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Tags: Opinión · Opiniones de un paisano · Mario López
Por un futuro deseable


Mario López


Mario López Mario López
martes, 12 de enero de 2010, 10:34
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Hace tiempo que la capacidad se divorció del tamaño. En un diminuto reproductor MP3 ya puedes almacenar prácticamente todo el contenido de la Biblioteca Nacional, la Filmoteca Nacional y la Discoteca Nacional (si la hubiera y siempre con el consentimiento de Víctor Manuel y sus langostinos, faltaría más).

Así que, a no mucho tardar, nuestras paredes se quedarán desnudas y al quedar desnudos nuestros salones nos resultarán innecesariamente espaciosos. Entonces querremos mudarnos a residencias más pequeñas y acogedoras. Cuantos menos enseres tengamos que albergar menores serán nuestras exigencias espaciales ¿Qué tal si institucionalizamos los comedores públicos en los que poder hacer nuestra comida diaria a precio de coste? No teniendo que llenar las paredes con libros, discos y películas, y no necesitando cocina, electrodomésticos, cuberterías y demás cacharros propios de las labores domésticas, nuestra casa podrá ajustar sus dimensiones a magnitudes fáciles de soportar. En un país avanzado en democracia y tecnología, una vivienda no habría de disponer de más estancias que el baño, el dormitorio de los adultos, el de la prole, un salón para la convivencia y, si acaso, un pequeño gabinete para la lectura y el estudio. Un baño bien equipado con jacuzzi, ducha de hidromasaje, lavabo, bidé e inodoro, no puede ocupar más de seis metros cuadrados. Los dormitorios, otros seis metros cada uno. El salón, diez. Y el gabinete, cuatro. En total, unos treinta y dos metros cuadrados. A un precio razonable de cinco mil euros el metro cuadrado, podríamos adquirir nuestra vivienda por unos ciento sesenta mil euros, lo que viene a suponer un gasto anual durante veinte años de unos ocho mil euros. El comedor no debería de suponer un desembolso de más de dos mil euros al año. Así que por unos diez mil euros anuales tendríamos nuestras necesidades básicas cubiertas. En esta cifra se debería fijar el salario mínimo interprofesional, la pensión mínima por jubilación o incapacidad laboral y el subsidio mínimo por desempleo. El transporte público, la asistencia sanitaria y jurídica, los geriátricos y la educación son servicios que en democracia han de ser inexcusablemente gratuitos. Para que todo esto sea posible, además de otras muchas cosas, habría que proceder a eliminar abusos tales como los hipersueldos, la usura bancaria, la especulación financiera, la propiedad intelectual, las grandes fortunas y los gastos suntuarios como los derivados del mantenimiento de la Casa Real o los continuos dispendios gastronómicos cometidos por nuestros representantes políticos. Muerto el capitalismo caníbal, la sociedad ha de avanzar a partir de un nuevo modelo económico socialista, progresando gradualmente de un sistema político representativo hacia otro participativo que garantice todas las libertades individuales, el derecho a la información y a la expresión y al libre intercambio del conocimiento. Un país democrático ha de respetar escrupulosamente el derecho a la libre circulación de los ciudadanos, el comercio justo, la biodiversidad, la pluralidad cultural y la libertad de culto, y ha de fijarse como objetivos prioritarios e irrenunciables acabar con el hambre y las pandemias en todo el mundo, las desigualdades sociales, la explotación de las personas y las guerras y fomentar sin tregua los valores de la tolerancia, la solidaridad y los hábitos saludables, tanto en el plano fisiológico como en el intelectual. Esto es lo que yo entiendo por democracia y el contenido del programa del partido político al que estaría dispuesto a respaldar con mi voto. Un buen programa como este ocupa apenas dos kilobytes en el bastísimo espacio vitual de nuestro pen drive, aunque pueda parecernos una labor de titanes ponerlo en práctica, habida cuenta la aún más basta avaricia que posee a muchos de nuestros congéneres. Con la Humanidad me pasa lo mismo que con Dios, que más que creer en él sospecho de ella.

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