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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Sentimentalismo y realidad

Pepita Taboada (Málaga)
Redacción
viernes, 22 de enero de 2010, 14:19 h (CET)
Es patente que la estructura o el marco de nuestra sociedad está impregnado de conceptos sentimentales que fácilmente influyen en los comportamientos humanos creando una cierta incapacidad para ver la realidad, anulando con ello la función de la razón.

Decía Chesterton “que un supremo defecto sentimental es conmoverse por las asociaciones de palabras en lugar de conmoverse por las realidades e ideas que hay debajo”.

De ahí la importancia de aprender –ya desde la infancia- a poner los sentimientos en su sitio. No es superficial reconocer la importancia de las emociones o en mostrar los sentimientos, sino que el error proviene de exagerar un sentimiento que pueda deformar o destruir alguna situación, persona o cosa que también tiene sus derechos. El sentimentalismo en muchos casos, incapacita a la razón para distinguir entre realidad y ficción y deja a oscuras la madurez de saber cumplir con el deber cuando éste no coincide con los sentimientos.

No suele ser muy grave ser sentimental en cosas pequeñas, pero se agranda cuando se trata de cosas importantes: preferir el cuido excesivo de un animalito al de una persona, sacrificar el amor a los hijos a mis conveniencias actuales, anteponer por encima de todo la satisfacción presente de los sentimientos amorosos… Y así, al valorar únicamente la satisfacción de sí mismo, se hace incapaz de ver las cosas como son en realidad, no cayendo en la cuenta de la grave carencia formativa que padece.

No es extraño, pues, que con esta inmadurez el ultrasentimentalismo llegue a justificar hasta el suicidio por un amor imposible o una venganza de presunta rigidez familiar o porque se ha llegado a la conclusión de que la existencia no tiene alicientes. Un fatalismo que oscurece la satisfacción del esfuerzo por equilibrar los impulsos naturales que hagan más llevadero el cumplimiento del deber, sin que esto quiera decir que, a veces, los impulsos puedan hacer más llevadero el deber como son los sentimientos de una madre hacia sus hijos.

La existencia no se basa en la selección de momentos siempre favorables y en apostatar de las dificultades. También es de Chesterton el comentario acerca de la sustitución del “se casaron y vivieron felices y comieron perdices”, por el “después de divorciados el príncipe y la princesa por el hada madrina, fueron felices y comieron perdices” pues ni lo uno ni lo otro reflejan la realidad. Son ficciones que con demasiada frecuencia nos muestran en películas y novelas y que no enseñan a convivir con los molestos detalles cotidianos con los que son necesarios enfrentarse diariamente.

Es un reto para todos, particularmente para padres y educadores, hacer notar que el comportamiento del presente condiciona la felicidad del futuro, que es mejor exigirse y exigir ahora, que lamentar después. Unos sentimientos mal educados tienen graves consecuencias personales y sociales.

Como la experiencia demuestra que casi siempre lo “ideal” no se corresponde con la realidad, hay que aprender a mirar las cosas con objetividad, sin huir del esfuerzo y del dolor, sabiendo calibrar las situaciones o decisiones, más o menos trascendentes, para saber comprender y exigir lo mejor, cuidando que el corazón no se descompense y se convierta en el único guía de nuestra vida.

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