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El aborto y el castrado
Mario López
Ayer me pasó algo curioso. Estaba en casa de unos conocidos escuchando el maravilloso disco de Cecilia Bartoli dedicado a Farinelli il castrato. En esto que un contertulio que se presentó como conservador, católico practicante y militante antiabortista, me peroró de una manera que llegó a violentarme. Entonces yo le pregunté si conocía la música que estábamos escuchando.
Ópera, me contestó. Le dije si conocía a Farinelli. Me confesó que no conocía ni al castrado ni a la célebre mezzo-soprano. Le comenté que en tiempos el Vaticano castraba a los niños para gozar de sus dulces voces ¿Cómo se puede conciliar ser antiabortista y defensor de la castración infantil? ¿Qué está antes, los testículos o el embrión? A ver si va a ser un enigma semejante al del huevo y la gallina. Lo que está claro es que sin testículos no hay embrión. El hombre me acusó de sacar las cosas de quicio. Bueno, pues el caso es que me animé y me puse a hablar de Felipe V de Borbón y de su tendencia a ahuyentar la melancolía escuchando al castrado de Apulia. Y, ya puestos en faena, le recordé que fue ese primer Borbón el que liquidó el autogobierno de Catalunya en 1714 con los decretos de la Nueva Planta, sembrando en nuestro país la semilla de la discordia. Muchas castraciones se produjeron en el siglo XVIII y ninguna de ellas denunciada por la Iglesia católica. Así como muchas violaciones a menores en nuestros tiempos, sin que tampoco parezca que las autoridades eclesiásticas sean capaces de dilucidar la relación de causa-efecto que dichas violaciones guardan con la pérdida de la virilidad del menor. Virilidad imprescindible para la formación del embrión humano. Se ve que los curas no ven más allá del nonato ¿Por qué será? Quizá porque no exponen nada al otorgar derechos al que no los puede ejercer; que si los ejerciera ya veríamos si se los reconocían.
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