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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La fragilidad de la vida

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 27 de enero de 2010, 04:05 h (CET)
Las técnicas preventivas, la medicina del trabajo y el perfeccionamiento de las estadísticas nos han permitido conocer mejor que en cualquier época la causa primera de los accidentes, un mal que sigue siendo endémico y que se cobra, al cabo del año, millones de vidas humanas.

La muerte violenta tiene dos grandes fuentes. Una es la derivada de cataclismos naturales, con los que, de vez en cuando nos recuerda la naturaleza nuestra fragilidad e indefensión ante fenómenos inevitables. La otra fuente de muerte violenta es la que procede del componente tecnológico-agresivo de los hombres, o de sus presumibles negligencias en el uso y abuso de las nuevas técnicas y procedimientos.

Puede afirmarse que la vida humana ante las consecuencias del desarrollo industrial y tecnológico soporta con resignación, unos costes inaceptables. La dramática lista de muertes e incapacidades en los accidentes de circulación es una prueba de la enorme desproporción entre costes y desarrollo a que hacíamos referencia. Puede decirse que no hay mejora científica que no venga acompañada de una inseparable servidumbre en materia de riesgo. Hasta la propia medicina, donde, los instrumentos y procedimientos técnicos destinados a salvar vidas vienen del brazo de una creciente y peligrosa serie de especificaciones de riesgo. Las víctimas de la negligencia proceden, en su mayor parte, del descuido ante esas circunstancias.

La carrera del avance científico ha podido dejar muy atrás a las medidas de seguridad, prevención y tecnología protectora. Por otra parte sucede, que no todos los países atienden con igual interés a la necesidad de avanzar de forma equilibrada, es decir, de velar por un crecimiento acompañado de prevención. La competencia internacional hace que muchos países que desean acortar distancias lo hagan a base del sacrificio del capítulo de seguridad. La competitividad de un mercado mundial cada vez más implacable, está provocando que determinadas actividades como la pesca, la minería, la construcción, la metalurgia, etc., constituyan fuentes de alto riesgo profesional, como así lo demuestran el elevado número de muertes en accidentes de trabajo en ellas registradas.

Nos hallamos ante una lucha en la que está en juego el destino de la humanidad. Porque, o restablecemos el equilibrio entre progreso moral y material, entre progreso social y económico, entre tecnología y prevención, o seremos engullidos por la propia máquina creada por nuestro intelecto, para mejorar y prolongar la vida.

Por todo ello, creemos que ese lema de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la fragilidad de la vida y el rechazo a la violencia y a la negligencia, merece más que una simple reflexión. No en vano, dijo el poeta: “Porque sabemos que el alma / cuando se queda dormida / despertará en otro sueño / que no será el de esta vida”.

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