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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

¿Juventud eterna?

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 27 de enero de 2010, 02:41 h (CET)
Desde tiempos inmemoriales ha existido el deseo de encontrar la fuente de la que brota el agua de la eterna juventud. En la Isla de Pascua, situada en el sudeste del Océano Pacífico se encuentra una sustancia que se considera el último hallazgo que hace el hombre en su obsesión de encontrar el elixir de la juventud perenne. La extraordinaria sustancia se la denomina ‘Repamicina’. Parece ser que puede alargar la esperanza de vida de los ratones de laboratorio. A pesar de la mucha publicidad que se hace del hallazgo, no se dan evidencias de que hará lo mismo con los hombres.

Los investigadores desean descubrir las causas del envejecimiento y esperan que un día serán capaces de moderar o parar el proceso de envejecimiento. Ante los avances que se dan en este campo crece el optimismo que el trabajo que hacen los investigadores en el campo de la senectud, más que ciencia ficción es ciencia pura.

La decrepitud es inevitable. Nos aproximamos a un promedio de 80 años, cifra a la que se ha llegado gracias a una mejor nutrición, condiciones de vida y sanidad. Este incremento de longevidad ha ido acompañado de una mejor calidad de vida. Para hacer más progresos en la esperanza de vida se debe hacer algo más que evitar riesgos como enfermedades y accidentes. Se tendría que poner a ralentí el tic-tac de nuestros relojes biológicos. Si se consiguiese, para nosotros sería demasiado tarde, cosa de la que deberíamos alegrarnos porque, ¿qué sacaríamos con alargar nuestras vidas en las actuales condiciones?

Hace unos 2600 años el salmista escribió estas palabra que son de actualidad: “Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira, acabamos nuestros años como un pensamiento. Los días de nuestra edad son setenta años, y en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan y volamos…Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Salmo 90:9-12). Este texto nos enseña a contar de manera distinta. Quienes utilizan productos antienvejecimiento, que por cierto es un gran negocio porque se han multiplicado como por arte de magia hasta encontrarlos en los supermercados, quieren alargar los días aquí en la tierra, pretendiendo eludir a la muerte, que no deja de ser un suceso inevitable. Debe ser una tortura constante querer evitar la decrepitud que lleva a la muerte y darse cuenta del fracaso porque el tic-tac del reloj biológico, sigue pausadamente pero sin detenerse su avance que lleva inevitablemente al desenlace tan temido: la muerte. El salmista, en cambio, acepta que sus días declinen y que “acabamos nuestros años como un pensamiento…porque pronto pasan y volamos”. Admite que se acerca su fin y que la muerte le espera agazapada en la esquina. Le pide a Dios: “enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría”. Acepta sin refunfuñar que la vida terrestre es como el humo que sale por la chimenea, que en un instante se pierde en la lejanía. Acepta la realidad tal como es sin resentimiento, lo cual le mueve a pensar seriamente en Dios y en su promesa de vida eterna por la fe en Jesús. Aceptar la realidad tal como es le lleva “al corazón sabiduría” que le da a entender que su existencia no se acaba en el cementerios o en el crematorio . Su cuerpo permanecerá eso sí, una temporada en la tumba siendo pasto de los gusanos o convertido en cenizas que fertilizarán el lugar en el que se han esparcido, esperando el día de la resurrección cuando la tumba se abrirá y de ella saldrá un cuerpo majestuoso que contemplará la gloria eterna de Dios indefinidamente.

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