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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Confrontando los rigores de la realidad política

Ruth Marcus
Ruth Marcus
miércoles, 20 de enero de 2010, 09:13 h (CET)
WASHINGTON - Desde el inicio de su presidencia, me vengo debatiendo con tres dudas sobre Barack Obama: ¿Fue demasiado ambicioso? ¿Está demasiado desvinculado en su trato con el Congreso? Y la mayor, que me tuvo desconcertada también durante su campaña - ¿Dónde se sitúa, exactamente, en el espectro político?

Éstas son preguntas sin respuestas seguras. Por un lado, la situación hipotética no puede ser plenamente conocida nunca: ¿qué hubiera pasado de no haber optado por impulsar la sanidad (BEG ITAL)y(END ITAL) el cambio climático (BEG ITAL)y(END ITAL) la reforma financiera? ¿Y si hubiese sido más claro con su línea de reforma sanitaria desde el principio del proceso? Por otra parte, la historia de la presidencia Obama no está escrita. Los primeros capítulos no anuncian los resultados.

La opinión generalizada - más generalizada que nunca, habida cuenta de las cifras de popularidad de Obama en caída libre - es que trató de hacer demasiado, demasiado rápido, y que el apetito de cambio de los estadounidenses resultó no ser tan grande como la ración que les sirvió Obama.

Esta evaluación simplifica demasiado las cosas. Obama propuso una agenda enorme, pero su eje sigue siendo principalmente el de la reforma sanitaria. La decisión de impulsar al mismo tiempo el cambio climático y la reforma financiera no restó recursos indebidamente a la misión principal.

En cuanto a la preocupación general por la economía, es justo criticar detalles del paquete de estímulo. Pero una vez que el estímulo fue aprobado y los mercados financieros se estabilizaron, no había mucho más de la administración pudiera hacer para crear empleo de la nada. Dejarlo todo para centrarse en la economía habría sido más aéreo que otra cosa.

La cuestión más difícil es si, dadas las condiciones económicas y la creciente inquietud de la opinión pública por los déficit, Obama debería haberse guardado o no su plan de reestructurar el sistema de salud o haber optado por un camino más modesto. Menos podría haber sido políticamente más inteligente, pero al principio esto no estaba tan claro. Como cuestión práctica, retocar los márgenes de la sanidad no da lugar a una gran mejora en el control del gasto o de la cobertura. Y habría sido muy difícil para un presidente Demócrata con mayorías en el Congreso alejarse de una oportunidad histórica.

La segunda cuestión - si el presidente ha sido demasiado deferente con el Congreso - es la de menor calado, una cuestión de táctica en lugar de estrategia. Pero es también la más difícil de responder. La cantinela original de la nueva administración - dejar que los líderes del Congreso dicten las recetas de paquetes de estímulo llenos a rebosar de gastos políticos - fue algo injusta. Antes incluso de que Obama fuera investido, sus ayudantes estaban más inmersos en la redacción del estímulo de lo que sugería el panorama con Pelosi perdiendo los papeles, y el contenido menos problemático.

La justa crítica dice que un Obama más directo podría haber logrado una reforma sanitaria más rápidamente y con menos alboroto político. En esto creo que una clara directiva presidencial podría haber evitado parte del retroceso de la izquierda. El equipo Obama apostó a que podría contener el fervor progre por una opción pública; en lugar de eso, degeneró en un fuego amigo difícil de controlar. Si el presidente hubiera dejado clara su posición anterior - una opción pública sería útil pero no esencial - podría haber podido aplacar la insistencia en una opción pública, reducir las percepciones de un intento de socialización de la sanidad y lograr un resultado más rápido. Lo mismo con la gravación de los seguros de lujo. Si el presidente hubiera sido más insistente al principio del proceso, cuando su poder político era mayor, el producto final podría haber sido mejor.

La cuestión fundamental - ¿quién es el verdadero Obama? - es la que creo que ha sido respondida más claramente. Caricatura de Rush Limbaugh de Obama socialista aparte, las inclinaciones de Obama hacia el pragmatismo centrista han pesado más que su progresismo en todos los ejemplos, desde Afganistán a la reforma de la educación. El paquete de la sanidad - sin la opción pública de los sueños izquierdistas y con un impuesto repudiado por los sindicatos - es un ejemplo del Obama pragmático. La guerra contra el terrorismo es otro, mientras Obama enfurece a la izquierda al oponerse a las imputaciones en las torturas, invocar la necesidad de la detención indefinida de sospechosos, retomar el uso de tribunales militares y respaldar la protección de los secretos de estado. Aun en los temas en los que sus gustos legislativos dictan girar a la izquierda - poner fin a la política Clinton de homosexuales en el ejército, o aprobar la legislación que anula el voto secreto en las elecciones sindicales - Obama ha cedido a las realidades políticas.

Después de haber cubierto el mal comienzo de la presidencia de Bill Clinton, sé que las primeras notas de los presidentes en su primer mandato son malos indicadores. El papel interpretado por este gobierno ha distado mucho de ser perfecto. Pero dejarse llevar por el pánico y la crítica facilona no es correcto por fuerza, y la humillación no es un retrato preciso.

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