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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Apocalipsis en Haití

Mario López
Mario López
lunes, 18 de enero de 2010, 05:23 h (CET)
A Puerto Príncipe le ha correspondido la triste distinción de pasar a engrosar la lista de ciudades que, como Pompeya y Herculano, fueron borradas de la faz de la Tierra por una hecatombe natural. Llaman el Jardín de los Fugitivos al rincón de Pompeya en el que yacen los moldes de los cuerpos de niños y adultos que cayeron ahí fulminados bajo una asfixiante nube de gas y cenizas. En Puerto Príncipe hoy se está viviendo un pavoroso avance del Apocalipsis. Pero por muchas imágenes que veamos en televisión, jamás podremos hacernos una idea del atroz martirio que están padeciendo los haitianos.

Se oye decir constantemente que el mundo está desolado. No estoy de acuerdo. No estamos desolados ni mucho menos. Si lo estuviéramos, andaríamos confundidos, vagando por las calles sin rumbo, exhaustos, como los niños haitianos que, heridos y mutilados, con la sonrisa muerta para siempre, buscan a sus padres entre un hediondo bosque de escombros y cadáveres putrefactos, en un infernal paisaje absolutamente irreconocible para ellos. Pero nosotros seguimos a lo nuestro, disfrutando de nuestra dicha de fin de semana. Dentro de algunas décadas, las generaciones venideras irán a visitar las ruinas de Puerto Príncipe. En ellas podrán contemplar el Jardín de los Fugitivos más grande del planeta. Sin duda alguna, el terremoto de Haití es la catástrofe más descomunal que ha conocido mi generación en lo que lleva de vida. Muchas guerras no consiguen en un lustro destruir lo que este terremoto ha destruido en un solo día. El terremoto ha puesto a Haití en el mapa tras haberlo borrado de él de un solo golpe. Puestos a buscar una explicación a este afán de la Naturaleza por castigar con tanta saña y constancia a los más desafortunados, he llegado a pensar que responde a un orden natural. A los que creen en la fatalidad del destino quizá les valga que Puerto Príncipe debe su nombre al buque El Príncipe, que naufragó en su bahía en 1707 bajo el mando del capitán Saint-André. Yo no creo en esas cosas, pero de lo que sí estoy completamente convencido es de que la pobreza atrae la tragedia; la miseria es el más poderoso imán del Apocalipsis. Quizá lo que la Naturaleza nos quiere decir a los humanos es que no cejará en su empeño de destruirnos en los lugares donde nos encuentre más débiles, y que sólo estaremos a salvo de ella cuando acabemos por completo con la miseria en el mundo. Y no estaría de más recordar que la miseria del llamado Tercer Mundo es hija biológica del colonialismo europeo. El futuro de nuestra civilización pasa inexorablemente por crear un orden universal justo. Yo no las tengo todas conmigo porque sé muy bien hasta qué punto nuestras democracias son diletantes a la hora de resolver lo que más nos importa.

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