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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La degradación del empleo

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 13 de enero de 2010, 13:01 h (CET)
La vieja noción de “fuerza de trabajo” se está difuminando para ser sustituida por la de “inteligencia de trabajo”. Son pocos los empleos nuevos en los que se exige fuerza o resistencia física y muchos más los que requieren dosis crecientes de inteligencia, aunque sólo sea la elemental de establecer relaciones entre estímulos y respuestas o la de saber distinguir o comparar. Lo que llamamos productividad supone muchas veces la sustitución de la primera por la segunda forma de trabajo. El problema es que, de momento, a mayor productividad, más gente a la calle. “Reconvertirla” va a ser difícil. ¿Quién puede creer actualmente en las reconversiones?

La productividad es una idea diseñada en interés de las organizaciones, es decir, es una ideología. Ya todo el mundo sabe que el empresario no tiene como misión “crear” puestos de trabajo, sino acumular el máximo beneficio con el menor número posible de empleos. Sin embargo, se siguen imponiendo expresiones eufemísticas, como “regulaciones de empleo”, que quiere decir reducir la plantilla de una empresa sin mayores esfuerzos y sin que disminuya la producción.

El desarrollo actual lo que produce es una estructura cada vez más diversificada de empleos, muchos de ellos al margen de toda organización e incluso fuera del control del Estado. Los políticos siguen con sus promesas de “crear empleos”, pero lo que hacen es ayudar a reducir los que hay. Es curioso que lo que llaman “programas en la lucha contra el paro” se resuelve con artilugios legales para adaptar las formas de trabajo a los distintos tipos de ocultación, o lo que es lo mismo, se amplia la gama de contratos precarios.

El panorama favorable para los empresarios desde el punto de vista del marco flexible para contratar se completa con el chorro de bonificaciones, desgravaciones fiscales y subvenciones que reciben de distintas fuentes.

Es incalculable el número de ayudas que un empresario puede recibir a la hora de hacer una contratación. Independientemente de los costes sociales que esto provoca, con este tipo de medidas lo que se está consiguiendo es que se extienda entre el empresariado la idea de que cualquier contratación ha de llevar aparejada necesariamente una subvención económica, de tal forma que si no reciben dinero no contratan.

En poco tiempo, por efecto de la tremenda precariedad existente en materia de contratación y por la rescisión de contratos, se ha reducido considerablemente la proporción de trabajadores con contrato indefinido sobre el total de la población asalariada.

No deja de ser un sarcasmo que el paro endémico destape el cuerno de la abundancia para las empresas. Pocas veces la economía española ha estado tan protegida por el manto de la púrpura y menos aún, han sido las veces que un gobierno ha hecho tanto para enriquecer a los ricos. Y es que, como dijo el poeta: “Todo lo que está pasando / es lo que yo me temía / y me estaba figurando”.

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