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Horizonte nuclear

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 27 de enero de 2010, 02:49 h (CET)
La guerra desatada entre ayuntamientos, y aun entre los ciudadanos que habitan los distintos pueblos de la geografía española que quieren optar a ser sede de los venideros cementerios nucleares, es tan cruentamente absurda que la lógica no es capaz de desmenuzar los terrones de los porqués. Los hay que son contrarios a que su pedanía se convierta en el destino de los desechos de las poderosas eléctricas, así por las consecuencias venideras como por misoneísmo o pánico atávico e irracional, y los hay que son partidarios de ellos, porque lo primero es llenar el estómago, dar trabajo a los que no lo tienen y, cómo no, llenar la bolsa del concejo, y hasta quien sabe si la propia. La cosa, desde luego, es como estar entre Escila y Caribdis.

Lo urgente, a veces, no deja lugar para lo necesario. Es urgente dar trabajo, como lo es que dispongamos de una energía que nos faculte para el sostenimiento y el progreso de una sociedad tecnológica, pero de lo que nadie habla entre tanto dimes y diretes es de que esos supuestos segurísimos cementerios de residuos nucleares, para que no se conviertan en algo extremadamente peligroso, han de mantener su nivel óptimo de seguridad durante un promedio de cinco a veinticinco mil años, cosa harto improbable. Hace cinco mil años el mítico Gilgamesh estaba construyendo las murallas de Uruk en la lejana Mesopotamia, el hombre no estaba sino en los albores del neolítico y aún no sabía hacer sino palotes. Ya ha llovido desde entonces, y ninguna de aquellas culturas, ni aun de las que las sucedieron, ha sobrevivido. ¿Acaso se cree que sí lo harán los servicios de mantenimiento de esos cementerios nucleares?... Y todo esto, ya digo, en el mejor de los horizontes posibles.

En el peor de los horizontes, estaríamos hablando de unos veinticinco mil años, probablemente más. De no inventarse alguna clase de panacea milagrosa, es más que posible que esas zonas del planeta donde se asientan los cementerios nucleares sean sencillamente inhabitables. La energía nuclear, en nuestro grado de desarrollo, sencillamente es más pan para hoy (especialmente para las codiciosas eléctricas) que una solución a ningún problema de futuro. Es más, dudo que en los próximos años o lustros no tengamos que dedicarnos a la pesca de los residuos nucleares que tan irracionalmente se desperdigaron durante décadas por los fondos marinos de medio mundo, porque los océanos se han convertido en radioactivos, privándonos de una de las principales fuentes de sostenimiento alimentario del planeta. Durante decenios los descerebrados políticos consintieron por ventaja económica que fueran arrojadas toneladas de basura radioactiva al fondo del mar, y hoy los niveles de radiación en algunos puntos concretos son peligrosos para cualquiera que pase por los alrededores, porque la erosión marina fue arracimando los contendores al tiempo que destruía las cubiertas de seguridad, preparando tal cacao en algunas simas que cualquier día de estos sucederá lo previsible pero intencionadamente imprevisto por aquellas autoridades

Tal vez, en un próximo futuro se opte por lanzar los residuos al espacio o algún desquicio por de parecido jaez, pero, hoy por hoy, el problema de la energía nuclear es comparable al de los insectos que inventaron el insecticida, y nosotros somos esos insectos. La Ciencia, empujada por la angurria de las poderosas eléctricas y sus políticos, ha jugado no con el porvenir de unos pocos, sino con el de todas las especies que caminan sobre cuatro patas o menos. Y no son sólo los mares, sino que también se han convertido en cementerios nucleares muchas zonas más o menos habitadas del planeta, incluidos casi todos los países pobres, muy pobres o muy corruptos, como lo son la mayor parte de África o Latinoamérica.

A veces, cuando entramos en estas disquisiciones en que se ponen en la balanza de la conveniencia la supervivencia perentoria de los necesitados y el porvenir del planeta y de la especie (ocultando los intereses espurios de quienes acumular millonadas a costa de sus semejantes -nosotros-), me da la impresión de que Kafka ostenta la presidencia del Gobierno Mundial. Sin duda nos estamos volviendo locos, y, por progresar en nuestra locura, estamos dispuestos a dirigirnos a cualquier abismo, incluido todo tipo de nuevas locuras que retroalimenten el disparate. El Titánic se hundió no porque estuviera mal diseñado, sino porque los materiales con que fue construido estaban muy detrás de los avances teóricos de la ingeniería: exactamente lo mismo que sucede con la energía nuclear. En aquel caso, lo que estaba etremadamente avanzado era la soberbia técnica, como lo está en el caso de las nucleares, pues que garantizan los técnicos que podrán mantener en perfectas condiciones de seguridad esos cementerios nucleares los próximos veinticinco mil años, lo que ya es tener fe o ganas de engañar a los prójimos.

El horizonte de los cementerios nucleares es el mismo que el del Titánic, y no se encuentra entre el cielo y el mar, sino en el fondo del océano, y allí llevará a quienes saquen pasaje para viajar en ese despropósito. Tal vez cuarenta años no sean nada, pero seguro que cinco mil sí lo son, y veinticinco mil, no digamos. Que no lo olviden quienes voten sí a un cementerio nuclear, ni lo olvidemos quienes encendamos la luz o conectemos el ordenador gracias a las centrales nucleares.

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