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Nuestra historia de supervivencia

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 26 de enero de 2010, 07:46 h (CET)
Nuestra historia es una historia de resistencia. Conviene recordarlo, tenerlo presente en nuestro diario de vida, y reflexionar sobre la acción y el efecto de sobrevivir. Nos lo evoca este año el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto (27 de enero). Ahí está el legado de la supervivencia, avivado por Naciones Unidas. Innumerables personas, de todas las patrias y épocas, sufren diariamente un verdadero calvario. Algunas sobreviven al dolor y a las penurias más horrendas. Otras no tienen esa suerte. En cualquier caso, estas espantosas imágenes deben concienciarnos para ser más respetuosos con los seres humanos y en defender su dignidad. Como muestra de una de tantas barbaries, el legado de Auschwitz-Birkenau, el campo de concentración y exterminio que se hizo famoso en todo el orbe como el símbolo de la maldad humana, y que hoy tiene que ser una lección imborrable. Hemos de seguir, pues, profundizando en las causas que motivan las atrocidades humanas a lo largo de su historia, porque después del camino recorrido, de tantos avances logrados, el orden y la consideración no van con nosotros.

Hay que asentar los humanos derechos. Hacerlos valer como intocables derechos humanos en toda persona. El planeta es un volcán de violencias y de persistentes violaciones. Está visto que no es suficiente con el mero recuerdo anual, tenemos que educar activando otros cultivos y otras culturas más responsables. De la responsabilidad hacia toda persona es como nace una sociedad más humana. Debemos injertar el respeto por la diversidad antes de que la intolerancia eche raíces. Cuestión peligrosa que se enraíce el fanatismo. Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, puesto que cada persona es un mundo, cooperemos a que el planeta sea un hábitat apto para todos. Pongamos en valor los derechos humanos. Son vitales. No los demos jamás por sentados. Como todo en esta vida, precisa protección, defensa y garantía. Para que sean una realidad viva, aparte de que toda la ciudadanía los conozca, es necesario ponerlos en movimiento, sentirlos como propios y útiles para la convivencia.

Deseo recordar nuestra perenne historia de supervivencia, pero quiero hacerlo con un propósito, con una llamada a las conciencias, la de alejarnos del mal. Ya está bien de seguir conviviendo con la desolación. Precisamente, la ONU fue fundada como reacción ante los horrores de la segunda guerra mundial. Sin duda, para regenerarse socialmente es fundamental mejorar a las personas, los hogares, reconocerles por lo que son y representan, reforzar los vínculos que nos unen en lugar de los que nos separan, para que pueda crecer la comprensión, la humildad y la acogida. No es posible dar marcha atrás. El aluvión de tragedias ha sido una cosecha abundante. Pero si es posible recapacitar, y que la humanidad recuerde la inutilidad de las guerras, el horror del Holocausto, las mezquinas hazañas de personas intransigentes, sectarias y tercas. Acordarse de nuestra historia de supervivencia, lleva aparejada la absoluta repulsa a hechos salvajes que nos precedieron. Rememorar es, igualmente, una credencial para el futuro. La profunda perversidad a que se llegó en tantos campos de batalla, tuvieron su inicio en la ideología del odio y la venganza. Recapitular esos orígenes seguro que nos sirven de advertencia y nos ponen en guardia ante nuevas señales cargadas de rencor.

Por si teníamos pocas contiendas, ahora también tenemos la guerra de los “ciberespías”, buceando por las altas esferas de la seguridad mundial. La tierra es cada día más insegura, pero el ser humano sigue buscando la paz. Abrigamos la necesidad de quietud, de sentir lo armónico como forma de vida. A veces se buscan desesperadamente alianzas que luego sólo quedan impresas en el papel. Sería bueno reflexionar sobre ello. Para poder alcanzar el sosiego, quizás sea imprescindible antes que todas las personas, vivan donde vivan, puedan experimentar el calor de un afecto próximo y firme, no la ingratitud o la explotación. Y aunque las naciones pueden prestar cierto auxilio, jamás como el de la familia. El mundo tiene que acabar siendo un clan, porque la estirpe humana necesita sentirse grupo antes que sociedad y mucho antes que progreso. Más allá de los países y de sus instituciones, queda la parte de compromiso que recae sobre cada uno de nosotros. Todos al final somos parte del conflicto.

Dicho lo anterior, si estimo que es un gran avance que los derechos humanos, la democracia y el Estado de Derecho sean valores básicos de la Unión Europea, consagrados en su Tratado fundacional y reforzados con la adopción de la Carta de Derechos Fundamentales. La creación de un marco de igualdad y dignidad para todos es la mejor manera de asegurar la convivencia pacífica entre las personas y su hábitat. Todas las transgresiones deben servirnos para meditar. Sólo así se pueden prevenir que se repitan los errores y los terribles abusos del pasado. Por desgracia, nuestro mundo sigue plagado por las injusticias, sin respetar en ocasiones las normas que Naciones Unidas pone en marcha para frenar y combatir la impunidad ante hechos tan horrendos como abrir fuego por doquier espacio. Su ley debiera ser ley de leyes en cualquier país. Es la única manera de hacer frente a la intolerancia y el fanatismo. Y, asimismo, una buena manera de honrar a las víctimas del Holocausto y de los genocidios del siglo actual, que aún se siguen produciendo y reproduciendo con los mismos vientos de repugnancia de otros tiempos.

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