Abstracción hecha de su valor semántico y de su incuestionable regusto tabernario, la última perla de Esperanza Aguirre pone de manifiesto, fundamentalmente y en primerísimo primer plano, el motivo que le mueve a estar en política: la consecución del poder a toda costa y por encima de cualquier otra consideración.
Llamar a un compañero hijoputa está dentro de nuestra más rancia tradición española y de las hechuras lingüísticas que le son propias a la manola más poderosa de la villa, y no admite objeción; pero preferir el triunfo de un antagónico ideológico antes que el de un rival del propio partido, lo que sugiere fehacientemente y sin ningún género de dudas, es que se está en política con el único objeto de favorecer la propia promoción personal de uno mismo; como diría nuestra insigne presidenta en el idioma que a ella más placer le procura: I, ME, MINE. Sobrados motivos nos ha dado doña Esperanza para recelar de sus motivaciones públicas. Ahora, también nos ha despertado el recelo en sus motivaciones privadas. Lo que sería deseable de un político es que mostrara a micrófono cerrado una honorabilidad aún mayor que a micrófono abierto. No es éste el caso. A don Manuel Cobo y su valedor, el alcalde Gallardón –que tiene mucha ilustración-, se lo han puesto a huevo.
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Publicado el lunes 1 de febrero de 2010 a las 09:36 horas.
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