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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Del factor humano, Mandela y la transición española

Mario López
Mario López
martes, 26 de enero de 2010, 07:52 h (CET)
Acabo de terminar la lectura de “El factor humano”, obra del periodista John Carlin que ha dado lugar a la nueva película de Clint Eastwood, “Invictus”; supongo que se ha desechado el título del libro por no repetir el de la película de Otto Preminger estrenada en 1980. Y también, sin duda, para reforzar el mito Mandela, su sobrehumana capacidad para hacer frente a los numerosos y durísimos retos que tuvo que superar, con generosidad y buen humor, para llevar finalmente a su país a la normalidad democrática.

Ya por aquella época muchos compararon la transición sudafricana con la que se consumó en España una década antes. Apenas he tenido un momento durante la lectura del libro de Carlin en el que no me haya venido a la mente el famoso espíritu de reconciliación que durante un lustro rigió en la política española (1977-1981) y que fue impulsado desde los Pactos de la Moncloa. El propio Mandela reconoce la inspiración que le supusieron los JJOO de Barcelona (celebrados diez años después del amargo batacazo protagonizado por “la roja” en el mundial del Naranjito); A Mandela le fascinó la enorme complicidad que se produjo entre el rey Juan Carlos y los atletas españoles y que llegó a extenderse a la práctica totalidad de la población. Nelson Mandela se convierte en el presidente de Sudáfrica en 1994 y un año después, en 1995, la Springboks conquistó la Copa del Mundo de Rugby en el estadio de Ellis Park; el templo sagrado de los afrikaners. A partir de ahí los odios interraciales se desvanecieron, al igual que la amenaza de una guerra civil. Todos sucumbieron a los encantos de Nelson Mandela y, bajo su liderazgo, se aprestaron a fundar una nueva nación. A Mandela se le considera el George Washington sudafricano. Al rey Juan Carlos, no. La transición española ha sido, sin duda, un modelo en el que se han inspirado otros países a la hora de afrontar la construcción de un estado democrático, pero le ha faltado un Mandela (o muchos). Don Juan Carlos, principal icono de la transición española, es de sangre azul, creció bajo la tutela del dictador Franco, delante del cual juró los tremendos Principios Fundamentales del Movimiento Nacional, y encarna la restauración de una monarquía que nos llevó a los españoles a las situaciones más trágicas de nuestra Historia (Guerra de Sucesión, Guerra de la Independencia, Guerras Carlistas, Guerras Coloniales, Guerras Africanas y la última Guerra Civil). Para que la transición española hubiera tenido la misma popularidad y el calado épico que la sudafricana, en lugar del monarca, la tendrían que haber encarnado líderes obreros como Marcelino Camacho o Simón Sánchez Montero; dos hombres que pueden rivalizar con Nelson Mandela en horas de lucha democrática y cautiverio. El caso es que, en una de esas extrañas piruetas que da la vida, este año se celebra el Campeonato Mundial de Fútbol. Precisamente, en Sudáfrica. Y España cuenta, esta vez sí, entre las favoritas. Para ganar el Mundial de Rugby, los jugadores sudafricanos reconocieron como estímulo de primer orden el himno nacional que estrenaron para aquella ocasión y que no fue otro que la canción bantú “Nkosi Sikelele”. Quizá, si nos ponemos todos de acuerdo (los parados y los trabajadores en activo, los empleados y los empleadores, los centralistas y los periféricos, los rojos y los azules, los laicos y los creyentes) en torno a nuestra selección de fútbol y entonamos un himno emocionante, no vamos a salir de la crisis ni haremos de nuestro país un país más justo, pero igual ganamos el Mundial y mira tú, una cosa lleva a la otra y vete tú a saber… (Lo cierto es que cuando “la roja” ganó la Copa de Europa este país, por un momento, pareció otro). Volviendo a lo del himno, los sudafricanos optaron por unir los dos antagónicos: el reaccionario “Die Stem” y la canción bantú “Nkosi Sikeleli Afrika”. Algo así como si en España juntamos el “Cara al sol” con el “Himno de Riego”. Pourquoi pas? Cosas más raras se han visto y aún seguimos amaneciendo con la legaña pegada al ojo. Y, como dice John Carlin en su muy recomendable libro: “Después de aquel partido no había un solo ojo seco”. Vamos que las lágrimas de la emoción lavaron la costra de rencor que les corroía.

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