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Los niños de Haití

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
miércoles, 20 de enero de 2010, 09:56 h (CET)
En medio de la necrópolis de Haití, causado por el repelente y bestial movimiento sísmico, resulta espantoso ver el sufrimiento de los niños que deambulan con la mirada perdida y el corazón destrozado. Para desgracia del ser humano, ya hay constancia de algunos abusos y violencias sexuales, denunciados por UNICEF, contra estos menores desamparados. Frente a estas conductas vandálicas hay que ser firmes y el mundo entero debe movilizarse para detenerlas. Todos los niños, también los de la pobre Haití, tienen derecho a una infancia inocente y a unos progenitores o Estado que los tutele y resguarde. Desde luego, la mayor pobreza es carecer de una familia, donde poder ser acogido, amado y protegido.

Los niños Haitianos tienen todas las congojas del mundo. Aquí la tristeza no es un vicio. Llevan consigo el hambre en los ojos. Sólo la mitad tiene acceso a la enseñanza primaria y la mayoría abandona los estudios. Y ahora se han quedado huérfanos una multitud. Ante estas estampas horrorosas, pienso que hay que situar a la infancia en el centro de la programación mundial, con actuaciones contundentes. No puede haber concesiones en el rechazo a la barbarie infantil. El impacto de atropellos y explotaciones que puede estar padeciendo la infancia Haitiana, considero urgente prevenirla; quizás sea tan necesaria como dar alimentos. Sabemos que injertar el terror en estas primeras edades origina un daño físico y mental que dura toda la vida y tiene efectos irreversibles.

Haití y sus niños, son los niños de todo el mundo. Nuestros niños. Y es por ello, que ninguna forma de intimidación contra estos inocentes Haitianos es justificable. Póngase, pues, orden para que puedan vivir y reencontrarse con sus vínculos familiares en su propio país, en su hábitat. Pienso que la adopción debería ser el último recurso. En cualquier caso, la solidaridad siempre se quedará corta mientras haya criaturas infelices. El poeta libanés, Khalil Gibran, lo tenía claro auxiliándose de la palabra: “Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños”. Servidor también añade que, por muchas supremacías que en el mundo cohabiten, si el flagelo a la infancia sigue siendo una realidad, será que también falla lo más superior de todas las superioridades, el amor auténtico.

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