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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los hijos y la profesión

Clemente Ferrer (Madrid)
Redacción
lunes, 18 de enero de 2010, 06:32 h (CET)
Para la mitad de las mujeres entre los 30 y 44 años, tener un hijo ha alterado significativamente su vida laboral, obligándolas a una reducción de la jornada, al abandono temporal o definitivo del trabajo. La existencia de hijos no explica por sí sola la dificultad de conciliación entre trabajo y familia. Sí lo hace una tasa de empleo femenino y una debilísima fecundidad de 1,34 hijos por mujer.

Los países que forman parte de la Unión Europea tienen una alta tasa de fecundidad y registran la mayor actividad laboral femenina del resto de los países no incorporados a la UE. Un factor peculiar de España, que incide en la baja natalidad, es que el 37 por ciento de las trabajadoras tiene un contrato temporal cuando la media comunitaria es del 15,5 por ciento.

Es frecuente que en una familia joven ambos cónyuges tengan un contrato temporal, lo cual influye en sus decisiones de natalidad. La mayoría de las mujeres de los países de la Comunidad Europea creen que el modelo ideal es aquel en el que ambos cónyuges tienen un trabajo de similar dedicación y se reparten el cuidado de los hijos. Pero menos de la mitad vive en una familia de esas características.

La actividad laboral femenina no impide traer hijos al mundo e incluso formar familias numerosas. Esta es la opinión sobre el trabajo y los hijos, de un autor del siglo pasado cuando recordaba a los padres que “no duden en tener una familia numerosa, porque lo prioritario no es la búsqueda del éxito profesional, sino transmitir a los hijos aquellos valores humanos y cristianos que dan el verdadero sentido a la existencia”.

En esta sociedad decadente hay que valorar al niño en toda su dimensión y trascendencia como una persona en desarrollo y que los adultos parece que tienen un empeño especial en ir “contra natura”, degradando su integridad física y moral. No deben olvidar esas madres, crueles, que sus hijos no son suyos, son hijos de Dios.

“Las desventuras de la niñez repercuten sobre toda su vida y dejan una fuente inagotable de melancolía en su corazón” afirma P. Brulat.

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