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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Lo oculto

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 21 de enero de 2010, 11:17 h (CET)
Loculto es un excelentísimo vino de Ribera del Duero al que soy muy aficionado, pero no es a cosa de este memorable vino a lo que me refiero con este título, sino al mal vino de lo oculto que se trae entre manos el Imperio de Mabús-Obama con la invasión encubierta de Haití. Algunos lo aplauden, sin duda movidos por la aparente filantropía imperial que acude en masa militar a contener a los afectados del terremoto a punta de bayoneta mientras no se reparte un litro de agua y la gente se muere a mansalva de inanición, y hasta es posible que otros me acusen de conspiranoico y esas cosas tan de moda, pero, qué quieren que les diga, ¡lo que tengan estos de filantrópicos…!

He mirado el mapa del Caribe, y, cosa curiosa, Haití está en la retaguardia de Cuba y a un tiro de los F117 de Venezuela, siendo que a ésta última la está rodeando el Imperio por todos sus costados, incluido ese medio oculto Paraguay del prolífico obispo-presidente. Vista la cosa desde el desvarío de la conspiración, no me extrañaría en absoluto que tenga más miedo Hugo Chávez que los haitianos a los del Army, y hasta que las autoridades europeas con la cabeza sobre los hombros se estén barruntando lo peor, por más que a Zapatero, ni fu ni fa. Piececita a piececita, están montando un puzzle que para qué. Van a ver cómo en unos mesecitos se nos acerca el apocalíptico 2012 un pasito más.

Perdónenme los ingenuos de siempre por ser tan suspicaz y hasta por ver fantasmas donde probablemente no los hay, pero es que ya conocemos cómo se las gasta el Imperio y que éste no da puntada sin hilo. Muchos soldaditos armados hasta los dientes son esos para evitar que la población civil haitiana pueda alimentarse con la ayuda internacional que los imperiales bloquean en Puerto Príncipe, y sospechoso que lo primero que han hecho ha sido controlar el puerto y el aeropuerto, por la cosa de que funcione, claro. ¡No, si la que a éstos se les escape!... Vamos, que con lo de Panamá, lo de Colombia, lo de Paraguay y ahora lo de Haití, como que Latinoamérica va a aprender inglés en un curso acelerado y un tanto intensivo, ¡al tiempo!

¡Disfruten, disfruten de la salsa y del barrilito, porque para lo que les queda de cantarse en castellano!… No sé si en la República Dominicana lloverá el café ése de Juan Luís Guerra, pero guerra van a dar a manos llenas, aunque torpemente, porque se les está viendo el peluquín. No; no es que hayan desembarcado misiles intercontinentales camuflados entre los donuts, sino que se les nota bajo las aguerridas guerreras la máquina de que lluevan tortas y se les nota mucho sus ganas de quedarse… para garantizar la seguridad de los haitianos, por supuesto.

En fin, que debe ser cosa de crearse buena fama y echarse a dormir por lo que desconfiamos de cada cosita que hacen. Después de la Historia que tienen los imperiales, uno, claro, no puede ver en sus huchas del Domund más que granadas de mano y en sus viandas repartidas, alimentos transgénicos de sus multinacionales. Han dado tanto por tantos sitios que, aunque uno no quiera, no puede sino echarse a temblar cada vez que se mueven. La fama, después de todo, no se la hemos hecho nosotros, sino que a lo mejor tiene algo que ver el que no hayan dejado un aborigen en sus ámbitos, en que hayan hecho lo que hicieron con Latinoamérica una vez y otra, con Filipinas o con Cuba, con los prisioneros alemanes después de la II Guerra Mundial (y aún con la población civil durante), con el Vietnam y con Corea, con Somalia, con Iraq, con Afganistán…, vamos: con el universo mundo. Así estamos todos, claro.

Pero no; debe ser que somos malpensados y que, ahora que está Mabús-Obama en plan Príncipe de la Paz, van de buen rollo a auxiliar a los pobrecitos animistas haitianos, a repartirles el oro, incienso y mirra de su tributo y a organizar a las naciones todas con su máquina militar, que para eso la tienen. Lo primero, antes incluso que comer o estar sanos, es tener el orden debido, y nadie como ellos para poner como una vela hasta los mismos olivos, si los hubiere. Ojala que llueva café en el campo; pero, como no va ser posible, lo que va a llover es una manta de tortas…, y no de las que se comen, precisamente.

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