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Herederos reales

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 17 de enero de 2010, 08:04 h (CET)
Cuando en Haití, tal vez el país más pobre del mundo, los cadáveres se amontonan en las calles convertidas en una inmensa morgue mientras los vivos deambulan sin rumbo por las calles y avenidas que el terremoto ha hecho desaparecer en España se siguen dando grandes contradicciones. Una familia, la Real en este caso, ha visto cómo, sin jugar a la lotería, era afortunada con el primer premio consistente en recibir un legado de decenas de millones de euros.

Juan Ignacio Balada, un millonario de Menorca, murió a finales del pasado año soltero y sin descendencia y en su testamento ha nombrado herederos de la mitad de todos sus bienes a los Príncipes de Asturias y a todos los nietos de Juan Carlos I, la otra mitad la ha dejado para que se constituya una fundación de interés general que deberá ser gestionada por el Príncipe Felipe y su esposa Letizia. Se habla de diversas fincas tanto urbanas como rústicas, de una farmacia de arquitectura modernista sita en Ciutadella y cerrada desde hace algún tiempo, de diversos activos colocados en el extranjero, de negocios petrolíferos, de empresas del sector alimenticio, de fondos de inversión, una buena cartera de acciones cotizadas en Bolsa y también de una sociedad con un capital social cercano a los nueve millones de euros. Toda una bicoca.

El fallecido era hijo de un empresario y una farmacéutica, al parecer, por lo que opinan sus vecinos de Ciutadella, era un solterón, solitario y culto del que muchos de sus convecinos desconocían sus veleidades monárquicas aunque en su día consiguió que el ayuntamiento menorquín diera el nombre del padre del Rey a la plaza en la que residía, también se habla de su inclinación a la masonería. Ciutadella es la capital cultural de Menorca, calles con sabor a antiguo en las que no era demasiado bien recibido el turismo a finales de la década de los sesenta, un lugar cerrado y en el que los vecinos de siempre se conocen a la perfección. Por ello se me hace difícil entender que el fallecido no haya pensado en su ciudad, en la que seguro faltarán algunos equipamientos, a la hora de presentarse ante el notario para dictar sus últimas voluntades.

Ahora la pelota está en el tejado de la Casa Real cuyos servicios jurídicos están estudiando la posibilidad de aceptar la herencia en un proceso que, en el apartado legal, se presenta sumamente farragoso. No hay que olvidar que por una parte la mayoría de los herederos son menores de edad y se tendrán que proteger sus derechos y por otra existen familiares, dos primas hermanas de Juan Ignacio Balada que, a pesar de haber estado cuidándole durante sus tres últimos meses de vida, se han visto apartadas totalmente del testamento y que pueden tener ciertos derechos legales ante la herencia. Pero por otro lado están las consideraciones morales y éticas, no parece de recibo que la Casa Real acepte una herencia de este tipo, y aunque algunos se empeñan en querer convencernos de que tenemos una monarquía “pobre” esto no es así ya que, desde su época de Príncipe, Juan Carlos I tiene parte en diversos negocios que le ayudan a redondear el sueldo que a fin de mes percibe de la cantidad que los Presupuestos Generales del Estado le asignan anualmente.

De momento el único que ha salido ganando con este testamento ha sido el Gobierno Balear que verá engrosadas las arcas de su hacienda con un buen montón de millones cuando se proceda a la liquidación de la herencia y al pago del impuesto de sucesiones que dadas las circunstancias ( inexistencia de lazos familiares con el fallecido por parte de los herederos e importe elevado de lo heredado) puede ascender hasta a un 68 % del importe en que se valoren los bienes. Dado el alto importe al que puede ascender este impuesto en caso de adir la herencia los herederos, dada la cacareada “pobreza” de nuestra monarquía, tendrán que pagar el mismo con una parte de los bienes heredados. Pero a pesar de ello todavía les quedará una buena cantidad de euros a repartir entre todos, les hagan o no falta.

Tal vez la solución ideal sería que en un bello, ético y moral gesto la Casa Real renunciara a la herencia y estos bienes se dedicaran a fines benéficos. Tal vez con ello el fallecido llegará a realizar su buena obra del día y nuestra monarquía demostrar que, ellos que pueden, son solidarios con el resto de los españoles. Y dados los tiempos que corren para la institución monárquica este gesto dadivoso les haría ganar puntos a la vista del pueblo. Es una vergüenza que en estos tiempos alguien por el sólo hecho de haber nacido entre sabanas de hilo con una corona bordada tenga derecho a estas y otras prebendas.

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