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Haití espera
Luis del Palacio
El mundo se estremecía hace tres semanas con la noticia del terremoto de Haití. La tragedia provocó un número de muertos que supera los ciento cincuenta mil, aunque el total de víctimas, ni siquiera el aproximado, se conocerá nunca, ya que de muchas de ellas –seres contingentes, fungibles como un objeto de “usar y tirar”- no ha quedado rastro documental alguno. Sólo sus deudos –los que los tuvieran- recordarán sus nombres.
Antes había en Haití –colonia y refugio de descendientes de esclavos, el primer país de América, tras EEUU, en independizarse de la metrópoli- un aire de fiesta permanente, de perpetuum mobile de ritmos caribeños, reminiscencias o quizá destellos de un África lejana y en vías de extinción: la de las tribus que poblaban las sabanas y las selvas y hoy nutren los “slums” (los inmundos chabolarios) de Nairobi, Ciudad de El Cabo, Dar- es- Salaam… Ese aire de fiesta, que es siempre engañoso, encubre la desesperanza de un pueblo que inició su andadura histórica de la mejor manera: librándose del yugo colonial impuesto por Francia y afirmándose como nación en la época de mayor esplendor de los imperios marítimos europeos; cuando al ya renqueante Imperio Español todavía le quedaban unos lustros de dominio sobre vastísimas extensiones del continente americano.
Puerto Príncipe no tenía una ciudad paralela de casas de cartón, hojalata y plástico, porque casi toda ella era un ejemplo de lo que la miseria construye. Ni el palacio presidencial se mantuvo en pie; todo un símbolo de lo que da de sí un estado débil, incapaz de acometer empresas, superadas en otros lugares igualmente pobres, como la alfabetización de los ciudadanos o una mínima asistencia sanitaria.
La noticia ha dejado hace días de ocupar la primera plana de los periódicos y la cabecera de los informativos. Poco a poco quedará como referente de un año que comenzó con mal pie. Y, sin embargo, deberíamos tenerlo presente como un revulsivo de conciencias y seguir contribuyendo para que aquel país devastado pueda construirse –no reconstruirse, porque, en realidad, nunca ha existido- tanto en lo material como en lo moral.
Quienes no dan amparándose en el prejuicio de que “nunca se sabe a dónde va a parar el dinero”, no hacen sino encubrir su propio egoísmo, su propia miseria espiritual. Y los estados poderosos no tendrían que romperse hipócritamente la cabeza para ver si condonan o no la deuda externa del país caribeño, sino, simplemente, hacerlo.
Es hora de reivindicar la figura de Toussaint, artífice de la independencia de Haití y de su manumisión, y hablar algo menos del tirano Papa Doc y su secuela.
Doscientos cincuenta mil heridos y un millón de personas sin hogar esperan nuestra respuesta.
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