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Bancos: la náusea

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 22 de enero de 2010, 13:24 h (CET)
Decir que vivimos en una sociedad donde el dios de los dioses es el cinismo no es descubrir nada nuevo, sino constatar un hecho que, no por pregonado, deja de ser más cierto. Todo es cinismo, así la Política como la Economía o la Sociedad, inundándonos con su infecto hedor una interminable sucesión de eufemismos que, ocultando o velando la verdad, nos establecen de facto en el reino de la mentira, especialmente a través del tan socorrido autobombo y de la publicidad ésa que no es sino propaganda.

Las músicas dulces, los mensajes amistosos y hasta las situaciones entrañables de íntima humanidad con que los bancos se acercan a los incautos para meterles las manos en los bolsillos y guindarles la cartera y hasta, si es posible, la vida, es, sin duda alguna, el más nauseabundo de todos los artificios de la propaganda. La sola consideración intelectual de que un banco puede ser humano, lejanamente bueno y hasta posiblemente conveniente para alguien, es una idea tan repugnante que puede producir lesiones irrecuperables en el alma del más templado. No hay más que ver qué hasta de las desgracias ajenas –particularmente de las desgracias ajenas-, hacen negocio, e incluso llegan a repartirse tête à tête con las víctimas las ayudas humanitarias que los ingenuotes envían a los damnificados por cualquier tipo de catástrofes en cualquier rincón del mundo, o con esa clase política que empuja a los ingenuos a convertirse en soportes del capitalismo con su participación en la propiedad comprando un pisito o un coche, a la vez que les expolian de sus haberes al primer impago, dejándoles y calle y teniendo que seguir pagando por el bien que el banco va a subastar, duplicando así sus haberes.

Ancianitas dulcísimas, niños que acarrean huchas hasta las fauces de esta bestia inmunda, parejitas arrebatadas de ilusiones y pasión por el futuro que se entregan sin reservas como esclavos de estos tiranos y hasta maduritos con las neuronas alicatadas de estupidez por la creencia de que un banco sufragará sus venideros años menos dichosos, son las víctimas preferidas de estos crápulas sin emociones ni sentimientos que, como los predadores, se emboscan en artificios propagandistas para, al menor descuido, caer sobre sus víctimas y quedarse con sus vidas en pleno, sometiéndoles a la esclavitud de las cuotas. Son los vampiros de la sociedad, los lobos de las incautas Caperucitas, las brujas de los Hamsels y Grettels, los ogros de los Pulgarcitos o los licántropos que, cuando la luna de la dificultad amanecen en las vidas de los más cumplidores ciudadanos, se transforman en bestias y devoran impiadosos haciendas, esperanzas y porvenires.

Nada hay de extraño en que sean precisamente los bancos los que reciban de regalo los haberes del Erario cuando las crisis inventadas aprietan, que para eso tienen ministros y partidos sometidos a deudas susceptibles de ser condonadas, ni nada hay de extraño en que anuncien a bombo y platillo beneficios astronómicos mientras los países se hunden en el desempleo y la miseria, como tampoco lo hay en que sean los mayores propietarios de viviendas en países en quiebra moral y social. Más de cien mil viviendas por año usurpan a sus ingenuos ex propietarios por virtud de unos cuantos impagos y unas leyes elaboradas en comandita con esos políticos que les han facultado para el latrocinio. Políticos que tienen todo el tiempo del mundo para legislar en lo familiar, en lo privado y hasta en lo absurdo, pero que permiten por indolencia interesada en que estos Tempranillos intimiden son sus trabucos naranjeros a quienes por simpleza o estupidez caigan en sus ámbitos.

La sociedad, después de todo, es de los bancos, tal y como estamos viendo. Son los intocables, los brahmanes de esta ciudadanía sometida a su arbitrio egoísta, prisionera de sus truculencias y caprichos. Nada, desde la Política al usuario de servicios, puede escaparse de su dominio. Son los reyes verdaderos, son dios en la Tierra, son el diablo con sus desvelos, son la vida y la muerte en hipotecas. Pero, a pesar de sus propagandas dulcísimas y de sus mentiras publicitarias, no por ello pueden eximirse de producir tan hondo rechazo en todas las almas, tan franca repugnancia en todas las conciencias: son la náusea en sucursales.

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