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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Masonería

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 14 de enero de 2010, 12:30 h (CET)
La Tercera Sangre Azul, Perséfone Club, la Masonería, domina prácticamente la sociedad de punta a término, y lo hace con mano de hierro, implantando el Novus Ordo Seclorum por doquier, sin duda sirviendo al Tubal Caín de sus entretelas. No hay un solo aspecto de dominio en la sociedad contemporánea actual que no tenga filiación masónica, desde la Política a la Cultura y de la Economía a la Geoestratégica, escapando poco o nada a su influencia. Ni siquiera la cosa aparentemente nimia o trivial de las modas o el consumo salvaje es ajeno a su estrategia de división y control. Se mire donde se mire, por todas partes está presente la Lucce-Ferre (estrella flamígera o de cinco puntas, Tetragrammaton), y por todas partes el blanco, azul y rojo que ondean ufanos en los mástiles la Patria Iluminada. Estamos, en fin, rodeados, si no presos.

Nada malo habría en todo esto, desde luego, si sus postulados fueran los que pregonan con voz de cordero desde las logias; pero no lo son. Ni siquiera los miembros masones de los grados simbólicos o elementales están al tanto del enjuague en el que se han metido; ni los que militan en los grados capitulares han comenzado a ver que para qué están siendo utilizados para objetivos tal vez inmorales o perversos para ellos; ni aún, en muchos casos, los de los grados filosóficos han comprendido del todo que ya nunca podrán escapar del laberinto y que están a merced del Minotauro, el Tubal Caín que les aprisiona; pero, lo que es más grave, tampoco siempre están en el verdadero conocimiento de los fines todos los que ostentan grados sublimes o administrativos, los últimos de la escala. Hay, sin que muchos de ellos lo sepan, otros grados a los que acceden sólo quienes pueden servir a la causa como maestros de los maestros, y cuyo ranking llega a números de todos conocidos, hasta desembocar en el Sublime Maestro de las Tinieblas.

Como relato en mi Sangre Azul (EL Club), si mira a la bandera de la Patria Iluminada y después lo hace a todas las demás que surgieron de revueltas masonas (en ciclos de 13 años, número masón por excelencia), comprobará cómo se han ido replicando colores y estrellas a lo largo y ancho del mundo, hasta coronarse con la Unión Europea, donde se puede ver prácticamente lo mismo, y en este caso cerrando el círculo. El sello, la Lucce-Ferre, domina todo Occidente, y es ya tan difícil encontrar un político que no se ponga el delantal o que no sirva a las logias, como un área social que no esté dominado por estas criaturas que conspiran desde lo más blanqui-negro del oscurantismo. La Política, la Ciencia, la Economía y la Información, están por completo en sus manos. Pocos hombres prominentes de cualquiera de estos ámbitos no son cainitas engendrados entre Jakim y Boaz, y desde sus puestos de dominancia –un masón se debe a los compañeros antes que incluso a su propia Patria, bajo pena de desprestigio o de muerte (real o simbólica) como hemos presenciado en vivo en los últimos años en las personas de prominentes hombres de todos conocidos-, favorecen el progreso de los compañeros sobre los demás, tengan el talento que tengan. Pieza a pieza, van colocando sus peones para ser los amos del juego.

He aquí la razón verdadera de la sociedad friki que habitamos y sufrimos, en la que lo peor y más degradante es ensalzado sobre la capacidad y el talento de los más cualificados. Para los masones, sus compañeros, aunque sean idiotas, están vivos e iluminados, entretanto los demás mortales sólo están animados, no han visto la luz –por suerte-, y no son sino poco más que animales a los que hay que conducir, manejar y hasta siendo plausible servirse de ellos. Tienen sus listas blancas y negras, y no importa qué sea o cómo sea, si es compañero va adelante y si no lo es –tanto más si es detractor-, está frito. Así es la cosa, no importa en qué rama de la sociedad se ubique o esté establecido. Pocos o ninguno con poder en su estatus, es ajeno a la masonería en nuestra sociedad actual.

Parapetados en una supuesta discreción, que es un eufemismo de secretismo sectario, como francotiradores van poniendo a sus hermanos en los puestos claves de la sociedad, impidiendo por medios legales que podamos saber quiénes son con nombres y apellidos. Lo mismo que los demás credos, en fin, con la única diferencia que los demás credos no conspiran para hacerse dueños de la sociedad, y para ellos esta secta no tiene el menor empacho en echarse al coleto revoluciones –la de la Independencia Americana, la Francesa, las Libertadoras de América Latina, la Soviética, etc-, dar crudelísimos golpes de mano allá donde sea necesario, e incluso en promover mediante leyes, una vez dominan el espectro político o alcanzan los gobiernos, la defenestración de sus enemigos, sean estos credos, virtudes, religiones o personas que consideran enemigos, aunque no lo sean en realidad pero sí lo sean sus ideas. Una auténtica caza de brujas que busca con afán la destrucción total por cualquier medio de cuanto se opone a sus objetivos, al tiempo que con modas, esperpentos e injusticias tan flagrantes como absurdas, dividen a la sociedad en opiniones encontradas, impidiendo una unidad de acción que les cercene las alas de cuajo.

Entretanto, difunden el sofisma de que buscan la razón, la fraternidad, la paz y el conocimiento (dicen lo que conviene decir, dicho en palabras de Albert Pike, masón de grado 33), que no es una mentira, sino una media verdad, que es la peor de las mentiras. Gracias a ello, y a las migas de eso que ofrecen, captan nuevos y poderosos adeptos, si bien, si puede conocérseles por sus frutos, véase su Historia, la Historia de donde han actuado y cómo está nuestro mundo actual, y se comprenderá sin dificultad, y sin necesidad de entrar en engorrosos pormenores, que de todo ello sólo nacen malos y sangrientos frutos, una permanente deformación de la Historia común y un ensalzamiento y legalización de la maldad, la aberración y el crimen en todas sus dimensiones. Hoy, hay una enorme campaña de prestigio masónico por todas partes, pero les invito a quienes lean esto, a que consideren el conjunto de lo apuntado con un criterio sereno y sopesen los resultados: por sus frutos los conoceréis.

Habida cuenta de que somos muchos quienes consideramos lo perverso, o al menos lo trascendente, de este credo, creo firmemente que sería de recibo que quienes militan en esta secta (y también en los demás credos) fueran nombres y apellidos de dominio público. Que un particular sea satanista o no, es algo que sólo a él y a su conciencia compete; pero que lo sea quien tiene la capacidad de legislar sobre los demás, es imprescindible que sea conocido y sabido por quienes pueden votarles, a fin de que sepan qué es lo que eligen y qué profundos credos animan a quien van a poner al frente de su país o de su ciudad. Pero eso no lo verán ningunos ojos, porque sería quitarle la máscara al Maligno. Alea jacta est.

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