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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

La ILP: Justicia versus impiedad

Julio Ortega Fraile
Redacción
sábado, 9 de enero de 2010, 02:56 h (CET)
Se avecinan días de explicar que el hombre, con ser la única criatura racional del Planeta, no puede constituirse por ello en dueño y señor de todos los seres que lo habitan. Que la superioridad que su condición le confiere, no es una bula para dañar, matar y arrasar a su antojo, sino que se traduce en la obligación de respetar, de proteger y de conservar. Y nuestra sensibilidad debería de interpretar ese deber como una satisfacción, pues sólo se recrean en el dolor ajeno y en la destrucción el cafre, el egocentrista o el psicópata, además de aquel al que le mueven intereses económicos.

Hablaran de libertades cuando éstas, quieren emplearlas para torturar a seres con capacidad sensorial. De extinción de especies, pero en realidad se trata de mantener una raza obtenida con modificaciones genéticas para infligirle padecimientos extremos. De preservar espacios naturales, haciéndonos creer que su existencia pasa necesariamente por dedicarlos a criaderos de víctimas para la brutalidad humana. De pérdida de puestos de trabajo, como si la obtención de ingresos, posible gracias a la existencia de subvenciones, pudiese justificar cualquier perversidad en su generación. De nacionalismos, como si el maltrato a una criatura lo fuese en función de límites geográficos.

Y cuando cada uno de los argumentos que esgrimen, por falsos, tendenciosos, tergiversados o directamente rayanos en un enardecimiento del sadismo, sean desmontados e invalidados empleando para ello la cordura, la sensibilidad, la ética y la inteligencia, entonces recurrirán a la antigua y cobarde estrategia de apuntar males aparentemente mayores, o vulneraciones del derecho ajeno supuestamente más graves, pensando que la pestilencia de la basura próxima hará que no percibamos el hedor de su inmundicia. Una táctica tan ladina como sucia, pues pretenden de ese modo prolongar sus excesos confiando en lo arduo de combatir otros semejantes; pero cuando la maldad trata de esconderse tras la maldad, ambas se dan la mano y clavan sus uñas negras en la conciencia de una Sociedad que no puede ni debe permanecer indiferente, so pena de convertirse en esclava y víctima de su peligrosa apatía.

Hasta puede que alguno, todavía aferrado a la ignorancia como arma escogida para confundir al Pueblo, asegure que “no sufren” y que “ellos elegirían esa muerte”. Nos quedan por delante mil disparates, patrañas, acusaciones falsas y amenazas catastrofistas que escuchar. Pero lo que nunca podrán lograr, es convencernos de que los estertores de muerte de un toro, sus convulsiones y su sangre, están sólo en nuestra imaginación. Ni tampoco de que eso sea artístico, cultural o pedagógico. Podrán maquillar la mentira, pero la crueldad, es muy difícil de acicalar.

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