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Etiquetas:   Copo   Hispanidad   -   Sección:   Opinión

Los paraguas del 12 de octubre

Yo no elegí ser español, simplemente tuve suerte
José García Pérez
jueves, 13 de octubre de 2016, 00:13 h (CET)
Buena lluvia la de este 12 de octubre por todo el territorio español y sus “confluencias”; personalmente me está encantando ver llover y llover, y aunque no he salido a la calle para nada, sí que me asomo a la terraza para disfrutar con la vista del riego continuo del asfalto y del verde claro de un automóvil que días pasados era azul oscuro.

He estado parte de la mañana viendo el desfile de la Fiesta Nacional y lo he pasado bien sin que un servidor sea un forofo de metralletas y fusiles; pero a falta de pan, buena son tortas.

Una vez terminada la parada militar me he encaminado al viejo Sony y he cubierto mi sesión de Fb donde, por cierto, he colgado una bandera nacional y constitucional con una leyenda que en su franja gualda se leía: “Yo no elegí ser español, simplemente tuve suerte.”

Los invitados a los aledaños del lugar donde se encontraban los Reyes de España, ya saben, políticos de ambos sexos, ninguno de ellos vestía esmoquin o traje largo, tal como insinuó hace días el líder de Podemos, señor Iglesias, pero la gran mayoría sí que portaba paraguas que decían más de la cuenta.

Así Cristina Cifuentes, Presidenta de la Comunidad de Madrid, portaba un “discreto” paraguas con los colores de la bandera de España que, además de no mojarse, le ha servido para asegurar el número de votantes en próximas elecciones; Susana, oh Susana, con vestimenta roja y paraguas clásico se encontraba a la vera de Revilla, el cántabro de las ricas anchoas, ataviado con un paraguas prestado en el que se leía una publicidad que habrá hecho las delicias de la empresa; pero el mejor de todos los paraguas era el que compartían los dos Hernando, o sea, los portavoces de PP y PSOE que unidos como nunca y apretados hombro con hombro mostraban, para regocijo de la “canallesca” y alegría del público, la segura futura alianza técnica que llevará al gallego Mariano Rajoy a la Presidencia del Gobierno.

Mañana, pues, de apacibles paraguas políticos.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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