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Sobre el derecho a la información y otra milongas
Mario López
Para estar cabalmente informados de cómo nos gobiernan, deberíamos leer periódicamente el diario de sesiones del Consejo de los Diputados, el Boletín Oficial del Estado, los otros boletines de las administraciones autonómicas y locales, los resúmenes de actividades del Gobierno de la Nación y todos los demás legajos que nos puedan explicar fehacientemente las tareas que entretienen a nuestros tres poderes.
Pero no, nos conformamos con ojear los titulares de prensa y escuchar la tertulia de nuestra radio favorita, mientras nos desojamos en el sudoku. La precaria información que recabamos por estos medios la terminamos de completar, o aniquilar, en nuestras adoradas tertulias de bar junto a nuestros colegas, durante esos raros segundos que le robamos al partido de la tele en el que nos dejamos las meninges intentando desentrañar los arcanos más inescrutables de nuestro deporte favorito. La prensa escrita, la televisión y la radio (que también suman tres) nos han hecho ciudadanos mansos; carnaza fácil para el fiero depredador. Como los tres ejércitos -tierra, mar y aire-, los medios de información dominan todos los frentes de la batalla ideológica, que aunque la creamos inexistente está más presente que nunca, y han sometido a la población a una especie de asedio mental; algo así como en la Peste de Albert Camus. Eso sí, al ciudadano es al único que le compete decidir el medio que le va a fagocitar: si el del centro, el de derechas o el de ultra derechas; normalmente elegirá el más próximo a su jefe ¿Y es que no hay medios de izquierdas? Pues por supuesto que no, caballero, este es un país muy decente.
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