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Opinión
Etiquetas:   La linterna de diógenes   Política  

Ejecutivos agresivos y el Ejecutivo en funciones

Algunas paradojas del lenguaje y de la vida política
Luis del Palacio
sábado, 22 de octubre de 2016, 11:19 h (CET)
Ya no está de moda entre las empresas que reclaman trabajadores a precio de saldo, esa formulilla traducida a mocosuena del inglés: “Pancho´s Group solicita “ejecutivo agresivo” para su departamento comercial”

Quizá ello se deba a que, como los zapatos de rejilla, ir en chándal al hiper o los calcetines blancos en las discotecas, no sea “guay” ni esté “in” y se considere una horterada; pero a mí se me antoja que la causa más probable es el temor a que en el ámbito empresarial se introduzca un “elemento agresivo” que, en un momento dado, ose orientar esa agresividad hacia un empleador que lo hace trabajar a destajo por cuatro perras, sin garantizarle una mínima seguridad en el puesto; aunque, eso sí, le exija los mejores resultados en la gestión.

Comoquiera que la reforma laboral, inspirada en las doctrinas del “tea party” y el liberalismo económico en su forma más burda, va creando una caterva de trabajadores que roza el umbral de la pobreza, del “ejecutivo agresivo” hemos pasado al “empleado ovejuno” que, si no llega a gritar “¡Vivan las caenas!” es porque suele preferir el balido al lenguaje articulado. O eso es, al menos, lo que les gustaría que sucediera a los herederos conceptuales de los malos del puro, la barriga y la chistera. Bbueno, esa era la caracterización antigua en la extinta Codorniz del banquero o empresario corrupto. Ahora lucen muchos tableta de chocolate en vez de panza, juegan al “squash”, no fuman, y hasta algunos practican ayurveda. Me refiero a todos esos que hace no muchos años nos aconsejaban apretarnos el cinturón (Díaz Ferrán) o hacían repicar las campanas a muerto de la banca española (Rato) o se iban de safari a cuenta de la tarjeta regalo de las cajas de ahorros y montes de impiedad (Blesa and co.)

Empero (sí, sí; ha leído bien: empero) parece que los cursis de la reverencia ante SSMM (por cierto ¡qué cosa más servil, rancia y antiestética!) y ese Ejecutivo en funciones (con mayúscula; no hay que confundirlo con el otro) que cada vez se parece más a la junta directiva de un casino de provincias, están a punto de revalidar por los pelos su permanencia (sigamos siendo pomposos y circunstantes) al frente de la nave del Estado.

Los creadores de la “reforma laboral” nos hablarán durante los meses que dure la legislatura de lo bien que lo han hecho y lo necesarios que son para evitar que vengan el caos y la revolución. Y lo malo es que, a estas alturas, probablemente sean un mal menor. Una “solución de compromiso” que no lo es; es decir: no es solución alguna, pero compromete a las fuerzas políticas (en especial al PSOE) a replantearse sus estrategias y, sobre todo, su programa.

La gente no quiere un gobierno hincado de hinojos ante los abusos y demandas de Bruselas, pero tampoco la instauración paulatina de una república bananero-populista a la venezolana. El trabajador medio (antes “mileurista”, ahora, “protopobre”) quiere dejar de tener que balar ante su explotador; mas ello no significa que, de pronto, haga suyos los mantras podemitas.

Se dijo que en 1982, diez millones de capullos (“capullo” por aquello de la rosa del logo socialista, no me malinterpreten) votaron al PSOE. No ha ocurrido ahora otro tanto con Podemos; pero sí ha habido mucho incauto que ha votado de buena fe a esa amalgama bicéfala de demagogos. Qué le vamos a hacer.

Ojalá Rajoy pueda formar pronto su Gabinete de la señorita Pepys y que en los meses en los que tenga audiencias y reverencias (no sólo con el Rey, sino con quien suceda a Obama y con la que, aquí en Europa, nos reduce a salsa al pil-pil) la reforma laboral no se implemente, sino que se resquebraje. Que la victoria pírrica le sirva al líder del PP para ocupar su sitio en la Historia, que está a mitad de camino entre el universo de los presidentes de casino de provincias y el de los de las comunidades de vecinos.

Más nos vale por ahora la locuacidad del papagayo que el balido quejumbroso de la ovejita lucera, que, para el caso, nos da igual que sea churra o merina.
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