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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Cataluña   -   Sección:   Opinión

Cataluña va por libre desafiando la legalidad

“El fanatismo es una sobrecompensación de la duda” Carl Gustav Jung
Miguel Massanet
jueves, 27 de octubre de 2016, 00:43 h (CET)
Tal y como se quisieron inventar que, en otros tiempos, fueron una nación, algo de una inexactitud manifiesta, ahora siguen intentando buscar excusas para pretender separarse de España y formar su propia nación independiente; aunque conocen perfectamente que, esta locura, no se puede interpretar de otra manera, les conduciría a su propia autodestrucción. Fuere como fuere, creo que podemos afirmar, sin temor a cometer un error, que en estos momentos de nuestra Historia, la comunidad catalana está padeciendo una crisis en la que se entremezclan una tendencia a un izquierdismo político, que siempre ha estado latente en una gran parte del pueblo catalán, como se ha manifestado en las diversas ocasiones en las que la revolución ha hecho mella en los catalanes y, por otra parte, otro sentimiento, especialmente arraigado en la burguesía y en los medios rurales de Cataluña, de un nacionalismo exacerbado, que ha sido el que los políticos separatistas se han encargado de cultivar, potenciar y utilizar en provecho de sus intereses, cuando han decidido enfrentarse al Estado español para pedir la independencia del resto de España.

Lógicamente que nunca los errores suelen corresponder totalmente a una de las partes, cuando existen posturas enfrentadas. En el caso del problema catalán se puede decir que, junto a un planteamiento absurdo, inoportuno y en forma de ultimátum , como el que el señor Artur Mas, al perder 12 escaños en las elecciones autonómicas para su partido CDC, en un alarde de estupidez y falta de visión política, lanzó su proclama de que, Cataluña, buscaría como fuera su independencia del resto de la nación; el gobierno de la nación pensó que era mejor no actuar, no intervenir, no justificarse ante los ataques que, desde la autonomía catalana, se le hacían acusándole de despojar a los catalanes de sus riquezas, de robarles sus impuestos para dárselos al resto de las autonomías, de no recibir una financiación justa etc. La consecuencia de no querer erradicar, desde el principio, aquella simiente de rebelión que intentaba encender y potenciar el latente espíritu del catalanismo, hasta aquel momento moderado, para poner al pueblo catalán contra el resto del Estado, y dejar que los políticos tanto de CDC como de ERC y de otros partidos y grupos, como la ANC o el Omnium Cultural, se añadiesen en apoyo de la secesión; han dado lugar a que, en unos años, aquello que fácilmente se hubiera podido atajar con más información, con correcciones menores y con menos mojigatería por parte del gobierno central, se haya convertido en uno de los problemas mayores a los que, hoy en día, tiene que enfrentarse el Estado español.

Lo que ocurre es que, el Parlamento catalán, se ha convertido en un avispero en el que se trabaja frenéticamente para elaborar leyes, para crear organismos, para contratar funcionarios y para redactar una nueva constitución, todo ello encaminado a la futura proclamación del nuevo “Estado catalán”, para lo que el señor Puigdemont, para conseguir el apoyo de la CUP a los presupuestos catalanes, tuvo que aceptar una fecha determinada para el referéndum de autodeterminación que, al parecer, se celebraría no más lejos del mes de junio del año 2017. Entre tanto, es obvio que los miembros de CDC que organizaron la seudoconsulta, auspiciada desde la Generalitat y apoyada económica y materialmente desde dicho organismo, celebrada el día 9N del 2015, con una participación de 1’8 millones de ciudadanos (sin control alguno, ni censos ni que, en los distintos centros de voto, se observaran las garantías constitucionales requeridas para estos eventos) y declarada anticonstitucional, unánimemente, por los magistrados del TC; se hayan visto en dificultades por haber infringido las leyes. El señor Homs y el señor A.Mas están imputados como responsables de tal acto de desobediencia a la suspensión que se había puesto a la celebración de aquel evento.

La señora Forcadell, a su vez, también fue encausado por desobediencia al TC y por prevaricación por sus actuaciones como presidenta del Parlamento catalán. En todos los casos, los investigados se han dedicado a hacer bravatas, a presumir de los delitos presuntamente cometidos y a negar autoridad a los tribunales españoles, el TSJC, ante los que van a tener que defenderse de las acusaciones que penden sobre ellos. Resulta cómico escuchar, una y otra vez, a la señora Forcadell, más nerviosa y asustada de lo que pretende aparentar, que las acusaciones que pesan sobre ellos son un atentado a la democracia en la que, los tres, se vienen amparando para justificar su desobediencia a las órdenes emanadas del TC, ordenando suspender la celebración de aquella consulta. La ignorancia que todos ellos demuestran respecto al concepto de democracia, raya en la más absurda obcecación y fanatismo que, como es evidente, demuestra que estos señores carecen de información sobre lo que significa el sistema democrático basado, precisamente, en la delegación que los ciudadanos de una nación hacen, mediante las votaciones, de sus derechos para que, las personase elegidas por la mayoría, sean las que gobiernen y los que formen parte del Parlamento, donde se aprueban las leyes que han de obligarnos a todos, en beneficio de la ciudadanía, garantizando sus derechos, su seguridad, sus libertades y su seguridad jurídica. La pretensión de que, unos pocos, unas minorías, por razones de falta de solidaridad, de egoísmo, de insubordinación o de supuestas discrepancias con el Estado central, pretendan suplantar al Estado y, alegando unos supuestos derechos democráticos emanados de unos grupos determinados, pretendan levantarse contra las leyes que juraron o prometieron respetar, no es sino un acto ilegal, fraudulento y merecedor de las sanciones que, para este tipo de delitos, tiene previsto nuestro Código Penal.

Cataluña está, en estos momentos, atrapada por sus propias diferencias internas y, en medio de semejante revoltillo, nos encontramos aquellos que, viviendo en este país, formando parte de su ciudadanía, participando de sus costumbres y gozando de sus indudables ventajas, nos vemos involucrados en una batalla que, como españoles, consideramos que no nos afecta pero que, sin duda, nos puede afectar gravemente debido a que los extremismos nacionalistas no están exentos de personas que no saben establecer los límites entre sus ideas, respetables por supuesto, y las de aquellos que difieren de las suyas a los que, en muchos casos, califican automáticamente de enemigos a los que se ha de destruir o expulsar de un territorio que ellos han decidido que les pertenece, por el mero hecho de haber nacido en él o, incluso, por aquellos otros, venidos desde fuera, pero que se han contagiado de este tipo de nacionalismo excluyente, que convierte a todo español que se considere como tal, dentro de Cataluña, en un ser al que es preciso apartar fuera de los límites del país.

Lo cierto es que es muy posible que, aquellos que, en un determinado momento, encontraron en el nacionalismo catalán la excusa para ejercitar sus ideas próximas a las izquierdas o hallaron amparo para dejar su impronta ácrata en el seno de partidos como la CUP o, más recientemente, en formaciones como Barcelona en Comú, de la señora Ada Colau; han conseguido formar una sólida plataforma izquierdista capaz, como se viene demostrando, de irle comiendo espacio a la otrora poderosa CDC, hoy en día PDEcat, de modo que, con toda probabilidad, las huestes comunistas, en una próximas elecciones, es muy posible que puedan desbancar de su situación privilegiada al señor Puigdemont o los partido más conservadores, defensores de la secesión del pueblo catalán de la nación española.

Hasta los federados del PSOE, los socialistas catalanes del PSC del señor Iceta, no han dudado en poner en peligro su permanencia en el partido socialista español, mostrándose dispuestos a votar en contra del señor Rajoy, porque saben que, en Cataluña, si votaran a favor o se abstuvieran, el resto de partidos catalanes, excluidos el PP y Ciudadanos, se les iban a echar encima para criticarles el haberse escorado a la derecha. El señor Iceta, un dirigente que no ha conseguido más que sucesivas derrotas y disminución de afiliados y escaños desde que está al frente del partido catalán, no parece enterarse de que, sin el apoyo de su partido en Madrid, sus posibilidades de sobrevivir, en el mapa político catalán, son cada vez menores por no decir nulas. Quizá por ello ya accedió a enviar al señor Collboni al ayuntamiento, en un acuerdo muy curioso con los comunistas de Ada Colau, cuando es evidente que las relaciones de comunistas y socialistas nunca han sido cordiales.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, nos resulta imposible entender como, después de los años que llevamos soportando que, en Cataluña, se pasen las leyes, incluso las normas constitucionales, por el fondillo de los pantalones; se impida usar normalmente el castellano en la rotulación o en la enseñanza, se machaquen los derechos de los padres que piden una enseñanza de acuerdo con su manera de pensar o se presione a quienes piden clases en español para que desistan de ello para no verse chantajeados por el resto de alumnos y profesores del respectivo centro docente. Cataluña, en estos momentos, no es un lugar donde un español se pueda sentir a gusto ni donde pueda, como sucede en el resto de España, ejercer sus derechos como ciudadano, como sucedería con cualquier otra persona que resida en Zaragoza o en Madrid. No basta que, desde el gobierno se nos envíen consignas de tranquilidad, se nos asegure que en Cataluña no va a pasar nada y que, los que nos consideramos españoles, podremos vivir tranquilos seguros de que no vamos a ser represaliados por estos energúmenos, que han decidido convertir estas tierras catalanas en campos de ensayo para sus proyectos independentistas.
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