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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Defensa del veto en el Senado

Ruth Marcus
Ruth Marcus
jueves, 28 de enero de 2010, 09:17 h (CET)
WASHINGTON - Esto no va a consolar a los Demócratas de luto por la pérdida de su mayoría a prueba de veto, pero la existencia del veto legislativo es, en definitiva, algo bueno.

El veto es frustrante, literal y deliberadamente: frustra la voluntad de una mayoría simple en el Senado. Desde un punto de vista puramente circunstancial, esto es indignante si se está tratando de aprobar una legislación fundamental o de confirmar un candidato digno. Es maravilloso si se trata de bloquear algo - especialmente si no se tiene el cómodo respaldo de un veto presidencial.

La presente impaciencia Demócrata con el veto y los llamamientos a ajustarlo o abolirlo son igual de convenientes como los elogios Republicanos al dispositivo legislativo. La capital es un lugar donde la memoria es convenientemente mala.

Hace cinco años, los Republicanos andaban echando pestes del escandaloso ataque a la democracia y la voluntad de la mayoría que planteaba el uso por parte de los Demócratas del veto legislativo contra los candidatos judiciales de George W. Bush. Los Demócratas estaban escribiendo sonetos de amor a la práctica como baluarte necesario contra la extralimitación Republicana.

Que los papeles se inviertan ahora no responde a la pregunta de quién tiene la razón. El veto legislativo hace el proceso - relajaos, Demócratas - más justo. Aumenta la oportunidad de tener un debate real. En los casos de legislación importante para los que se concibió su uso, el veto legislativo tiende, en general, a crear un mejor producto final, más dado a tener una amplia aceptación entre el electorado.

Sin duda, en los últimos años se ha abusado del veto, forzando la medida en el Senado hasta en los asuntos más rutinarios. Sin embargo, tal abuso es prueba de un problema más profundo - la creciente polarización de la política - y no su causa.

En términos de justicia, el veto demarca la diferencia entre el Senado y la Cámara. En la Cámara, una mayoría dictatorial puede impedir que la oposición juegue un papel significativo - hasta en las modificaciones que ofrezca. La existencia de la maniobra obstruccionista en el Senado asegura que, al menos en una de las cámaras, la oposición tiene su oportunidad de tratar de cambiar el resultado final.

Como escribe el politólogo Gregory Koger, experto en veto legislativo, la capacidad de la oposición en el Senado de atacar el funcionamiento del proceso exige que "gobierno y oposición negocien el proceso de debate de las leyes más importantes para garantizar que los miembros de ambos partidos son capaces de deliberar plenamente. Sin el poder de veto de la oposición, es probable que el partido mayoritario en el Senado no fuera más generoso que su homólogo de la Cámara".

Un proceso justo es un fin en sí mismo; también contribuye, con carácter general, a un mejor resultado. No siempre, por supuesto. El veto puede usarse para fines odiosos - el más notorio, bloquear legislaciones contra los derechos civiles o el racismo. En general, sin embargo, es más probable que el producto capaz de lograr un consenso nacional sea el que puede contar con los votos de 60 senadores. No es casualidad que el proyecto de reforma de la sanidad del Senado sea mejor que su homólogo de la Cámara.

Si usted tiende a los márgenes políticos, no es probable que convenga con esta evaluación, pero puede consolarse con la certeza de que el veto todavía protege a su bando de los excesos más salvajes de una mayoría temporal. Imaginad, Demócratas, la que podrían haber montado los Republicanos del Congreso y el Presidente Bush - de no existir el veto - durante los más de cuatro años de gobierno de mayoría.

La crítica más mordaz vertida contra el veto es su uso excesivo. El Senado se ha convertido en un organismo que requiere de 60 votos para salir de la cama por la mañana. Este grado de estancamiento no se pretendía. "Desde su más temprana encarnación", observa el erudito en el Congreso Norman Ornstein, "el veto se reservaba para las cuestiones de gran importancia nacional, empleado por uno o más senadores lo bastante apasionados como para intentar atascar el organismo entero". Ya no. Las mociones de censura - el dispositivo utilizado para poner fin a un veto - eran antes muy raras. Ahora son cotidianas. El mayor repunte se ha producido desde que los Republicanos se convirtieron en el partido de la oposición en 2007, con un récord de 139 propuestas de resolución presentadas en el último Congreso. El actual Congreso va camino de disputar el récord.

Un Senado más polarizado, sin casi coincidencia ideológica entre las partes, ha acompañado, y muy probablemente producido, un proceso más díscolo. Cambiar el reglamento paliaría un síntoma - el retraso y su estancamiento - a costa de exacerbar la enfermedad subyacente: el partidismo excesivo y el extremismo ideológico.

Yo misma prefiero convivir con los obstruccionistas.

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