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Tonterías sin fronteras
Luis del Palacio
No me consta que algún comentarista en algún medio haya mencionado la monumental carcajada con que los asistentes a esa astracanada que en EEUU llaman “desayuno nacional de oración” acogieron la primera parte de la parrafada de Zapatero, aquella en la que nuestro ínclito primer ministro justificaba su desconocimiento de la lengua inglesa con la siguiente estupidez: (…)”y permítanme que les hable en castellano, en la lengua en la que por primera vez se rezó al Dios del Evangelio en esta tierra”.
La ocurrencia trataba de encubrir la estulticia de ZP, que, acompañado por una tropa de empresarios, funcionarios y periodistas de renombre (por cierto: qué pintaría allí Pedro J. Ramírez, tan “defensor” de la política de nuestro presidente) acudió a Washington el jueves pasado para asistir a una congregación donde más de uno recordaría su desplante ante el paso de la bandera norteamericana.
El discurso, con traducción consecutiva, sólo resultó soportable por su brevedad (unos doce minutos), ya que fue una amalgama de los tópicos a que nos tiene acostumbrados (justicia distributiva, hermandad entre los pueblos, las “tres culturas”, la alianza de las civilizaciones…), que, empleados por el eterno aspirante a estadista, resultan siempre rimbombantes y empalagosos. La falta de ideas –consecuencia, entre otras razones, de una deficiente base cultural- contribuye a que continuamente mezcle churras con merinas; aunque, eso sí, todo bien condimentado con ese “polvo curry” que algunos han llamado “buenismo”.
El “buenismo” y la mirada clara parecen abrirle, de momento, puertas principales; aunque en este caso hayan sido las gateras del palacio imperial: Obama se conmueve con los esfuerzos del bufón por agradarle y si hubiera leído a Lope de Vega –cosa más que improbable porque los anglosajones sólo se leen a ellos mismos- podría espetarle en un pasillo: “¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?” Ante lo cual, nuestro admirado presidente exclamaría: “¡Hola!”
Y, sin embargo, su figura patética, abocada a pasar a la pequeña historia de los fracasos que produce en ocasiones el sistema democrático, no debe engañarnos: está jugando con el futuro de nuestro país, ignorando un clamor de cambio que crece y crece. Y si no recapacita o le obligan a hacerlo desde su propio partido, con descargas a la línea de flotación como la que lanzó Joaquín Almunia la pasada semana y que derrumbó la bolsa, la oposición deberá presentar la famosa moción de censura… aun a riesgo de perderla.
(Fin de acto: Zapatero recibió un leve aplauso de cortesía cuando terminó el discursito. Resuena el “Coloquio de los perros” cervantino: “Quien es necio en su villa, necio es en Castilla”… O allende los mares).
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