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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Malentendidos crueles

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
sábado, 23 de enero de 2010, 23:45 h (CET)
Allá por donde miremos, los EQUÍVOCOS y malentendidos nos achuchan; los hay de todas las tendencias e intensidades, chocantes, nefastos, intrascendentes, humorísticos y de alucinaciones políticas. Quizá se requirieran nuevos adjetivos para las tituladas como guerras y alianzas de civilizaciones; cedemos el protagonismo al ente impersonal y de esa manera ya podemos continuar con las estupideces habituales. ¿Les suena ese talante?

Los textos de Albert Camus siempre resultan propicios para nuevas lecturas, las ideas que remueve mantienen su interés, calan en los lectores, porque acierta en el tratao de los avatares humanos; desnuda con precisión las pulsiones de los ciudadanos, la trama genuina de las conductas. Como él escribió, “El bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás”; pues por desgracia, el entendimiento equívoco de las realidades y de las expresiones, son de una presencia apabullante, otra peste contra la que nos toca luchar. De su obra EL MALENTENDIDO entresaco algunas de esas malas interpretaciones de la vida, cruciales y crueles en los ámbitos de hoy y de siempre, porque son actitudes muy apegadas a las características de los hombres y mujeres, se repiten con apenas varicaciones.

Intuiciones desgarradas. (María, en la obra citada). De inicio, el amor y las mejores intenciones hacen acto de presencia; bajo su sensibilidad exacerbada, bulle una inquietud cuidadosa y luego temerosa. Cuántas veces notamos percepciones de ese cariz ante aconteceres con los familiares, hijos y padres; con la gente próxima a través de circunstancias diferentes, pensionistas, trabajadores, parados o inmigrantes. Con ser fuerte esa INTUICIÓN afectuosa, el meollo de su defecto radica precisamente en quedarse sólo en eso. Eso supone el equívoco nuclear. ¿Por qué? Se concentran las actitudes en ese sentimiento predominante, se fijan ahí las ideas; por consiguiente quedan relegadas a segundo plano, la investigación detallada, la toma de medidas convenientes, la minuciosa eleboración de los proyectos. Las intuiciones y los cariños no pueden ensimismarse; para ser cosa buena han de producir sus efectos o se convertirán en bagatelas de poca utilidad.

Frialdad despechada. (Marta). Es frecuentísima la actuación con tal estado de ánimo, en sus diversos grados, se palpa en al ambiente. Entraña toda una mezcla de malicias, prescinde de otros sentimientos atenuantes, con una fijación neurótica sobre las supuestas injusticias recibidas previamente, prescindiendo de las pensamientos ajenos. Se polarizan en unos actos radicalizados al servicio de sus maquinaciones. Por terribles que fueran sus penurias anteriores, no justifican las nuevas maldades ocasionadas. La CONFUSIÓN parte de una altivez simplista, intolerante, aislacionista; seguida de una carencia grave, se vuelven incapaces de un razonamiento equilibrado. En el fondo traduce una cortedad de miras, de pésimas consecuencias, para el propio despechado y para quienes se relacionen con él. Se construye un camino sin retorno, embrollado progresivamente por la suma de desatinos.

Corazón cansado. (La madre). Se trata de un decaimiento vital, de una cansera; no tanto de una enfermedad del corazón. Si en unas ocasiones estamos muy activos, en otras nos falta el fuelle; el hastío se vuelve superlativo, cuesta sobreponerse al curso de los acontecimientos. La falta de ánimo y fuerza propicia el malentendio en forma de EXCUSA, que todo lo justifica. Con su mentalidad aplanada se pliegan a los impulsos foráneos; entre los cuales no faltan los perversos, corruptos y asesinos. Precisamente, en “Los árboles mueren de pie”, el genial Alejandro Casona nos presenta a una abuela en pleno abandono familiar, que sabe mantener enhiestos sus principios. La conducta no debiera regirse exclusivamente por la euforia o la indolencia, por la fuerza o el cansancio; disponemos de argumentos mejores. ¿Ni nos preocupamos de ellos? También es verdad, pero es un equívoco maligno.

Ocurrencia fatal. (Jan). Las buenas intenciones no consiguen un control exhaustivo de los resultados. Basarse en ellas no nos libera de las consecuencias desagradables y trágicas. Es verdad que los silencios y las incomunicaciones facilitan los ocultamientos, los juegos tendenciosos y los caprichos. Ahora bien, la FRIVOLIDAD no elimina su nivel de trascendencia, sus consecuencias. El imprevisto surge desde cualquier actuación; con cada persona adquiere matices contradictorios. ¡Qué fallo interpretativo!, si a lo superficial lo pensamos como irrelevante de cara a sus consecuencias. Lo frecuente de esta forma de pensamiento y, lo que es peor, de acción; explica gran parte de los dislates a los que nos vemos sometidos. Uno ve las cosas con un aspecto, ¿Cómo las valoran los demás? Las derivaciones decididas a la ligera son demasiado arriesgadas. En ciertos asuntos no conviene la acción con escasa reflexión.

Servilismo ciego. (El viejo criado). Cabe preguntarse si la impotencia por la pobreza de recursos obliga al seguidismo sin barreras. ¿Porqué uno colabora hasta en las aberraciones más abyectas? La bondadosa disposición para cualquier necesidad, nos refleja un buenísmo simplón, que pretende lo imposible; con su silenciosa participación quizá entienda que no se nota su colaboracionismo. Cuando uno conoce los engaños, mentiras, ocultamientos, violencias; no puede tapar esa implicación con gestos inocentes. Mantiene su cuota de RESPONSABILIDAD, pese a que pueda pasar desapercibido, o mantenga actitudes de apoyo en otros momentos, en actividades distintas. No vendrá mal un clarinazo despertador, sobre todo para que percibiéramos esas parcelas hipócritas que tantas veces se nos han ido de las manos en numerosos eventos históricos y en las más actuales relaciones sociales. Es otra manera de engañarnos.

Realidad y ficción. (La obra en sí). Empecemos por la maestría de unas obras de teatro mágicas, de las que agrandan el arte literario. Se mezclan los aires con tal finura, que siendo una ficción, hacen vibrar los resortes de la realidad; con un ímpetu y una precisión, dispuestas para la provocación reflexiva. No se sirve Camus de ideologías cegadoras, no plantea explicaciones cerradas ni dogmatismos. Al contrario, traza posibles vías para escapar con bien de las miserias. Dado que estamos siempre ante una labor inacabada, precisamos de la imaginación y la ficción para la ideación de unos proyectos menos deprimentes de los que se llevan. El BUEN JUICIO, necesario para la superación de las interpretaciones fallidas, exige un esfuerzo tenaz, una preparación concienzuda, no cae sobre nosotros como un simple copo de nieve. La realidad y la ficción se complementan.

Los malentendidos se regeneran con una gran facilidad. “El bacilo de la peste …” Disfrutan de dos magníficos y generosos colaboradores, el disimulo a todo trance y la gran variedad de disfraces para su presentación en el mundo. Tarea nuestra será tomarlos en cuenta o no, sin una solución a la vista. ¿Afrontaremos con acierto sus provocaciones y distorsiones?

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