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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Premio Nobel   -   Sección:   Opinión

¿Entró la política en los Nobel?

¿Merecía J.M. Santos el galardón?
Miguel Massanet
sábado, 8 de octubre de 2016, 10:55 h (CET)
“Con una hábil manipulación de la prensa, pueden hacer que la víctima parezca un criminal y el criminal, la víctima” Malcolm X.

En ocasiones lo que se ha dado en llamar, quizá impropiamente, “razón de Estado” puede llevar a determinados gobernantes a llevar a cabo políticas, desarrollar actuaciones o emprender acciones que, aun pareciendo inspiradas en razones dignas, pacíficas o cargadas de buenas intenciones, lo único que hacen es encubrir intereses políticos propios, urgencia en conseguir logros que presentar ante sus votantes o afán de notoriedad, todo ello con la clara intención de apalancarse en la poltrona o intentar disimular fracasos poco explicables, con la aportación de brillantes resultados aparentemente gestionados en bien de la nación y sus ciudadanos.

Hemos tenido ocasión de seguir, desde lejos, estas trabajosas e interminables negociaciones de los representantes del gobierno colombiano con miembros destacados de las guerrillas de las FARC. No se pone en duda que, el intento de acabar con una serie de matanzas por parte de los terroristas y de sus opositores los militares de las FA colombianas, que llevan azotando a la ciudadanía colombiana desde hace más de 50 años; ha sido una iniciativa noble, digna de ser alabada y encaminada a un fin, el de terminar con las matanzas, el intenso tráfico de estupefacientes del que se han valido los de las FARC para financiarse y adquirir armas para proseguir su lucha y la inestabilidad política que, una lucha de tales características, acaba por crear en toda una nación que se ve expuesta durante años a tales enfrentamientos. Pero este propósito no se consumó

El nerviosismo, las prisas, la necesidad de presentar ante el pueblo resultados tangibles de los progresos de la negociación y las presiones que, cada una de las comisiones negociadoras, fueren los gubernamentales o los guerrilleros han venido recibiendo de quienes, desde fuera de la mesa de negociaciones, se impacientaban por conseguir resultados con los que poder justificar que, aquellas reuniones con sus respectivos adversarios políticos y militares, tenían un sentido, servían para ir avanzando en el proceso y se iban acercando a lo que todos deseaban poder ofrecer: un acuerdo que justificara, a unos dejar las armas y regresar a la vida civil y, a los otros, poder anunciar que una guerra tan prolongada y que se ha cobrado tan alto número de víctimas, acababa de concluir.

Pero por encima de todo, como se acaba de demostrar, el pueblo, la gente decente, las familias de aquellos que fueron masacrados por la actuación criminal de aquellos que se lanzaron a los bosques para vivir de la rapiña, la extorsión y la mariguana, lo que han venido reclamando ha sido: Justicia. Como ha ocurrido en España con la banda criminal ETA, cuando los abertzales han intentado presentar la lucha del terrorismo etarra como una guerra civil entre dos naciones, siendo la realidad distinta de modo que: unos eran los bandidos, los terroristas y los infractores de las leyes y otros, los buenos, los legalistas representados por el ejército, la policía, la guardia civil y todos los que han llevado el peso de la lucha contra la banda terrorista, los que han combatido a aquellos delincuentes. El caso colombiano puede que tuviera unos orígenes románticos, de reclamación de una justicia social que no existía y de demanda de condiciones democráticas que garantizaran al pueblo un gobierno justo, preocupado por la gente, defensor de los derechos de los indígenas tantos años olvidados y garante de los derechos humanos. Pero ni los métodos de lucha ni su evolución posterior lo han justificado.

Es posible que, a lo largo de tantos años de lucha, se hayan ido olvidando las causas que llevaron a los guerrilleros a enfrentarse al Estado y, poco a poco, las razones de su lucha han ido degenerando, perdiendo de vista sus objetivos primeros; agriándose, a medida que la lucha armada ha causado víctimas en cada bando y engendrando rencores y odios que sólo han servido para que se hayan ido recrudeciendo las diferencias, dando lugar a que se hayan utilizado métodos de extorsión, secuestros, venganzas y torturas, que no han hecho más que contribuir a que la lucha se prolongara y que, ya no se tratara sólo de reclamar derechos legítimos, sino que, en ocasiones, los robos, atracos, asesinatos etc. se hayan convertido en el verdadero modus vivendi de aquellos desarraigados de la sociedad colombiana.

Es obvio que, el señor Santos, ha intentado, por todos los medios, que aquel endémico conflicto dejara de ser una preocupación para su gobierno y para el pueblo colombiano. No obstante, se ha producido un momento en el que, los sucesivos aplazamientos y retrasos debidos a los incumplimientos de alto al fuego o a temas que se hubieran convertidos en insolubles, impidieron seguir avanzando en la negociación, dando lugar a una eternización de la labor de los negociadores que, en varias ocasiones, dieron lugar a conatos de abandono por cada una de las partes. Tenemos la impresión de que, el señor Santos, ha habido un momento en el que ha tenido miedo de que, después de darles tantas esperanzas al pueblo, el conflicto con las Farc quedase estancado y con el peligro de regresar a la situación anterior. Ante esa posibilidad es posible que haya recomendado a su equipo negociador, que apretaran las clavijas y, si era preciso, cediesen en puntos como, por ejemplo, las penas que deberían cumplir los guerrilleros con crímenes en su haber, cuando se produjese la reinserción y antes de poder regresar a la libertad en la sociedad civil. Un fallo imperdonable.

Este ha sido, no obstante, el talón de Aquiles de las negociaciones del gobierno de Santos con los gerifaltes de los terroristas. El tira y afloja sobre la situación de los guerrilleros (algunos de ellos sin preparación alguna para lo que no sea disparar armas) una vez abandonadas las trincheras y su forma de reincorporase a la vida civil; donde han topado con el escollo representado por aquellos que tienen crímenes de sangre y deben pagar su deuda con la Justicia. El fracaso del referéndum que Santos propuso, seguro de que lo iba a ganar, le fue adverso precisamente porque, una gran parte del pueblo colombiano, no estuvo de acuerdo con ciertas concesiones del gobierno que admitían castigos meramente simbólicos para sujetos cuyos antecedentes criminales los convertían en verdaderos peligros para la ciudadanía y que, precisamente por ello, las familias de sus víctimas no se conformaban que se fueran de rositas después de los sufrimientos que les habían infringido a ellos y sus familias.

Y, señores, mientras todo el tinglado que tenía armado el mandatario colombiano, con la presencia de jefes de estado, representaciones diplomáticas, reyes y personalidades de todas las partes del mundo; dispuestos a certificar, con su presencia, aquella gloriosa efeméride; se derrumbaba estrepitosamente con la victoria del “no”, en un referendo que, para Santos, era un mero trámite, seguro de que vencería el sí; resulta ser que, en la otra parte del mundo, en Suecia, los encargados de decidir en quién debería recaer este año el premio Nóbel de la Paz, no vieron a otro mejor a quien concederle el galardón sueco que a este personaje que, con tal de conseguir apuntarse el éxito en las negociaciones con las FARC, prefirió ceder y, tanto ha sido lo que cedió, que ha tenido que ser su propio pueblo, sediento de paz, el que le recordara que no podía haber regeneración de la guerrilla si la Justicia no les exigía, a aquellos criminales que se ensañaron con el pueblo, el precio de la pena que les tocaba pagar por los crímenes cometidos. No sabemos si, la concesión del Nóbel a J.M. Santos, presidente de Colombia, se había decidido ya con anterioridad a la celebración del fallido referéndum (que dejó a Santos a los pies de los caballos) o si, a pesar de conocer el resultado adverso a la firma del convenio, decidieron que la tarea que llevaba haciendo el señor Santos en pos de la finalización de la guerra civil, ya bastaba para otorgarle la distinción ofrecida.

No estamos de acuerdo con esta generalizada buena acogida al acuerdo, llamado de paz, firmado por Santos con los dirigentes de las Farc. Y es evidente que, tampoco, lo estuvieron los expresidentes Pastrana y Uribe, promotores del no en el pasado referendo y ello, precisamente, debido a que la Justicia queda mal parada en un documento donde, prácticamente, se exculpaba a todos los participantes en las guerrillas, fuere cual fuere su forma de participar en aquella lucha. El hecho de que Santos haya sido favorecido con el premio Nobel, cuando su propio pueblo lo ha desautorizado públicamente mediante una consulta, no deja de ser un contrasentido, algo inapropiado porque lo que se premia no debe ser el haberse saltado la Justicia para conseguir obtener una paz a cualquier precio. Los propios guerrilleros de las Farc no parece que hayan decidido volver a las armas por el rechazo del pueblo, antes bien se les ve dispuestos a regresar a la mesa de negociaciones sabiendo que, antes que regresar a la guerra, les conviene aceptar algunas condenas, que una vez cumplidas, los devolverán a la vida civil. Especialmente en aquellos casos sobre los cuales existan denuncias y pruebas fidedignas de que se cometieron delitos contrarios los derechos humanos de las personas. No justifica que, por “cuestiones de Estado”, se llegara a permitir que, criminales declarados, salieran beneficiados de una amnistía, que sería tolerable para los que se limitaron a luchar desde las trincheras, pero que sería un insulto a las víctimas y un incumplimiento grave del derecho a la Justicia, si ello fuera ratificado por el Gobierno por el simple intento de evitar enfrentarse a una negativa de los terroristas a seguir negociando

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, nos cuesta creer que, en Estocolmo, los personajes que deciden quienes serán los beneficiarios de los preciados premios Nóbel, no encontraran a personas o instituciones más adecuados, para recibir el preciado galardón, que a este mandatario colombiano, que no parece que sea el que más haya actuado con más firmeza y defensa de la legalidad en sus esfuerzos por conseguir la paz y, cuando lo ha intentado, ha acabado cediendo más de la cuenta ante la peticiones de las FARC, de modo que, el acuerdo logrado, queda descalificado en su origen, precisamente por el hecho de que, la Justicia, ha quedado mal parada al permitir que criminales eludan sus responsabilidades penales por los graves delitos que, algunos de los incluidos en la amnistía, parecen haber cometido. Un Nóbel precipitado, con fuerte olor a politizado.
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