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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los desastres de la precarización

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 9 de enero de 2010, 02:55 h (CET)
La teoría de que el desempleo en nuestro país obedece a la rigidez del mercado laboral ha dado lugar a medidas que han provocado la desregulación del mercado de trabajo. Como consecuencia de esa política errónea, no se ha creado empleo y se ha configurado una estructura laboral más débil.

Veinticinco años de desregulación han definido en España un panorama sociolaboral que bate un record negativo en Europa. Tenemos una tasa de actividad bastante más baja que la media comunitaria, una tasa de paro mucho más alta, y encabezamos las listas de la inestabilidad laboral en todos los sectores económicos y de rotación de la mano de obra en los tres grandes sectores de la economía.

Asimismo, los cambios de empleo son los más elevados de Europa –algo más de la cuarta parte de los trabajadores españoles no logra mantener el empleo durante un año-; las jornadas laborales medias habituales están entre las más largas de los países comunitarios y estamos entre los países con mayor porcentaje de retribuciones inferiores al umbral de la pobreza y tenemos mayor proporción de trabajadores no cualificados.

Estos datos ponen de manifiesto que no es posible continuar y mucho menos profundizar, en un modelo que no sólo no ha cumplido con el objetivo de crear empleo sino que ha precarizado el mercado de trabajo y debilitado la estructura laboral.

En una primera fase, esta desregulación afectó particularmente a la entrada al mercado de trabajo, estableciendo numerosas modalidades de contratación temporal que eliminaban la causalidad en la contratación. El enorme volumen de desempleo dio lugar a una creciente permisividad en la utilización abusiva de estas modalidades, lo que produjo un crecimiento acelerado de la precariedad del empleo.

Un segunda fase ha sido la de la reforma laboral que ha otorgado mayores poderes para el empresario en la relación laboral, abriendo un amplio abanico de posibilidades de discrecionalidad empresarial en cuanto las condiciones de trabajo, movilidad funcional y geográfica, estructura salarial, distribución del tiempo de trabajo y abaratamiento considerable del despido.

Ninguno de estos dos mecanismos ha sido capaz de generar puestos de trabajo porque, a pesar del discurso oficial, el desempleo en este país no obedece a una especial rigidez de nuestro sistema de relaciones laborales, sino a una situación diferenciada de nuestra estructura económica.

Durante un cuarto de siglo se ha realizado el mayor proceso conocido de introducción masiva de la contratación temporal. Ningún mercado de trabajo en países comparables al nuestro ha sido sometido a tales dosis de distorsión ni durante un periodo de tiempo tan prolongado.

Si al comienzo del proceso uno de cada siete trabajadores, aproximadamente, tenían un contrato temporal, hoy son dos de cada cinco.

Además de lo llamativo de las cifras, tanto tiempo de abuso de la contratación temporal ha provocado un cambio de mentalidad que afectan al mercado de trabajo y a las relaciones laborales, junto a otro tipo de trastornos.

Uno de los ejemplos más expresivos puede encontrarse en el grado de confusión generado con la identificación del concepto de estabilidad laboral. Lo que en cualquier otro país de nuestro entorno se considerarían actividades estables propias de la contratación indefinida, aquí se asegura que son temporales.

El dislate alcanza niveles muy altos cuando, confundiendo estabilidad con perpetuidad, se sostiene que, en realidad “cualquier empleo es por naturaleza temporal”, o cuando se afirma que no es posible encontrar criterios objetivos para determinar la cuestión, por lo que ésta debe quedar exclusivamente sujeta al libre albedrío de la negociación entre dos partes.

Como consecuencia de todo ello, el empleo en nuestro país tiene actualmente tres grandes características: es insuficiente, es precario y de mala calidad y responde a un modelo laboral basado en la flexibilidad externa, que tiene consecuencias estructurales muy negativas en todos los órdenes. Y como dijo el poeta: “Tienes que desengañarte: / por el camino que vas / no va a ninguna parte”.

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