bursátiles, mercados laborales excesivamente rígidos - pueden ser difíciles de controlar porque son inicialmente populares y agradables.

La búsqueda de una prosperidad siempre creciente y mejor se arruina sola. Sería mejor tolerar recesiones y reveses financieros más frecuentes y leves en lugar de esforzarse por lograr la prosperidad sostenida que, aunque superficialmente más atractiva, es inalcanzable y termina en fracaso devastador. Esa es la implicación central de la crisis, pero reviste difíciles cuestiones políticas y económicas que aún no se han planteado, y mucho menos respondido.

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Este ensayo es una adaptación de la edición de bolsillo de "La gran inflación y sus consecuencias: pasado y futuro de la riqueza estadounidense", de Robert J. Samuelson, publicado por Random House a finales de enero.

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