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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Carmele y Chikilicuatre, ¿frikis o gilimemos?

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
sábado, 23 de enero de 2010, 09:41 h (CET)
No sé si habrá más de diez españoles a los que les importe el festival de Eurovisión, no sé si pasarán de mil los que vean en directo tan histórico evento. Lo que sí sé es que hay casi cuarenta millones de ciudadanos avergonzados.

Ya lo del chiquilicuatre aquel fue una puñalada trapera en la honrilla nacional ante toda Europa. Y hablo sólo de honrilla y no de honor porque se trataba del vergonzante, caduco y patético festival de música que todos conocemos. Ah, y también porque la ofensa hecha ante tan asilvestrado público como el que se congrega, pongamos que en Liverpool o Frankfurt, ante el televisor con una cerveza en una mano y un perrito caliente en la otra no permite que la ofensa pase a mayores.

Pues lo del chiquilicuatre aquel (escrito correctamente porque no lo uso como nombre propio de un ridículo esperpento sino como sustantivo común) habría sido una vergüenza nacional si el espectáculo y la audiencia hubieran sido otros. Era lo que era y el resto de Europa tampoco podía presumir ni levantar mucho la cabeza, así que la vergüenza y el oprobio fueron para consumo interno y allende los Pirineos nadie se enteró de lo gilipollas que podemos llegar a ser los españoles cuando nos empeñamos en ello.

Y este año la caspa hispánica pensaba repetir la experiencia con una machorra bizca, de encéfalo plano y encima independentista catalana. Que se puede ser independentista (nunca he entendido que dividir sea mejor que sumar, pero allá cada uno, repito) pero el colmo de la soplamemez mediterránea es ser independentista y llamarse Karmele Marchante, que hay personas cuyo currículo es un antecedente. Penal, debería ser en este caso.

Bueno, pues a la tal Karmele, soplagaitas de lo rosa, musa de baba del independentismo barato, se la han cargado del concurso de selección, hala, fuera, a escardar cebollinos, lo que me produciría cierto placer próximo a lo erótico si no tuviese la certeza de que, tal como somos, la tal Karmelilla (o los que detrás de ellas están) reclamará, en su momento regurgitará alguna soplaidiotez contra España y puede que los complejos patriótico-democráticos de quien tenga que juzgar obliguen a readmitir a semejante antítesis de la dignidad humana.

Vale que cualquiera pude representar a España, vale que cuanto más cutre, rastrero, zafio y sanchopancesco sea el personaje más votos arrastrará de las televisivas masas amorfas, ésas que ven la tele con los pies en la mesa, rulos en la cabeza y boatiné sobre las piernas mientras se meriendan un bocadillo de caballa, vale que somos un país de catetos al que se le cae la baba viendo a Belén Esteban defecando esas perlas orales a que nos tiene acostumbrados, pero que Televisión Española se empeñe con tanta reiteración y frecuencia en hacer el ridículo ante varios millones de europeos es para enviarnos a todos al diván del siquiatra.

No es que la integridad moral española esté en entredicho con la actuación de esta ¿señora? pero mire usted, con lo necesaria que sería su actuación para levantar la moral del alicaído pingüino emperador allá en la Antártida para qué vamos a ser tan avariciosos de disfrutar de su “arte” nosotros solos. El pingüino emperador es la única especie que no emigra y seguramente se sentirá muy solo durante la noche antártica. Seguro que Karmele es ecologista, además de independentista y cuentista, que vaya allá y se solidarice. Eternamente, si es posible.

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