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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Sartre

Fabricio de Potestad
Redacción
lunes, 18 de enero de 2010, 06:33 h (CET)
La luz festiva, bohemia y enciclopédica de una ciudad como París, que se despierta fascinada con las pinceladas impresionistas de Renoir o con el oscuro esteticismo de Mallarmé, actúa como un eficaz lenitivo, pero cuando cesa su efecto, la vida reaparece con toda su aspereza. Y entonces, en Les Deux Magots, pretencioso café donde cada cliente sigue siendo para su vecino un filósofo, resurge la náusea sartriana, caótica y helada, que nos impele a romper con los confortables esquemas en los que hipócritamente vivimos instalados.

Hace casi treinta años que enterramos a Sartre en Montparnasse, aunque no del todo. Y digo que casi lo enterramos, aunque yo no estaba ese día en París, porque lo suyo no fue una esquela definitiva, un panteón que se cerraba, un filósofo que se hundía nocturnal en las aguas del Sena. No; el Sena no es una barrera de agua que nos separa de la realidad, que nos preserva y que nos permite, ahora, cruzar los puentes parisinos despejados de existencialismo, porque “El ser y la nada” de Sartre sigue ahí, inquietando y reivindicando la dimensión absoluta de la libertad humana, pese a Foucault, Barthes o Althuser, pues lo que realmente importa no es lo que se ha hecho con el ser humano, sino lo que él hace con lo que se ha hecho de él. Más aún, Sartre nos recuerda algo tan obvio como que “el infierno son los otros”, pues el ser humano busca siempre dominar a sus semejantes, de ahí que las relaciones humanas, aun siendo necesarias, son inevitablemente conflictivas. Los semejantes son, en efecto, algo indigesto, un molesto competidor, un peligro, una hoguera abrasadora, un cuchillo que corta el aire, una zambra bruna inspirada en el manual de inquisidores de Bernard Gui, un obstáculo de peligrosa densidad, una libertad ilimitada que se enfrenta a otra libertad también ilimitada y que, en definitiva, amenaza con truncar el proyecto existencial de su opositor. Los deseos y los intereses de uno chocan con los anhelos y necesidades de su semejante, hasta el punto de que cada tentativa de libertad parece enriquecerse con el fracaso del libre albedrío del prójimo. De hecho, la organización de la sociedad siempre se ha basado en oposiciones binarias: amos y esclavos, señores y vasallos o burgueses y proletarios. En fin, el París de los bouquinistes, curtidos por el viento y las heladas, el París de Albert Camus y de Jean Paul Sartre, se abre al mundo a costa de la clausura de ese otro París, el de Gustave Flaubert.

El diluvio universal que acabó con toda la humanidad menos con Noé y su familia, el asesinato administrativo de millones de personas en Auschwitz, el desastre contabilizado en víctimas humanas ocasionado por las bombas atómicas arrojadas en Hiroshima y Nagasaki o la guerra de Irak son una prueba inequívoca de que “el infierno son los otros”. Y sin necesidad de recurrir a tales extremos, el crimen de Nagore Laffage, el lamentable sufrimiento de Aminetu Haidar o el indignante intento de desacreditar del único y honesto testigo ocular del crimen de Fago son rotundas pruebas de que el escenario sartriano no es mera charlatanería nihilista. Es más, la evidencia de que nadie se preocupa más que de parecer ser algo, cuando en realidad no es nada, nada más que una existencia absurda e injustificable, cautiva de culpas mitológicas, deudas edípicas, absurdos tabúes y valores hipócritas, no resulta precisamente muy esperanzador.

Hoy se sigue leyendo y estudiando a Sartre, pero no sólo como un clásico, pues es mucho más, sino como el último metafísico, un escritor actualísimo y un socialista sentimental y representativo. No pretendo con ello tomar los cuarteles de invierno, pero entre la derecha y la izquierda no hay, naturalmente, trato carnal ni pareados que lo glosen, que las dos son muy distintas. La derecha transparenta la continuidad confinada y aburrida mientras el socialismo prefiere seguir con el proletariado y los sin techo. Y uno piensa, claro está, que fuera del cristianismo o del socialismo democrático no hay solución para todos estos desencuentros sartrianos.

Sartre se opuso tenazmente a ese clima de cultura de escritorio, a ese moralismo hipócrita, melancólico y de clase media, a ese pensamiento moralizante que, en cuestión de libertades, no había ido más allá de Galerías Lafayette. Así, Sartre nos sigue importunando con el abrumador peso de la libertad, con la desdicha de nuestra contingencia y el fastidio de nuestra inevitable finitud. Sartre no escandaliza desde su vida, como otros intelectuales, sino desde su filosofía, impregnada de la angustia que produce vivir sin sentido, propósito ni finalidad alguna. Y es que la vida, con o sin la voz desgarrada de Edith Piaf, sigue siendo una pasión inútil que, pese a todo, hay que vivir, pues merece la pena. Siempre hay algo mejor que la muerte. No en vano, los seres humanos somos dueños de nuestra vida y de nuestra muerte, pues si algo nos define es que no somos rehenes de nadie. Es leyenda que un día Camilo José Cela explicó así sus iniciales, CJC: comer, joder y caminar, convirtiendo los tres infinitivos en lema de su vida. No le cabía un cuarto infinitivo, beber, pero hubiese sido mucho más completo. En fin, en Pamplona hay demasiada joyería folclórica y mojigata, por eso este artículo lo escribo arrellanado en el Café Le Buci de París, en el corazón del Barrio Latino, donde el existencialismo todavía incita al inconformismo y a combatir contra una sociedad sofística, leucémica e inmoral.

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