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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La autoridad tiene que merecerse

Antonio Pérez Gallego
Redacción
viernes, 22 de enero de 2010, 14:29 h (CET)
No es necesario ser un agudo observador para darse cuenta de las veces que los niños, desde una edad muy temprana, preguntan insistentemente sobre aquello que no entienden o que suscita su curiosidad, y la cantidad de ocasiones en que los mayores eluden una respuesta a la altura de su comprensión zanjando el asunto con una evasiva, respondiendo con vocablos que ignoran o dejando para más tarde (o para nunca) los temas “más delicados”. Los niños, por ser niños no son estúpidos, y dependiendo de cómo seamos capaces de cubrir sus expectativas volverán a preguntar o terminarán por callar y hasta averiguar por su cuenta lo que quieren, a veces de los demás niños más avezados y de un modo que probablemente no sea la mejor respuesta o, como mínimo, adolezca del planteamiento sereno y formativo que a sus tutores cabe suponer.

Educar no es fácil – como no lo es informar o transmitir una idea de modo imparcial, sin sesgos – y la responsabilidad que se asume es mayor cuando se trata de una mente que se está moldeando. Sabemos de la repercusión que tendrá en el futuro lo que se aprende en los primeros años, máxime si la sabiduría proviene de aquellos a quienes se quiere y admira. Es por ello que imperativos como “porque sí” o “porque lo digo yo” no ayudan, precisamente, al desarrollo del menor ni a fomentar el interés por la cultura o el estudio (a eso unimos el hecho de apaciguar sus travesuras domesticándoles con una televisión que no se apaga en todo el día hablando de los devaneos de la Belén de Ubrique)

Aún son multitud los que piensan que la autoridad se ejerce a golpe de corneta y cuando llega el momento en el que “el niño” debe aplicarse para no ser un gofo y un desgraciado en la vida se le dice “tienes que estudiar”, le encerramos en el cuarto – mientras nosotros, en la sala contigua hemos terminado con la Belén y ya vamos por los amoríos de la Pantoja – y no le dejamos salir hasta que se sepa la lección (lo comprobaremos cuando salgan las notas, ellos deben empollar, nosotros ya hemos tenido bastante con el duro día y nos merecemos un kit-kat)

Y van creciendo… y se hacen adolescentes…y ahora constituyen un auténtico problema porque ya no callan sino que contestan y sus ídolos son futbolistas, y tienen sus primeras relaciones sexuales a hurtadillas, y no muestran interés por aprender. Y el profesor no “puede con ellos”.

Pero, no se preocupen, ya tenemos la solución. Y…la solución es: ¡dar mayor autoridad al profesor!

Sí, lo sé, el problema es de mayor envergadura, suficiente para un análisis mucho más profundo. Sólo espero haber dado una pequeña pincelada.

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