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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

De los Estados Unidos y el Caribe

Mario López
Mario López
jueves, 21 de enero de 2010, 09:14 h (CET)
Hay quien considera la acción humanitaria de Estados Unidos en Haití como una ocupación militar. Tiempo habrá para descubrirlo pero, a pesar del aparato desplegado, cuesta mucho creer que la administración Obama abrigue tan abyectas intenciones en situación tan dramática como la que se está viviendo en la parte más pobre de la Española. Lo que sí es cierto es que Estados Unidos nunca ha sido indiferente a la suerte de las repúblicas caribeñas.

Precisamente uno de los motivos que impulsó al presidente MacKinley, allá por 1898, a declarar la guerra a España fue el impedir que Cuba se convirtiera en la segunda república negra del Caribe, después precisamente de Haití. La guerra de Cuba ya la tenía perdida España sin necesidad de que interviniera el ejército de los Estados Unidos y eso es lo que le traía de cabeza al presidente norteamericano. Cuando todos los focos estaban puestos en la inminente invasión de Cuba, dirigida por Theodore Roosevelt (a la sazón secretario adjunto para la Armada), y patrocinada por los periodistas William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer, el presidente MacKinley ordenó la invasión de Filipinas que pilló al ejército español con el culo al aire; el 1 de mayo ,en la batalla de Cavite, España perdió toda su flota y a más de trescientos hombres mientras que Estados Unidos no sufrió ni una sola baja). Según propia confesión, el presidente MacKinley paseaba insomne a medianoche por la Casa Blanca, atormentado por graves dilemas a los que no era capaz de dar solución, hasta que por fin cayó de rodillas y suplicó a Dios Todopoderoso que le iluminara. Y, según manifestó el propio MacKinley, recibió la tan anhelada iluminación celestial: no devolvería Filipinas a España porque resultaría humillante. Tampoco se la daría a Alemania o Francia porque sería un mal negocio. Y a los filipinos no se la podía confiar porque no estaban preparados para gobernarse por sí solos. Así que tendría que tomar Filipinas para los Estados Unidos con la sagrada misión de civilizar, cristianizar y proteger a su población de la anarquía en la que estaba inmersa. Antes de acostarse, el presidente MacKinley llamó a su cartógrafo de cabecera para encomendarle la crucial misión de dibujar Filipinas dentro del mapa de los Estados Unidos. Cuando recibió la buena nueva de la toma de Manila por el ejército estadounidense, William MacKinley tuvo que echar mano de un globo terráqueo que dominaba el botellero del despacho oval, pues no tenía la menor idea del lugar en dónde se encontraban las Islas Filipinas. MacKinley dio a los herederos de José Martí una Constitución con una anexo que permitiría a Estados Unidos intervenir en el gobierno de Cuba si las circunstancias así lo aconsejaban. Dos años después William MacKinley fue tiroteado por el anarquista León Czolgosz en el Templo de la Música de Buffalo. Tras ocho días de convalecencia moriría a consecuencia de una gangrena sobrevenida a la mala asistencia sanitaria que recibió por carecer el quirófano donde fue operado de luz eléctrica y no haberse podido encontrar la bala que tenía alojada en los intestinos. Paradojas de la vida, en la exposición que se celebraba en el lugar del crimen se había presentado una máquina de rayos X y el asesino del presidente murió ejecutado en la silla eléctrica. En 1901 el pueblo cubano vivía en la más absoluta incertidumbre al no saberse cuál era la intención de Estados Unidos con relación a la Isla: ¿la anexionaría a la Unión por su gran peso azucarero o respetarían la Enmienda Teller de abril de 1898, suscrita como prólogo a la guerra entre Washington y Madrid, por la que se reconocía a Cuba el derecho a ser libre e independiente? A fecha de hoy conocemos perfectamente la respuesta. Otra curiosidad más sobre el presidente MacKinley es su condición de último participante en la Guerra Civil americana y cuarta víctima de la maldición de Tecumsé. En la batalla de Tippecanoe librada en 1811 entre los indios shawnee y las fuerzas americanas comandadas por William H. Harrison, murió el indio Tecumsé y su hermano Tenskwatawa (hechicero capaz de hacer oscurecer el sol y apartar a los pieles rojas del aguardiente) lanzó la siguiente profecía: "Harrison no ganará este año el puesto de Gran Jefe. Pero ganará la próxima vez. Y cuando lo haga él no terminará su periodo. Morirá en ejercicio. Cuando él muera ustedes recordarán la muerte de mi hermano. Después de él, todo Gran Jefe escogido cada 20 años de ahí en adelante morirá. Cuando cada uno muera, que todos recuerden la muerte de nuestro pueblo". La maldición de Tecumsé se ha cumplido inexorablemente a lo largo de 120 años (de 1840 a 1960). William H. Harrison (1840), Abraham Lincoln (1860), James Garfield (1880), William Mckinley (1900, segundo mandato), Warren Harding (1920), Franklin Roosevelt (1940, cuarto mandato) y John Kennedy (1960) murieron siendo presidentes. La maldición se interrumpe con Ronald Reagan (1980), aunque al poco de jurar su cargo sufrió un atentado del que salió indemne y, tras dejar el cargo, fue el único presidente de EEUU no asesinado al que le sucedió su vicepresidente, Geroge Bush. Precisamente el hijo de este, George W. Bush, elegido en 2000 también escapó a la maldición (aunque estuvo a punto de perecer asfixiado por una galleta). Parece ser que la maldición fue truncada por los astrólogos a los que acudió Nancy Reagan. Aunque también puede que haya ocurrido una especie de desplazamiento en el calendario tras la muerte de John F. Kennedy. Su hermano Robert murió asesinado en plena campaña que, con toda probabilidad, le daría la presidencia en enero de 1969. El 2 de enero de 2009 Barak Obama se convirtió en el primer presidente negro de los Estados Unidos. No quiero ser agorero, pero ahí está la curiosidad histórica para el que le interese.

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