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Etiquetas:   La tronera   -   Sección:   Opinión

Sindicalismo carca

Jesús Salamanca
Jesús  Salamanca
lunes, 11 de enero de 2010, 01:02 h (CET)
Cuando estamos acabando la primera decena del siglo XXI no se entiende la actitud que los sindicatos de clase tienen en España. En vez de apoyar y trabajar por los trabajadores, se empeñan en apoyar al Gobierno, haciendo daño a la ciudadanía y al empleo. Se han convertido en enemigos del trabajador, en vez de en apoyo, colchón y estímulo.

Tanto el sindicato socialista como el comunista se empeñan entre otras pretensiones, en que el Estado no tiene por qué mantener a la Iglesia católica. Siempre han defendido que la Iglesia aporta y reporta más vicio y ocio a la ciudadanía que beneficio y ayuda. Lo cierto es que hasta el Gobierno socialista se vuelca con la banca y con las clases pudientes, mientras menosprecia a la Iglesia y a las organizaciones afines volcadas con los más necesitados.

Muchos, siguiendo las directrices del retro-progresismo sindical, se apuntan a esos mismos ‘pensares’ y ‘sentires’, como resultado de la ignorancia que ha impregnado a la sociedad del desprecio, la incongruencia y el paro; una sociedad sin estímulos ni acordes, sin perspectivas ni ilusión. En definitiva, una sociedad cansina y aturdida por las consignas de una izquierda rácana y ‘amarranada’ socialmente.

No nos parece mal que los sindicalistas de clase, o al menos, muchos de ellos, hagan apostasía de la religión católica. Sépase que apostasía – lo aclaramos para quienes estudiaron en las inmediaciones de la LOGSE -- es la negación, renuncia o abjuración a la fe en una religión, así como la salida o abandono irregular de una orden religiosa o sacerdotal. Quienes hacen apostasía están en su derecho, pero no deben mirar para otro lado cuando a ellos se apliquen mismos criterios y especificidades.

Quienes se declaran ateos no tienen por qué financiar con su dinero a la Iglesia. Del mismo modo quienes no creemos en los sindicatos de clase ni en su permanente estupidez ni en el burdel sindical, no tenemos por qué contribuir con nuestros euros al mantenimiento de semejantes esperpentos que, dicho sea de paso, se han convertido en un atentado laboral y en una fábrica de dañar a los trabajadores.

Ni queremos ni estamos dispuestos a financiar con nuestro dinero a los sindicatos afines al Gobierno. De la misma forma que a la Iglesia acabarán financiándola sus feligreses, exigimos que a los dañinos sindicatos de clase los financien sus ‘feligreses’. Y para que ello sea realidad hay que empezar porque a los liberados sindicales (liberados de trabajo) los paguen sus sindicatos y no las empresas ni las administraciones públicas.

Ya está bien de que tanto liberado sindical viva sin dar ni golpe y levantándose a las doce y media de la mañana, cuando millones de trabajadores casi hemos levantado España de su miseria y su absentismo. Vagos, como los liberados sindicales, nunca levantarán un país como esta España cuarteada, desilusionada y arrepentida de depositar su confianza en el aborregado socialismo.

En 2010 el Estado aportará más de veintitrés millones de euros para mantener a vagos sindicalistas que nada reportan a la sociedad. ¿Por qué no se pone una casilla en la declaración de la Renta para recaudar voluntariamente ese dinero? Vamos a darles la respuesta. Mientras que el dinero que recauda la Iglesia se emplea en ayudas al necesitado, el que reciben los sindicatos que se llaman obreros (yo los llamaría zánganos) es para que ellos sigan mamando de la ubre, disfrutando del burdel sindical y fomentando el ‘putiferio’ laboral que ellos mismos han creado.

Por eso, y porque conocemos el mundo del sindicalismo desde todas sus perspectivas, invitamos al ciudadano responsable, comprometido, trabajador y honrado a declararse apóstata sindical. Pero, además, les invitamos también a que quienes paguen cuota a los sindicatos dejen de hacerlo y la empleen en ayudas humanitarias que redunden en beneficio de la ciudadanía. Solo así conseguiremos que se encauce el sindicalismo y se reforme la Constitución de 1978. Una Carta Magna que empieza a parecer carca y vulgar en muchos de sus contenidos y predicamentos, como en todo lo referente al sindicaismo.

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