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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Indolencia preocupante

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
sábado, 30 de enero de 2010, 23:03 h (CET)
Las quejas corren ligeras; mientras el esfuerzo de la participación personal y la responsabilidad se aposentan a los lados del camino. Es una imagen curiosa, porque con esas trazas, el camino siempre estaría vacío, sin viandantes laboriosos; eso sí, se oirían quejidos, voces desde los aledaños, como clamores que nadie atendía. Y en esas estamos, PARLOTEO y PROTESTAS resuenan por doquier; con ínfulas de libertarios, desconectados entre sí, alejados de los mejores auspicios de convivencia, sin plantearse esos mismos protagonistas, su implicación y el esfuerzo necesario en la labor común de la vida.

Con la mencionada ausencia de implicación se veía el personaje del indriso que les ofrezco hoy. Ni arre ni so; impasible el ademán ante cualesquiera de las circunstancias ambientales. Casi se convertía en un hombre invisible al estilo de las películas; quedando reflejado así:

EL INDOLENTE

Siempre fue un hombre conforme con todos.
Servil, ante los grandes se enternecía,
No le penetraban los improperios.

Si chocaba con abusos se volvía,
No sentía los dichos ideológicos.

Quieto quedó, como adormilado un día.

La imagen suya, frágil, se despedía,
Tampoco se vieron cambios de alcurnía.


¿Hacia dónde conduce la indolencia reiterada? ¿Hablamos de una simple comodidad sin repercusiones? ¿Qué sino nos aguarda como resultado de semejantes actitudes? Adolecen de unas características plomizas, que arrastran a toda la personalidad de ese sujeto, como un pesado LASTRE permanente, de incalculables consecuencias. Impiden el surgimiento renovador de los impulsos vitales. Con ese freno, primero al individuo y a continuación las agrupaciones sociales, se ahogan de forma progresiva, se tiende a la planicie intelectual, árida y sin participaciones efectivas. Se impone una asfixia progresiva. La intuición no llega al mínimo asomo, no existe la curiosidad por los aconteceres, la capacidad de asombro ante lo desconocido y la inquietud dirigida a la ampliación de conocimientos, son una entelequia. No sólo se plantea un aburrimiento atroz, la nulidad se extiende por cada una de las áreas de actividad; necesarias para la vida personal, la convivencia democrática o las investigaciones pertinentes.

La gravedad de estas formas de actuación dependerá de muchos factores. Según los sectores afectados, educación, salud, tareas solidarias o asociaciones comunitarias. Son situaciones cambiantes, y con ellas cambian los resultados de la dejadez que mencionamos. La pasividad quita fuerza a las reivindicaciones posteriores. Vemos repercusiones derivadas cuando observamos lo ocurrido en las VOTACIONES. Se abusa del voto continuista, como acostumbrados a lo que uno suele votar; sin la reflexión adecuada, sin la profundidad crítica para el premio o castigo dirigido a los candidatos. Un buen grupo de gente se escuda en la abstención, legítima, pero expresión de indolencia, ¿Dónde se ubica su responsabilidad? En consonancia con dichas distorsiones, suele ejercerse con poco interés el esfuerzo por recabar una información fidedigna y suficiente; dejándonos guiar por las parafernalias propagandísticas al uso. Como añadido, desde fuera, los silencios cómplices son terribles y las deformaciones de datos proliferan. ¿Participamos poco en el funcionamiento democrático?

Papeles y emisiones están saturados de alusiones a la vida y a la muerte; sin embargo, tambien son conceptos sometidos de lleno al desinterés general. Aunque se disfrace a la vida de un Derecho Humano, se la considera superficial y defectuosamente. Como consecuencia, la indolencia con que nos acercamos a las situaciones conducentes a la MUERTE, van de lo chocante a lo detestable, e incluso perverso, con gran facilidad. En Le Monde se publicaban estos dias unas notas, sobre la muerte promovida desde el Estado (Pena de muerte y riesgos militares en primer lugar). Con la inclusión del aborto y de la eutanasia, se amplian las legislaciones en torno a la muerte. En esos comentarios se hace hincapié en la gran cantidad de personas involucradas en esas posturas. Con menos interés se valoran las defunciones derivadas de hambrunas, terrorismos lejanos, desatenciones sanitarias u otras causas menos patentes. Da la impresión de que la vida y la muerte se aforntan con una ligereza y prepotencia que no pueden abocar a ninguna posición convincente.

Las grandes estructuras creadas por la sociedad son muy absorbentes y egoistas; de manera progresiva engullen todo lo que encuentran a su alcance, dinero, poder, a las personas, a su futuro. Son como un germen maligno, de los comentados por Philip Roth, que van generando la “mancha humana”. Si la comodidad, el desinterés o la falta de criterios, se vuelven predomiantes, no surgirá ninguna oposición a los ENCORSETAMIENTOS opresores; se convertirá en una conclusión lógica la anulación del individuo, quedaremos transformados en un mero artilugio al servicio de los entes; por la propia pasividad, ya no será necesaria la agresión foránea. Sólo quedará asentir y servir, a a los entramados financieros politizados, a unos dirigismos culturales sin precedentes, a una falta de transparencia alarmante y, no lo olvidemos, consentida. Queda muy patente el resultado final, se imponen los manejos estructurales, ajenos a las personas concretas, pero forjados a sus expensas.

Si se propaga este comportamiento, el aislamiento es su resultado, no se vislumbra ninguna otra opción. Recalquemos los impedimentos venidos de fuera, bajo forma de catástrofes naturales, de la terquedad biológica que nos constituye, por las imposiciones artificosas generadas por los humanos. Pero hoy insisto en las actitudes originadas en lo íntimo de cada uno, en el aplanamiento y reclusión voluntarios. Si falta la respuesta propia, la población aquejada se sumerge en sus problemas personales, sólo atiende a sus cosas, perdiendo progresivamente sus contactos y salidas al exterior. Metidos ahí dentro, se anulan por IMPLOSIÓN, se rompen sus interioridades. La crisis económica y de conceptos acentúa esa disposición. Explota y se rompe algo hacia el interior de cada individuo. Entre esas ideas, Roger Bartra cierra el círculo, afirma que todo eso provoca menos participación, agrandando el desinterés, promoviendo una progresiva degeneración social. La reclusión no tiene fin y el hundimiento es hacia dentro, en su propio dislate aislacionista. Sin colaboraciones no se genera sociedad alguna.

La genuina revitalización es el único antídoto; pero ha de ser auténtica, de las esencias vitales, no de los artificos caprichosos.

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