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La naturalidad de los aliens
Lorenzo de Ara
martes, 9 de febrero de 2010, 07:00
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Un viejo profesor del método Stanislavsky en Madrid me repetía hasta la saciedad: “naturalidad, más naturalidad. No actúes, coño”. En la política española, también en la que se destila a escala local, la naturalidad es enemiga del político. El naturalismo político insiste en la búsqueda del santo grial de todo buen servidor público: la hipocresía.
Dejo a un lado lo que acontece en nuestra querida y vapuleada España, para fijarme en lo que a diario se cuece, se mastica y se come en la realidad localista. Así descubro que el político de toda la vida aporta poco o nada, que sus secuaces, alimañas con el estómago sin sangre, cumplen a rajatabla el ordeno y mando del que ocupa el asiento; que los concejales, jóvenes y retardados, ansían emular al todopoderoso, principalmente sus gestos, bravuconadas, salidas de tono, ensoñaciones y paseitos por el reino de la mediocridad.
Los problemas locales son siempre los mismos. No varían. La naturalidad es contumaz. Está el paro, la vivienda, la comida, los libros del niño. Esos son los problemas de los amados y siempre perseguidos –cariñosamente- votantes. No hay que ponerse a trabajar para resolverlos. No. Basta con cumplir las otras aspiraciones. Saraos, luces, banderitas, disfraces. Hacer papiroflexia con el alma libre –completamente libre- del votante embrutecido, ideologizado, entregado.
Los que hasta ayer gobernaban –mandaban- se aclaran la voz para denunciar todos los atropellos habidos y por haber. No reconocen errores. Suman, restan, multiplican, dividen, hasta son capaces de realizar ecuaciones en milésimas de segundo, pero la autocrítica no les suena. El líder o la sacerdotisa, ordena, a veces sin decir esta boca es mía, que al enemigo, ni agua. Y no crean ustedes que el enemigo es el que ahora ocupa la poltrona, no, ni de lejos, el enemigo de la oposición es el que se mueve por la calle: el votante, el otro votante.
Los que hoy gobiernan, mandan, no inventan nada nuevo con su cochambrosa llegada a la alfombra roja. Repiten el acojonante desperdicio de mendicidades. Hacen ruido, culpan, exorcizan, cabrean y llenan el infierno –su infierno- con los condenados que todavía hoy rechazan el nuevo orden establecido.
Ciertamente la política local da para mucho. Sirve incluso para que los periodistas de medio pelo junten palabras los domingos. Sirve como laboratorio muy útil al servicio de una política nacional igual de sucia y ramplona.
La naturalidad en teatro es muy complicada de alcanzar. La hipocresía en política es el aire que llena los pulmones del político al servicio de nosotros. Pobrecitos. ¡Aliens! Si la naturalidad es el Everest en la escena, el teatro pobre de Grotowski es el averno del político cangrejo.
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