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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

A Ellen con amor

Kathleen Parker
Kathleen Parker
lunes, 11 de enero de 2010, 02:37 h (CET)
Confieso sentirme sólo un poco más racional que la Kathy Bates de "Misery".

Quiero atar a Ellen Goodman a una silla y obligarla a seguir escribiendo columnas.

Goodman, cuya prosa ha honrado las páginas de los periódicos durante más de cuatro décadas, supuestamente escribió su última columna el 1 de enero - un final apropiado para un nuevo comienzo. Digo "supuestamente" con la esperanza de que sólo sea una broma.

Nadie que haya trabajado bajo el peso de los implacables plazos de entrega pretende regatear a Goodman su descanso duramente ganado. Jubilación parece una palabra demasiado vieja para alguien tan joven de espíritu. También un final demasiado radical cuando queda tanto a una mujer con tanto talento y juicio.

Al igual que muchos visitantes regulares de la sección de opinión, he "conocido" a Ellen Goodman durante la mayor parte de mi vida adulta. La suya era la cara amable de una página en la que aparecían destacados los hombres en un tiempo en que las opiniones de las mujeres solo se valoraban cuando se referían a las recetas y productos de limpieza.

En los asuntos mundanos, las mujeres no se consideraban apropiadas. O, por otro lado, las preocupaciones humanas relacionadas con el hogar y la familia - tradicionalmente "asuntos de mujeres" - se consideraban relativamente poco importantes, indignas del "pensamiento" de las páginas de más nivel (léase masculino).

Cómo han cambiado las cosas, y no poco gracias al trabajo pionero de una tal Ellen Goodman.

El momento de Ellen en el periodismo norteamericano correspondió al movimiento de las mujeres liberadas. Era, y es, profundamente extraño que lo que liberó a las mujeres de la tiranía de las bajas expectativas y las escasas oportunidades fuera visto por muchos como un movimiento "de mujeres" más que como un imperativo de derechos humanos que también liberaba a los hombres de la carga de la hombría.

Lo digo con una sonrisa involuntaria de ironía, porque he encontrado muchas cosas que criticar en el llamado movimiento feminista - de ahí mi libro, "Save the Males" - y con frecuencia han estado en desacuerdo con Ellen. En infinidad de diarios, hemos sido enfrentadas en las páginas de opinión por editores que insisten en una versión de derechas o de izquierdas.

También soy fan de la hombría - al menos la variedad judeo-cristiana - y tengo muchos recelos hacia los hombres que se declaran "feministas". Nada invita a la desesperación como la visión de un varón de veintitantos con un pin de "Vagina Larry" en uno de los soliloquios anuales de autobombo de Eve Ensler, "Los Monólogos de la Vagina". Quiero decir, "Monólogos".

Baste con decir que no me confundo con la Kathy Bates de "Tomates verdes fritos".

Lamentablemente, la vida no es cuestión de derechas o izquierdas, sino de algo intermedio, y aquí es donde Ellen pasó gran parte de su vida. En vez de dibujar limites móviles, los construía con ingenio y encanto. Su talento consistía en conmover sin segundas en una zona sin sarcasmos.

Incluso si una no estaba de acuerdo con sus conclusiones, Ellen ofrecía argumentos razonados que a menudo traspasaban el blindaje de nuestras propias defensas. Era un hábil artesano de la palabra, sí, pero más que eso, era una columnista consumada. No es tan difícil escribir una columna un par de semanas o incluso un año. El truco es escribir columnas de calidad año tras año. Durante décadas, Ellen logró atraer lectores, llevarlos de paseo por sus pensamientos, y dejarlos desear que el viaje no hubiera terminado tan pronto. Eso se llama magia.

Como columnista, estoy en deuda con Ellen por despejar el periodismo y marcar el camino con buen humor. Como mujer, le estoy agradecida por ayudarnos a reconocer los problemas de las mujeres como problemas universales. Como ser humano, lamento ver apagarse su cursor.

Hoy en día, aceptamos los regalos del movimiento feminista sin grandes aspavientos. Esperamos ver a las mujeres en igual número que los hombres en la mayoría de las empresas, aunque todavía diría que los sexos no son siempre intercambiables.

También esperamos ver a las mujeres en las páginas de opinión editorial, aunque hay todavía menos que hombres. He aquí lo lejos que hemos llegado: dieciséis años atrás, cuando me sindicaron, los editores se quejaban diciendo que "No necesitamos Parker, tenemos Goodman".

Una mujer era tan buena como la otra, en otras palabras.

Sabemos que no es así, pero lo sabemos ahora. También ello se lo debemos a Ellen Goodman.

La mejor de las suertes en tu segunda etapa, Ellen. Si se me permite un arranque final de inspiración Batesiana, rómpete una pierna.

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