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Una felicitación para un militar con arrestos

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 27 de enero de 2010, 02:46 h (CET)
Siempre he creído que la mejor manera de conseguir rebatir una determinada teoría, una posición defendida contra viento y marea o algo descabellado que, sin embargo, es sustentado por un determinado colectivo para fundamentar en ello una reivindicación, una queja o una aspiración; sería dejar que, aquellos que la sostienen demuestren en la práctica que sus argumentaciones son válidas y que los efectos beneficiosos para la sociedad de sus puntos de vista se materializan en hechos concretos, tangibles y comprobables. Por ello, mientras los esfuerzos feministas se estrellaban contra una muralla de oposición a que cuajaran sus prédicas, sus denuncias y sus reivindicaciones, no hay duda de que el feminismo fue adquiriendo fuerza, su implantación en el sector de la mujer fue progresiva y las simpatías de gran parte de la población, incluso entre los hombres, fueron en aumento. Era cierto que determinadas exclusiones del sexo femenino en cuanto a acceder a los mismos estudios de los hombres; en cuanto una equiparación de jornales en igualdad de trabajos y condiciones; en cuanto a su mayoría de edad y a prescindir de la tutela especial que la Ley Civil otorgaba a los padres y tutores aún cuando hubieran alcanzado la mayoría de edad; hacía tiempo que habían dejado de tener sentido y que era preciso cambiar el ordenamiento jurídico para que estas injusticias dejaran de darse.

Las cosas han cambiado. Ya las mujeres han conseguido librarse de los tabúes que las mantenían en un segundo lugar dentro de la sociedad y las leyes no sólo han cambiado aquellas situaciones de discriminación, sino que, tal como suele ocurrir en España, no se han quedado en el “justo término medio” sino que lo han sobrepasado en su efecto péndulo para alcanzar el extremo contrario, donde la balanza se ha quedado encallada contradiciendo las leyes de la física y la gravedad marcadas por el más elemental sentido común. Y es por eso que, cuando he podido leer en el diario YA una vibrante misiva de un militar retirado, de alta graduación, he tenido la satisfacción de comprobar que todavía quedan en España personas de honor, respetuosos con la lógica, fervientes defensores de las tradiciones seculares y de las virtudes castrenses, según mamaron en sus respectivas academias militares, en las que fueron formados en el amor a la Patria, cumplimiento de los deberes militares y respeto y veneración por la insignia bicolor, nuestra bandera nacional. Puedo afirmar, sin que tema que nadie me desmienta, que, desde el día en que el señor Zapatero nombró ministra de Defensa a la señora Carmen Chacón, supe que allí había gato encerrado. No se podía considerar una cosa normal que, habiendo tantos militares de alta graduación; que existiendo tantos expertos en materia de defensa y que, contando con tantos hombres mucho más idóneos, capacitados, buenos militares y, sobre todo, con un probado amor por la patria y la milicia; se hubiera escogido a una mujer, ignorante por completo en temas del ejército; antimilitarista convencida (llevaba camisetas de “no a la guerra de Irak”) de conocidas ideas separatistas y de antecedentes “progres”, para ocupar el puesto de más alto rango en cuanto a la dirección, organización, subvención y mando en las cuestiones castrenses de España.

Pero, si nos molestamos en analizar lo que ha venido haciendo la señora Chacón desde que ocupa su puesto en el Ejército, no nos será tan difícil encontrar los motivos que tuvo Zapatero para nombrarla. Lo primero su condición de mujer, con lo que sometió a los altos mandos a la humillación de haber sido postergados por una fémina, algo inédito en la milicia; pero no se conformó con ello, porque, en seguida, se ha podido comprobar que su misión se centraba en transformar la estructura de mando tradicional por otra que pudiéramos llamar más flexible, menos rígida, más parecida a la que tenía el ejército rojo en la Guerra Civil cuando, en las unidades ácratas y socialistas, existían comités de soldados capaces de enmendarles la plana a sus oficiales, si las decisiones de éstos no cuadraban con su manera de pensar, ¡claro que, así, no resulta raro entender la paliza que los propinó el llamado Ejército Nacional, a los órdenes del general Franco!

El antiguo Comandante Militar de Zaragoza se queja, y con toda la razón, de la familiaridad de la ministra al tratar de “compañeros” a los militares bajo su mando. No acepta que una persona que no ha hecho el juramento a la Bandera, que no la ha besado, se incluya, motu propio, y sin haber sido invitada a ello, en el mismo nivel del resto de militares, soldados o mandos, que sí juraron fidelidad a la bandera y a España. Pero aún teniendo todo el derecho del mundo a recriminar a la señora ministra su falta de delicadeza y el haberse tomado unas libertades propias de una persona a la que le viene ancho el puesto que ostenta; me gustaría aclararle, a este valiente militar, un punto interesante que, sin duda, le permitirá entender la raíz de esta “patinada” de la señora Chacón. Se trata de remontarnos a la Guerra Civil y, aún antes, y centrarnos en los sindicatos ácratas de la CNT y la FAI, que como es conocido de todos los que se hayan interesado por aquellos tiempos siniestros, no tenían el menor empacho de ir asesinando a aquellos que no pensaban como ellos, que tenían una fortuna de la que apropiarse, de los curas y católicos o, simplemente, de los que les caían mal. Pues bien, aquellos descamisados, aquellos matones de vía estrecha, aquellos delincuentes organizados solían llamarse entre ellos “compañero”. Si, así como entre los comunistas se trataban de “camaradas, “camarada Josef Stalin” por ejemplo, entre los anarquistas usaban el término “compañero”, “compañero Durruti”, “compañero García Oliver”, “compañero Ascaso” etc.

Es muy probable que la señora ministra, doña Carmen Chacón, conserve, a través de sus antecedentes sindicalistas o familiares, este lenguaje llano, igualitario, compinchesco y ramplón, con el que, así como sustituían el saludo a sus oficiales haciéndolo llevándose el puño cerrado a la gorra, en lugar de hacerlo con la mano extendida con la palma hacia abajo; evitaban las palabras amigo, usted, o señor por considerarlas meras expresiones “reaccionarias”, se mostraban como verdaderos anarquistas de “pro”, orgullosos de sus actos y, en especial, de no aceptar ni estado, ni leyes, ni orden ni nada que se pareciera a una nación civilizada. Pero, de lo que no debe dudar el articulista es que, la misión de la señora Chacón es, ha sido y será, despojar al Ejército de cualquier patina que pudiera quedar en él que pudiera representar un peligro para su propósito de desmembrar España, rompiendo su unidad, convirtiéndola en un Estado federal, bajo el mando de socialistas o comunistas, a imagen y semejanza de los regímenes tiránicos, absolutistas y totalitarios de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua o Cuba.

Se empieza ninguneando a la milicia; humillándola ( como en el caso del Alakrana); poniéndola en mano de los mandos que les son afines; disminuyendo el presupuesto para renovar el material obsoleto; reduciendo sus efectivos; reclutando a inmigrantes que sólo buscan un puesto de trabajo que les permita subsistir; “democratizándolo” permitiendo actividades de tipo asociacionista dentro de los cuarteles y apartando de los puestos claves a los buenos profesionales, a los militares que consideran “peligrosos” para sus intereses por ser respetuosos con la Constitución, por su amor a España y por su sentido del deber. Con estas gentes, mi general, estamos obligados a apechugar.

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