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La nada

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 15 de enero de 2010, 11:43 h (CET)
En mi novela, Los días de Gilgamesh (se la pueden bajar en PDF gratuitamente de mi web), además de plantear una génesis humana un tanto perturbadora, desarrollo el tema de una eventual desaparición de la especie humana y la sociedad que nos contiene. Siendo, como es, una novela escatológica o apocalíptica, no recurre su argumento a las manidas catástrofes cósmicas o a las guerras termonucleares, sino que usa un artificio lento y pacífico, como su prosa, para producir la extinción del Hombre y poder ir, paso a paso, plegando la Historia sobre sí misma hasta que, por fin, no queda sino un dios, un nuevo Adán y una nueva Eva. Un juego literario exquisito y un ejercicio de visualización de la absurda inutilidad de casi todos nuestros desvelos. En sólo cuarenta años, el periodo que contempla la novela, de los hombres y de nuestra sociedad no queda sino el recuerdo y no demasiados vestigios de que alguna vez hubo una especie soberbia y tecnológica que dibujó su existencia en materiales tan volátiles que facultó que no quedarán de ella ni fantasmales sombras.

En ese supuesto, y suponiendo (ajenamente a la trama de la novela) que un ser inteligente de la nueva especie dominante que surgiera, o de un visitante alienígena que llegara a nuestro planeta en los siguientes dos o tres mil años, éste podría admirarse todavía de la solemnidad de las mastabas y los palacios sumerios, de la descomunal magnificencia de los antiguos egipcios, de la laboriosidad de los chinos o de los espantosos y temibles dioses que movieron a teotihuacanos, mayas o aztecas a construir sus imponentes centros ceremoniales; pero no le quedarían vestigios de ninguna clase para inferir que, posteriormente a todos estos, hubo una cultura que basó su conocimiento y su ciencia en el narcisismo más egoísta, desentendiéndose de todos sus prójimos, y que fue incapaz de dejar un legado propio en la Historia del planeta o de la Evolución, porque prefirió lo caduco y lo efímeramente placentero a lo profundo y eterno. Pudo elegir la virtud, pero prefirió el pecado; pudo elegir la unidad, pero escogió el comercio; pudo ser amante de la paz, pero yació con la guerra…

Podría ese imaginario visitante caminar durante algunos milenios más entre las ruinas de Uruk o de Babilonia, contemplar emergiendo de las arenas del Sahara las colosales crestas de las pirámides de Egipto, admirarse de cómo la selva era incapaz de engullir por completo los teocalis de las pirámides escalonadas de Chichón Itzá o de la laboriosidad de un pueblo como el chino, afanado en erigir un canto egregio a la supervivencia, tal y como lo narraría mudamente la ciclópea Muralla China. El viento, tal vez, le susurraría entonces los mitos y creencias de esos pueblos, y hasta, acaso sin comprenderlo, sería capaz de entrever en sus escrituras hierográficas o jeroglíficas, todo un compendio de unas sociedades que respiraron al unísono desde su aparición hasta que fueron engullidas por otras. Pero de la nuestra, de nuestra sociedad, nada hallaría: ningún edificio, ningún centro ceremonial y ninguna ciudad. A lo más, excavando, tal vez encontrara un juguete fosilizado, un arma que conjuró pánicos o la estructura desangelada y en descomposición de un centro comercial, y, tal vez –sólo tal vez-, colegiría que hubo una especie de criaturas que eligieron ser individualmente, que temieron a sus semejantes, que adoraron a un dios incognoscible que se dibujaba en placeres transitorios y que desapareció porque fue incapaz de trabajar unida en la consecución de un legado duradero. El tiempo, en la escala cósmica, se dilata de tal forma que los segundos son milenios. Nada sobreviviría, salvo algunos objetos sueltos que, por capricho de la naturaleza o la aleccionadora intención de Dios bonachón, servirían de testimonio a otras especies o culturas para balbucir nuestra colosal estupidez.

Una simple e inevitable radiación alfa o beta de los átomos que conforman los elementos de nuestros sofisticados ordenadores, catapultaría todo nuestro conocimiento a la nada; el papel y la tela sobre el que grabamos nuestra ciencia y nuestro arte, maltratado por el clima y la falta de mantenimiento, volvería a la tierra convertido en polvo; y la suntuosidad de nuestras descomunales ciudades, acosadas por la naturaleza, la erosión y las inclemencias, se sumergirán en un sueño eterno que las devolvería al vacío del que fueron erigidas. Nada quedaría de nosotros, entonces: ni un grito de piedra, ni un vestigio de sombra, ni un túmulo de fe. Nada.

Nuestra sociedad, a la vista está, ha elegido su nada como destino. Sin virtudes, pudo haberse constituido en una sociedad común, pero prefirió la guerra entre semejantes, entre clases, entre prójimos, condenándose al silencio eterno. Nuestro legado, habida cuenta de cuáles son nuestros pasos a lo largo de la Historia, nos avocan sin remedio a una desaparición absoluta, sin edificios que perduren, sin conocimientos que nos sobrevivan, sin dioses que nos acunen siquiera sea en nuestra muerte.

Algo, todo esto, que no está tan lejos de suceder. Entramos en el ciclo 24 del sol, el que se prevé que sea el de mayor actividad, y una simple llamarada de mayores proporciones que las ordinarias podría producir la hecatombe y derrumbar la sociedad sobre sí misma; o podría hacerlo cualquiera de esas bestias microscópicas que esperan pacientemente en los arsenales biológicos o en los laboratorios militares su oportunidad de extinguirnos; o, en fin, lo podría provocar la ingénita estupidez humana, ésa que afirmaba Einstein que sin duda era más infinita que el Universo. Tempus fugit. Nada. Vacío. Una oportunidad de ser, desaprovechada.

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