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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Las leyes y su aplicación

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 30 de enero de 2010, 09:15 h (CET)
Como no podía ser de otro modo, la aplicación de las leyes –léase sentencias e incluso procedimientos- sigue siendo cosa de titulares diarios en las noticias. Por una parte, aquella señora a la que se condenó a una multa y un año de alejamiento de su hijo por darle un cachete ya no es capaz de hacerse con él y ha pedido la intervención del Estado para reconducirlo, porque ella y su marido ya no se sienten capaces de hacerse con él; y por otra, hemos presenciado un poco estupefactos como una magistrada mostraba su desprecio hacia el acusado –en este caso, Otegi-, manifestando que tanto le daba si bebía agua o vino en el estrado, poco antes de manifestar un tanto suficientemente que ya suponía lo que el acusado iba a decir. Una maravilla, en fin.

Hace muchos años, cuando vivía en El Escorial, decía un juez al amparo de un café que él no necesitaba pruebas, sino que le bastaba con ver la cara del acusado; no hace muchos días, contaba una articulista en un notable medio de comunicación que cierto magistrado le había confesado que la misma ley valía para una cosa y su contraria; y las noticias no dejan de testimoniar que la cosa de la Justicia y la Legislación siguen manga por hombro, no hay más que ver que raro es el día que a uno le tiemblan los pulsos de ver cómo funciona la cosa.

Ninguna simpatía siento hacia ETA, pero creo que todo acusado tiene derecho a la defensa, sin que el juez presuponga nada más allá de lo que las pruebas gritan y sin que sea necesario que manifieste opiniones personales de simpatía o antipatía hacia quien su vida venidera depende del parecer –por increíble que parezca- de quien le juzga. El individuo merece respeto, al menos hasta que las pruebas delaten abrumadoramente y sin ningún lugar a dudas la culpabilidad del reo. Hasta ese momento –ésa es nuestra Ley mayor-, el acusado es presunto culpable pero debe ser tratado como potencial inocente. De no ser así, la cosa está más bien en dudas, y da la impresión de que en buena medida depende de lo bien o lo mal que le pueda caer al juez.

Jueces que, en aplicación de leyes absurdas como la de los cachetes, se van de parranda por los cerros de Úbeda y lían unas que para qué cuento. El espíritu de la Ley, después de todo, ha de ser regular la convivencia, y en ningún caso estos producir estos despropósitos que han derivado en restar autoridad a los padres o en denigrar y segregar a un genero bajo otro. Legislar en base a noñería o alarma social, es lo que tiene, que se hacen panes como hostias y, lejos de resolver problemas, los crean. Y ahí los tenemos.

De todo ciudadano medianamente formado es sabido que un juez puede condenar incluso por impresiones o pareceres –léase la siempre conveniente “convicción moral”-, sin precisar de las pruebas para nada; y de todos es sabido que un juez lo es nada más que porque ha aprobado una oposición, sin que en ésta haya tenido que pasar un examen psicológico que demuestre que está equilibrado y es ecuánime, o sin necesidad de demostrar rectitud, sólida moral y buenas costumbres. Y si a todo esto le añadimos que los juicios se realizan sin árbitros, sino que como mucho caben ante las sentencias apelaciones que serán revisadas por colegas, pues eso, que así nos va. Naturalmente, todo ello teniendo la certeza de que en ciertos casos, según sea su proceder, pueden ascender en la cosa de la carrera o quedarse varados en un juzgado de las afueras.

La legislación en España, especialmente desde un tiempo a esta parte, es de tal deriva que a la simbólica señora aquélla de los ojos vendados que porta en una mano la espada y en la otra una balanza, mejor le iría un gorro de papel y al menos una mano en el pecho. Ya había leyes que penaban el maltrato, todas ellas con sus atenuantes y sus agravantes, y para nada hacían falta despropósitos como los que producen estos efectos como el penar un aleccionador cachete o segregar culposamente a priori a un género sobre otro, como hay leyes que aseguran al acusado la imparcialidad de los jueces, entretanto su impunidad es total al tiempo que reciben el caricioso aplauso de periodistas y medios que anteponen su aversión al acusado y lo que representa a la imparcialidad de la Justicia. A todos ellos, convendría recordarles que cualquier día, con cualquier excusa de quien sea –incluso falsa-, puede verse ante un tribunal y seguro que no le gustaría que le trataran de una forma ni parecida. Aunque le dejen empinar en el codo en la sala y darse un lingotazo de Ribera de Duero. Tanto las garantías procesales deben ser impecables y cumplidas rigurosísimamente, o estamos perdidos… todos, como la legislación debe llevarse a cabo para solucionar problemas y no para crearlos.

No sé que hará el PP cuando arrebate el poder a esta manga de erráticos legisladores que nos asola, pero que tenga claro que si no empieza inmediatamente por derogar absurdos y por escobar la casa de punta a término, va a encontrarse con una legión de denostadores que no les dejaremos respirar. Lo digo, para que vayan preparando su programa electoral, porque no basta con quejarse: hay que actuar... y derogar. Al final, espero que no refuercen la creencia que tenemos muchos de que PP y PSOE son el Jakim y el Bohaz de la misma estrategia.

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