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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Rubalcaba

Lorenzo de Ara
Redacción
lunes, 18 de enero de 2010, 06:37 h (CET)
Me fío de la Guardia Civil, de la Policía Nacional, de los Cuerpos y Seguridad del Estado en Francia, Portugal o cualquier otro país de la Unión Europea, pero lo que no hago -¿debo pedir disculpas?- es fiarme de Rubalcaba.

Del señor ministro no me fío un pelo. Ya sé que está al frente de la seguridad, que sabe más de lo que cuenta (lo cual no es malo) y que quiere saber más todavía (lo cual no es bueno).

La lucha (no sé si Chacón emplea a aquí la palabra guerra) contra ETA está en un momento clave. Tenemos la sensación de que los asesinos en nombre de la patria vasca se encuentran acorralados, sumidos en el desconcierto y sedientos de sed.

También sabemos que cuando esas alimañas están acosadas, es cuando son más peligrosos y más letales.

Pero no podemos olvidar que hace poco tiempo se les entregó una dosis de oxígeno que les permitió creerse portadores de la verdad.

Fue este gobierno socialista del que forma parte Rubalcaba el que decidió abrir un proceso de negociación con los terroristas.

Los asesinos y sus voceros volvieron una vez más a tomarnos el pelo. ¿A nosotros? Quiero creer que no. El pelo se lo tomaron a Zapatero y a Rubalcaba.

Crecieron, se hicieron más fuertes, más vigorosos, y cuando se aburrieron de hablar y de pactar encuentros, entonces decidieron volver a las armas, a las bombas y al asesinato.

Los demócratas nos alegramos de que esos hijos de puta estén asustados y escondidos como ratas. Nos alegramos de que se tomen las medidas necesarias para aislarlos y, a ser posible, destruirlos. Nos alegramos también de la fructífera colaboración con Francia, principalmente. Sin embargo, no olvidamos que el socialismo que representa José Luis Rodríguez Zapateo apostó por un diálogo de igual a igual con ETA. Y no olvidamos que Rubalcaba estuvo presente en el desarrollo de todo ese calumnioso proceso de entreguismo.

La democracia no puede doblegarse ante los intereses de unos asesinos. Todo gobierno tiene la obligación y el deber de intentar acabar con la serpiente vasca.

El diálogo de paz debería formar parte del cúmulo de errores que se han cometido desde que la democracia alumbró con fuerza en España.

Cuando se detiene a un etarra, los demócratas nos alegramos. Cuando es condenado, los demócratas nos alegramos más todavía. Cuando se desmantela un comando, la alegría se desborda. Cuando los nacionalistas se despojan de la careta con la que intentan seguir sacando provecho del sistema, la alegría sigue cobrando más vigor, y cuando la política se humaniza, perdiendo su coraza empírica, los ciudadanos nos sentimos más seguros, más protegidos, mejor representados.

Rubalcaba lleva mucho tiempo como protagonista casi absoluto del panorama político nacional. No se ha quemado, ni hay visos de que su adiós resulte inminente. Las encuestas lo sitúan como un político que recibe la aprobación de los encuestados, superando ampliamente a Zapatero y a Rajoy. ¿Entonces? Esa aprobación es otro signo claro y contundente de lo enferma que está España y la democracia.

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